miércoles, 12 de febrero de 2014

Veinte años y diecisiete días

El baloncesto femenino en España siempre ha vivido en una relativa sombra, como ocurre más frecuentemente de lo deseado con cualquier modalidad deportiva en su versión femenina. Pabellones pequeños, aunque casi siempre intensamente poblados, competiciones con cada vez menos equipos y más diferencia de presupuestos y potenciales, jugadoras casi desconocidas y, más recientemente, el exilio de las mejores deportistas a ligas más potentes en lo económico. A nivel internacional, ha habido algunas alegrías a nivel de clubes recientemente, aunque quizás el trabajo que más destaque en la última década. 20 años casi exactos, con apenas una diferencia de 17 días, separan los dos momentos más gloriosos para las aficionadas al deporte de la pelota gorda en España.

El primero tuvo lugar el 13 de junio de 1993 en la ciudad italiana de Perugia, cuando un grupo de mujeres fueron avanzando con buenas sensaciones y resultados más positivos de los esperados por los cinco partidos que entonces componían los Eurobaskets. El segundo momento sucedió la tarde del 30 de junio de 2013, cuando la última colaboración sobre la pista de las dos generaciones más talentosas de mujeres del baloncesto español tocaba a su fin en la ciudad francesa Orchies. Quiso el destino que, en ambos casos y para hacer el aniversario aún más redondo, el rival en la final fuera Francia en ambos casos. Aquí están sus historias…

Perugia’93
Con la organización de los Juegos Olímpicos de 1992 en Barcelona, la Federación Española de Baloncesto estaba algo inquieta. Si bien la sección masculina tenía nombres de cierto prestigio en Europa y había vivido momentos de cierta gloria en un pasado reciente, el equipo femenino había ido coleccionando resultados más que mejorables y presencias intermitentes en los Eurobaskets desde mediados de los 70. Como ocurrió prácticamente en todas las disciplinas, el objetivo era que el papel de los atletas nacionales se viera fuertemente mejorado con respecto a citas anteriores, por lo que se multiplicaron las becas y ayudas a estos deportistas, incluyendo también a las baloncestistas, cuya competición aún estaba lejos de ser profesional.

Así, se decidió premiar a algunas de las jugadoras más prometedoras para que, durante varios años, pudieran entrenar en condiciones profesionales y comenzaran a jugar juntas. Finalmente, el grupo que acudió a los JJ.OO. estuvo formado por Patricia Hernández, Carolina Mújica, Blanca Ares, Piluca Alonso, Mónica Pulgar, Margarita Geuer, Almudena Vara, Ana Belén Alvaro, Mónica Messa, Marina Ferragut, Betty Cebrián y Carlota Castrejana, dirigidas desde el banquillo por Chema Buceta. A pesar de mostrar síntomas de mejoría en el juego y una gran competitividad en la cancha, estas jugadoras apenas consiguieron ganar un partido en la primera fase, ante Checoslovaquia, lo que las relegó al torneo por las cuatro últimas plazas. Sin embargo, con una victoria de relumbrón contra Italia e imponiéndose nuevamente ante Checoslovaquia, las españolas consiguieron una meritoria quinta plaza, la mejor clasificación histórica de la selección femenina en un torneo internacional hasta el momento.

El trabajo realizado había dado sus frutos, aunque nadie podía prever, salvo quizás las propias protagonistas, lo que iba a pasar apenas un año después. La convocatoria para el Eurobasket de Perugia de junio de 1993, esta vez con Manolo Coloma al frente, fue muy similar a la de la cita olímpica, manteniendo algunos de los principales mimbres e introduciendo con papeles más bien secundarios a Laura Grande, Mar Xantal, Pilar Valero y Paloma Sánchez, aunque éstas dos últimas sí sumaron algunas actuaciones meritorias a lo largo del torneo.

Los esquemas de juego estaban claros. La primera opción en ataque era Blanca Ares, la joven más talentosa de la generación, que promedió 19 puntos en el torneo europeo. La segunda opción le correspondía a las dos jovencísimas interiores destinadas a dominar las pinturas en el baloncesto  nacional en los siguientes años, Marina Ferragut (9) y Betty Cebrián (6,4), que pagaron esta falta de experiencia en forma de cierta irregularidad. Para poner la serenidad y la veteranía ya estaban Carolina Mújica (6,8), alero polivalente y capitana del equipo, y Margarita “Wonny” Geuer (7,8) que, aunque sus compañeras aún no lo sabían, afrontaba su última participación con la selección, mientras que la dirección del conjunto se dejaba en manos de Ana Belén Álvaro (6,6), que cuajó un campeonato bastante completo.

El torneo, mucho más modesto que los actuales con apenas ocho equipos en liza, no pudo comenzar con mejores sensaciones, anotando 92 puntos ante Polonia, con cierta solidez defensiva y con todas las piezas funcionando. Cuando la segunda victoria se consumó ante Bulgaria, un rival más exigente, la clasificación para las eliminatorias estaba asegurada, por lo que las jugadoras sintieron el descargo que suponía el objetivo más que cumplido. El partido de trámite ante Italia fue la única derrota del corto torneo.

En las eliminatorias, el primer escollo fue una Eslovaquia, un equipo algo mermado con respecto a la Checoslovaquia del año anterior en Barcelona y al que las españolas pronto comenzaron a sacar ventajas que se extendieron hasta los 18 puntos finales (73-55). La otra semifinal fue más batallada entre dos selecciones que sí entraban en los pronósticos para cazar medalla, Francia e Italia, con victoria final para las galas por apenas dos puntos.

Y así se plantaron en la final. El día más importante de la historia del baloncesto femenino nacional, que apenas había participado en seis Eurobaskets y en los JJ.OO. a los que fue invitada como anfitriona. El partido entre España y Francia no fue especialmente estético, aunque sí bastante disputado a lo largo de casi todo el encuentro. Las francesas trataban de imponer la fuerte defensa y el bajo tanteo que les había llevado hasta la final. Así consiguieron mantener el partido igualado en los primeros minutos, consiguiendo distancias de hasta cinco puntos gracias a la anotación de Odile Santaniello. Finalmente, el marcado al descanso daba 3 puntos de ventaja para la francesas, 30-27.

Siete minutos tardaron las jugadoras españolas en ponerse otra vez por encima en el marcador, 32-34, gracias a una mayor contundencia en la defensa y, sobre todo, en el rebote. Esta intensidad se mantuvo durante gran parte del segundo tiempo, llegando con una distancia de 12 puntos a los cuatro minutos finales. Las francesas reaccionaron con algunas canastas fáciles y 7 puntos en apenas un minuto, aunque la sangría se quedó ahí y las españolas pudieron ir gestionando las diferencias y los tiempos para, a través de tiros libres y alguna jugada aislada, concluir el partido con el 53-63 final.

Esta victoria supuso la despedida de esta generación y el desmembramiento paulatino de un equipo que, en las siguientes citas internacionales, volvió a sus discretos papeles lejos de las medallas, si bien sí consiguió sembrar una semilla en un generación más joven y, sobre todo, asentar una infraestructura en la Federación y en la Liga que hizo que la selección española se convirtiera en un participante fijo en Mundobasket y Eurobasket.

Francia’13
El caldo de cultivo veinte años después era totalmente diferente. Las nuevas condiciones y, cómo no, el referente que marcaron Ares, Geuer, Cebrián y compañía en las niñas nacidas a mediados y finales de los 80 hizo que la popularidad del baloncesto creciera en todos los públicos y, sobre todo, en las jugadoras de cantera, lo que ha motivado que, con el paso del tiempo, deportistas como Amaya Valdemoro, Marta Fernández, Anna Montañana, Lucila Pascua, Elisa Aguilar, Rosi Sánchez, Nieves Anula, Laia Palau, Isa Sánchez o Nuria Martínez fueran llegando a los primeros equipos de las grandes potencias del baloncesto nacional y a la Selección. Ya no hacía falta ir buscando a los mejores proyectos para incluirlos el programas becados de entrenamiento específico, sino que los propios clubes habían ido profesionalizando sus métodos y ampliando sus categorías inferiores.

Este efecto empezó a eclosionar apenas ocho años después, en el Eurobasket de Francia de 2001, cuando España consiguió su segunda medalla internacional, esta vez de bronce. A partir de entonces, las jugadoras nacionales apenas se han bajado del podio, con una plata (2007) y tres bronces (2003, 2005, 2009) europeos y un tercer puesto mundial (2010), siempre capitaneadas por algunos de los mejores entrenadores nacionales especializados en deporte femenino, como Evaristo Pérez, José Ignacio Hernández o Domingo Díaz.

En 2013, esta exitosa generación había ido perdiendo a algunos de sus referentes, aunque una nueva cantera de talentosas jóvenes ya se acercaba con ganas y experiencia suficiente para ir ganando importancia en los esquemas del equipo nacional. Así, el Eurobasket de Francia se revelaba crucial ya que podía ser el del definitivo cambio de ciclo, el último en el que la vieja guardia se vistiera de corto y el primero en el que la nueva hornada estaba lo suficientemente preparada para aparecer de forma protagonista sobre la cancha.

Así, por parte de las veteranas con varias medallas al cuello, Valdemoro y Aguilar se enfrentaban a sus últimos partidos con la Selección, mientras que Palau y Cindy Lima también tenían galones de sobra para estar en la convocatoria. Por parte de las ‘nuevas’, algunas jóvenes que ya habían dado sobradas muestras de carácter, calidad y liderazgo en sus equipos y en competiciones anteriores defendiendo a España, como Alba Torrens, Laura Nicholls, Cristina Ouviña, Marta Xargay y una más experimentada Silvia Domínguez (Anna Cruz se lesionó del tobillo apenas unos días antes de la concentración del equipo). Completaban el equipo, dirigido desde la banda por Lucas Mondelo, dos debutantes con buenos partidos a sus espaldas en categorías inferiores del la Selección y en los últimos años en sus equipos, Queralt Casas y Laura Gil, y, sobre todo, la presencia titánica en la pintura de la caribeña de formación estadounidense, Sancho Lyttle, nacionalizada en el año 2010 para terminar de dar el salto de calidad al equipo.

Con Lyttle recién incorporada a la concentración, España llegó a Francia para abrir el torneo ante uno de los rivales más temibles de la primera fase. Torrens y Valdemoro tuvieron que tomar las riendas para conseguir la primera victoria del campeonato, la más disputada hasta la final, ante Rusia por cinco puntos. Y es que, en el resto de la primera fase fue de triunfos relativamente cómodos, 12 puntos ante Italia y 24 ante Suecia. Por el momento, las sensaciones no podían ser mejores, con un juego efectivo, cierta facilidad anotadora y una defensa bastante férrea, algo que había que certificar en la segunda fase. En esta ocasión, tampoco hubo grandes agobios, con una victoria inicial de 26 puntos ante Eslovaquia, y dos triunfos algo más reñidos, no tanto por el resultado final sino por encontrar mayor dificultad en la anotación y una creciente intensidad defensiva de las rivales, ante Montenegro por 16 y ante Turquía por 13.

A pesar de que pudiera haber algunas dudas por la menor fluidez del ataque, los partidos se habían salvado con mucha solvencia, por lo que la confianza ante las eliminatorias directas era buena. Y así se demostró con el 75-58 ante la República Checa y el 88-69 ante Serbia, con Torrens (29 y 11 puntos, 16,2 de media en todo el torneo) y Lyttle (23+12 y 22+11) como principales arietes, a las que se habían ido uniendo puntualmente en distintos partidos jugadoras como Xargay (9,3 puntos de media), Ouviña (19 puntos en las semifinales), Valdemoro (11 puntos en cuartos de final) o Palau (3,4 asistencias en el torneo).

Y así España se plantaba en la final contra las anfitrionas. Francia, que venía de quedar segunda en los Juegos Olímpicos de Londres en 2012, estaba haciendo un torneo bastante sólido en ambos lados de la cancha, aunque menos espectacular en ataque que el de España. Su juego se basaba en la potencia física de sus jugadores, principalmente en el poste bajo, donde Isabelle Yacoubou (11,1 puntos) y Sandrine Gruda (12) se encargaban de finalizar, mientras que la dirección del equipo recaía en manos de la eléctrica e imaginativa Celine Dumerc, capitana y líder absoluta del grupo. De este modo, se preveía un partido intenso, con dificultad para conseguir canastas y muchas alternancias en el marcador. Y así fue incluso desde antes de lanzar el balón al aire, cuando el público francés cantó “La Marsellesa” a capella para motivar a sus jugadoras.

El partido comenzó con ambos equipos tanteándose y poniendo en práctica el scouting previo al partido. De hecho, la primera canasta llegó pasados más de dos minutos y tras varios ataques imprecisos. Sin embargo, el juego fue bastante más fluido a partido de entonces, con un intercambio de canastas durante los siguientes dos minutos hasta que, finalmente, los contraataques tras buenas defensas hicieron que España tomara una distancia de nueve puntos, 21-12 tras el primer acto. En el segundo, el parcial siguió creciendo hasta los 12 de diferencia, momento en el que Francia tomó el relevo y con 13 puntos seguidos dio un golpe sobre la mesa. Nueva alternativa en el marcador, con 7 puntos para España a apenas dos minutos del final, una ventaja que la intensidad de las francesas atrás y una serie de buenos ataque dejaron en apenas un punto al descanso, 36-35.

El tercer cuarto parecía responder al planteamiento previo del equipo anfitrión, logrando sujetar las embestidas españolas y mantener el marcador equilibros, siempre con ligeras ventajas de dos o tres puntos para las azules. Sin embargo, la pizarra de Mondelo volvió a funcionar en los primeros minutos del periodo definitivo, con un parcial de 8-0 en los primeros dos minutos que dio a España el mando del partido hasta los últimos segundos. Sin embargo, la cosa no era cómoda, ya que las diferencias eran de entre 1 y 3 puntos. De hecho, con 68-67 a las de 46 segundos, la cosa no estaba nada decidida. Tras un fallo en la zona de las francesas, Palau y Xargay se las ingeniaron para mantener la posesión hasta que, tras una frenética penetración, Lyttle recibió el balón para meter la canasta definitiva. 7,5 segundos y tres puntos de ventaja, una buena defensa, un triple a la desesperada y un rebote para maquilar el resultado. 70-69.

El gesto de que la organización dejara recibir la copa a Aguilar, ante su último partido internacional, junto a Valdemoro, capitana por derecho del equipo, y la música de “Star Wars” o el MVP de Sancho Lyttle (18,4 puntos y 11,1 rebotes) son las imágenes que quedan para el recuerdo después del que, por ahora, y a falta de que esta nueva hornada certifique su capacidad de sufrimiento y liderazgo en la Copa del Mundo de Turquía de este otoño, es el último momento dorado de la historia del baloncesto femenino español.

De aquellos polvos, estos lodos
Si el camino andado por la exitosa generación que se coronó en 2013 había sido empedrado por las pioneras que veinte años antes asaltaron Perugia, las primeras sendas fueron abiertas, aún con más esfuerzo y menos reconocimiento, por otras mujeres que no tuvieron la suerte de contar con becas, patrocinadores, seguimiento mediático o entrenamientos regularizados, solamente amor por el deporte de la pelota gorda. El juego sí tenía su cierto púdicamente entre el público femenino, sobre todo en Cataluña y, en menor medida, Andalucía y Madrid, por lo que no fue difícil encontrar mujeres que jugaran, eso sí, con un nivel de competición totalmente amateur.

El primer partido de la Selección española femenina de baloncesto fue un amistoso disputado en la localidad catalana de Malgrat de Mar ante Suiza. El marcador era lo menos importante, al menos para María Isabel Díez de la Lastra, Luisa Puentes, Mabel Martínez Ortíz, Monserrat Bobee, Mª Luz Rosales, Mª Josefa Senante, Ángeles Gómez Mínguez, Teresa Pérez, Antonia Gimeno, Teresa Tamayo y Teresa Vela, dirigidas por Cholo Méndez, las verdaderas pioneras que dieron el golpe en la mesa para demostrar que las mujeres también se manajeban en un mundo tradicionalmente reservado a los hombres. Después de ellas, y antes de que la generación de los JJ.OO. de Barcelona lograra la relevancia nacional con su oro un año después, otras figuras como las de Ana Junyer, Rocío Jiménez, Conchi Navío, Ana María Eizaguirre o Rosa Castillo se encargaron de mantener viva la llama del baloncesto entre las aficionadas y deportistas.

Material adicional
Programa “Conexión vintage” de TDP: “Históricas del baloncesto femenino” (incluye un amplio resumen de la Final de Perugia’93)

martes, 4 de febrero de 2014

El Mundial de las confirmaciones

La Copa del Mundo de la FIBA, que estrena denominación en esta edición tras conocerse como Mundial, Mundobasket y Campeonato Mundial en diferentes épocas desde su primera celebración en 1950, buscará el próximo mes de septiembre al nuevo mejor equipo nacional del planeta, y lo hará en España, en un total de seis sedes repartidas por todo el país.

El sorteo, celebrado este lunes en Barcelona, ha confirmado las previsiones de la FIBA de que Estados Unidos y España, los dos principales cabezas de serie para determinar el calendario, serán los favoritos y no se cruzarían hasta una hipotética final. Sin embargo, selecciones como Francia, Argentina o Lituania intentarán acercarse lo más posible al partido definitivo y a las medallas. Y es que la suerte ha querido que uno de los cuadros del torneo se vea mucho más cargados de candidatos a medalla que el otro, haciendo más duro el camino de algunos de los equipos destinados a alcanzar cotas altas. A pesar de ello, la primera ronda, en la que reclasifican para octavos de final cuatro de los seis equipos encuadrados en cada grupo, no parece que vaya a ser demasiado complicada para ninguno de los favoritos, salvo sorpresa mayúscula. Además, a más de medio año para el inicio de la gran cita, muchos países aún no saben con qué jugadores podrán contar, tanto en el caso de las nacionalizaciones como de posibles lesiones o renuncias, mientras que también podría haber algunos cambios en los banquillos de aquí al periodo de convocatorias.

Así, en el grupo A, España no debería pasar penurias para clasificarse, buscando poner la primera piedra de una nueva medalla, a ser posible de oro como en Japón en 2006, para poner un buen broche a la mejor generación baloncestística nacional. Sin embargo, los resultados en los partidos contra una Serbia en constante renovación y con el debut de Shasha Djordjevic en el banquillo; contra Brasil, invitado al torneo tras un FIBA Américas decepcionante sin ninguna de sus estrellas del juego interior, y, sobre todo, contra Francia, campeón del Eurobasket, determinarán la posición de cada uno de ellos y, por tanto, los emparejamientos con los equipos del grupo B de cara a la segunda fase. Egipto e Irán son los rivales más débiles de este cuadro y la clasificación final puede depender de que alguna de estas dos selecciones dé la sorpresa a los cuatro favoritos.

En el grupo B, Argentina intentará prolongar un torneo más a su veterana Generación Dorada, que se enfrenta probablemente a su último torneo, si bien el equipo liderado por Ginobili, Nocioni y Scola se nutrirá, como el los torneos anteriores, de jóvenes promesas y otros jugadores contrastados que, lamentablemente, no han llegado al nivel de sus antecesores. La siempre competitiva Grecia; Puerto Rico, en constante renovación y búsqueda de jóvenes talentos tanto dentro de la isla como en Estados Unidos; y Croacia, que quiere ratificar el buen papel realizado en el Eurobasket de 2013, serán los principales rivales para determinar los puestos de clasificación y, por tanto, los cruces como en el grupo A. Igual que en el caso anterior, dos selecciones parecen, en principio, convidados de piedra en el torneo, Senegal y Filipinas.

De este modo, cualquiera de los cruces que se presenta a los clasificados de los dos primeros grupos, así como el camino hacia las medallas, no parece que vaya a tener paradas sencillas para ninguno de los equipos en liza.

En el otro lado del cuadro, la superioridad de Lituania y EEUU en sus respectivos grupos y, probablemente, hasta las seminifinales, no parece que vaya a tener demasiada discusión. En el grupo C, los estadounidenses, dependiendo de la plantilla que finalmente presenten a la competición (parece que Kevin Durant, Kevin Love y Stephen Curry serán de la partida, mientras otras superestrellas como Lebrun James, Carmelo Anthony o Kobe Bryant esperarán hasta los Juegos Olímpicos), tienen asegurado el primer puesto. El resto de los clasificados se decidirán en una ardua competición entre cinco equipos con argumentos suficientes para intentar colarse en la siguiente fase. Turquía querrá repetir la medalla de plata del Mundobasket de 2010 y olvidar así el descalabro del pasado Eurobasket, mientras que, en el caso contrario, Finlandia y Ucrania intentarán repetir las buenas sensaciones de hace un año para colarse en las eliminatorias. Por su parte, Nueva Zelanda siempre presenta equipos muy intensos y activos, aunque algo carentes de talento en algunas posiciones, por lo que parece uno de los más débiles, mientras que la República Dominicana intentará movilizar a sus jugadores NBA y a las estrellas que juegan en Europa para armar un equipo con más peligro en ataque que en defensa.

En el último grupo, el D, una de las naciones con más tradición baloncestística, Lituania será la gran favorita, teniendo que medirse en los primeros partidos con otra selección siempre competitiva, Eslovenia. Aparte de las dos europeas, la sorprendente campeona del FIBA Américas, México, liderada por Gustavo Ayón, y Australia, un país que siempre junta plantillas de cierta calidad técnica, intentarán aprovechar la oportunidad de acercarse a las eliminatorias dado el mejorable nivel de los dos equipos que completan el grupo, Angola, habitual en las citas internacionales, y Corea del Sur.

lunes, 27 de enero de 2014

La 'batalla' de Málaga

Después de 17 partidos, los ocho mejores equipos de la competición doméstica más igualada de Europa, la Liga ACB, se medirán en una de las citas tradicionales del baloncesto nacional. Al margen de los resultados de récord del Real Madrid, claro favorito para llevarse la competición la haber vencido a todos los demás contendientes en sus duelos ligueros, esta edición de la Copa del Rey, que se celebrará en Málaga entre el 6 y el 9 de febrero, destaca por la presencia por primera vez en la historia de dos equipos canarios, siendo además la única comunidad autónoma que aporta más de un participante (a pesar de la gran tradición baloncestística de Cataluña y, en menor medida, País Vasco), por la clasificación en el último momento del Baskonia, campeón en seis ocasiones de este trofeo en los últimos 20 años, y la imposibilidad de repetir la final de la última edición, Barça-Valencia, ya que se cruzarían en semifinales.

El Real Madrid (7-0 en los enfrentamientos directos entre los equipos de Copa) es claro favorito, si bien podría tener que doblegar a dos de los equipos que más problemas le plantearon en sus partidos de la liga regular para plantarse en la final. Primero vendrá el Gran Canaria (3-4), al que derrotó por 5 puntos en las Islas. Por su parte, en semifinales podría cruzarse con el CAI (1-6), al que solamente derrotó por 7 puntos con el más habitual de lo deseable show arbitral (también llamado cambio de criterio) tras el descenso, o al Unicaja, que ejerce de anfitrión pero que dio una imagen manifiestamente mejorable en el Palacio de los Deportes en la última jornada de la primera vuelta, perdiendo de 21 puntos ante el líder invicto. El duelo entre los anfitriones, deseosos de dar buena imagen en casa y de reverdecer laureles, y los zaragozanos, club que va quemando etapas a pasos agigantados después de su refundación hace algo más de una década, puede ser uno de los más reñidos, si bien los maños ya han conseguido llevarse una victoria por 9 puntos del Martín Carpena esta temporada.

El Valencia Basket (5-2), que ya llegó al partido definitivo en la pasada edición, podría intentar dar la campanada, si bien el camino no es nada fácil. El primer escollo será el Baskonia (3-4), que ha mejorado ostensiblemente su juego y sus capacidades desde el titubeante inicio de temporada, un camino similar al del pasado año para el Barça, que finalmente se alzó campeón. El precedente es un igualado partido en Vitoria que se llevaron los taronja por un punto, por lo que, a pesar de su clasificación definitiva en la última jornada, los vascos intentarán reivindicar la mejoría experimentada en los últimos partidos.

En semifinales, esperará seguramente el Barça, que se empareja con el último en llegar al club de la Copa, el Canarias. El juego de los canarios es alegre y bastante efectivo, si bien están sufriendo en algunas fases de los partidos la ausencia de algún líder en ataque, papel que deberían repartirse Levi Rost, Blagota Sekulic, Nico Richotti y Saúl Blanco, y el consiguiente atasco anotador. Los barcelonistas, por su parte, han ido consolidando su juego con el paso de los meses y, a pesar de algunas carencias y pérdidas de concentración e intensidad, son capaces de sacar adelante los partidos con bastante solvencia. Los precedentes de cara a semifinales son de lo más variado, ya que mientras el Tenerife ha ganado a Baskonia y perdido contra Valencia, el Barça sucumbió a los vitorianos y consiguió ganar de un punto a los toronja.

jueves, 16 de enero de 2014

Un hombre, una jugada

Muchos son los jugadores que, después de muchos años de carrera, son recordados por sus buenos números en una única temporada, su actuación decisiva en un partido o, en más casos de los que uno pudiera pensar, por una única jugada, un movimiento acertado en el momento más álgido de la temporada. El semigancho de Printezis en la Final Four de 2012 o el triple de John Paxson en el sexto partido de la Finales de 1993 son buenos ejemplos de cómo un jugador sin la aureola de estrella toma el protagonismo en los momentos más calientes y queda inscrito para siempre en la historia del baloncesto o de un determinado equipo.

Una de las cunas más importantes del deporte de la pelota gorda en España, el Joventut de Badalona, ha tenido decenas de héroes a lo largo de sus 80 años de vida. Sin embargo, el extranjero que más ha calado en la hinchada verdinegra se ganó su ascenso a los cielos de la Penya precisamente por estar acertado en el momento indicado. Cornelius Allen “Corny” Thompson siempre fue un gran profesional y un tipo integrado en la vida del Joventut, pero hizo falta un lance definitivo del juego para que el club llegara al máximo clímax de su historia deportiva y el orondo ala-pívot se convirtiera para los restos en el único en quedar inscrito en los páginas más gloriosas del club y de su siempre mitómana afición. Y eso ocurrió hace 20 años.

Buscando un lugar
Mucho antes de que historia verdinegra se viera alterada para siempre por este orondo pívot de 202 centíemtros, Thompson era un prometedor jugador de instituto en la pequeña ciudad de Middletown, en Connecticut, que dominaba con cierta solvencia el campeonato local, lo que le valió una beca de estudios en la universidad local, la UConn, donde también fue el líder de los Huskies. A pesar de ello, y de unos movimientos bastante dignos en el poste bajo y un mano más que aceptable, su estatura no le hizo del todo apetecible para las franquicias NBA, por lo que tuvo que esperar hasta la tercera ronda del draft de 1982, el de James Worthy y Dominique Wilkins, para ser seleccionado por los Dallas Mavericks en el puesto 50.

Al haber recalado en un equipo de creciente creación y con dos temporadas poco menos que desastrosas, Corny pudo dar el salto al profesionalismo, si bien no contó con muchos minutos, por su escaso cartel y por su difícil adaptación a los puestos interiores, ya fuera por su escasa estatura o por su movilidad no excesivamente rápida. Así, su paso por el equipo texano se saldó con 44 partidos disputados con medias de cerca de 3 puntos y 3 rebotes en una decena de minutos de juego. Podría haber seguido deambulando por banquillos de todo Estados Unidos durante más de una década para vivir una carrera sin pena ni gloria, pero quiso la fortuna, mala en principio aunque gloriosa a la postre, que, antes de iniciar su segunda temporada en la NBA, Thompson sufriera una importante lesión de rodilla que hizo temer por la continuidad de su carrera. Aunque el pronóstico finalmente fue algo más favorable, los Mavericks le eliminaron de la plantilla para no esperar su recuperación y previendo una pérdida de potencia de sus capacidades físicas, ya de por si poco exuberantes. Más de medio año después, Corny volvió a las pistas, aunque en la ‘segunda división’ estadounidense, la CBA, donde cuajó buenas actuaciones en los Detroit Spirits, con más de 15 puntos y 10 rebotes de promedio.

Estrella en Europa
Con las puertas de la NBA prácticamente cerradas para siempre, sus buenas actuaciones en el obligado exilio en esta competición le abrieron las puertas de la mejor opción para los jugadores norteamericanos que no tenían cabida en la NBA, ya fuera por cuestiones físicas, técnicas o disciplinarias. Y así recaló en Europa, en uno de los baloncestos más competitivos y poderosos en lo económico de la década de los 80, la Lega italiana. El destino fue uno de los históricos del pallacanestro, el Varese, donde coincidió a lo largo de seis temporadas con otros interiores de cierto renombre internacional, como los propestos NBA Mark Acres y Larry Micheaux o el ídolo nacional Stefano Rusconi. Con actuaciones que frecuentemente superaban los 20 puntos y los 10 rebotes, Corny consiguió hacerse imprescindible en el equipo de Varese y aplacar las dudas sobre su rendimiento tras la lesión. Puede que, con 2,02 y un físico orondo, no pareciera un jugador determinante en la pintura, pero su bueno juego de pies y una muñeca que le permitía alejarse del aro propiciaron que se convirtiera en una estrella europea.

En este ínterin, el Joventut intentó entrar en la vida de Corny en varias ocasiones, si bien su elevado caché, el correspondiente a un interior estadounidense que promediaba esos números, y cierta indecisión por parte de la directiva verdinegra, tanto en lo que a la decisión de dar el paso definitivo como sobre las cuestiones económicas, no permiten culminar el fichaje, trayendo a Badalona a otros refuerzos de menor cartel como Joe Meruweather, Earl Jones o Mike Schultz. Mientras tanto, Thompson sigue en su línea, si bien no consigue llevar a su equipo a ningún título, sino solamente a varias finales de la Lega (1990), la Copa de Italia (1985 y 1988) y la Copa Korac (1985).

Éxito verdinegro
En la temporada 1990/91, la cosa cambió. El Joventut de Badalona por fin había logrado un título, la Copa Korac, después de deambular por todo tipo de finales. El dinero del banco Banesto, a través del centro comercial Montigalà, llegó al club verdinegro, unido a la mala noticia de la bajada del rendimiento de Reggie Johnson, principal baluarte interior del club en los últimos años, por lo que tocaba rastrear el mercado en busca de un buen sustituto y rascarse el bolsillo para no bajar el nivel de la plantilla era obligatorio. Así llegaron al equipos dos de los extranjeros más recordados de su historia, el atlético alero Harold Pressley, campeón de la NCAA con Villanova y suplente consolidado en los Sacramento Kings de la NBA, y el deseado Corny. Junto con hombres de la casa como Jordi Villacampa, los hermanos Jofresa o Juanan Morales, la Penya de Lolo Sainz ya tenía equipo más que suficiente para competir con los futboleros.

A pesar de las buenas perspectivas que daban sus números y sus referencias en Italia, las primeras reacciones de la afición y la directiva del Joventut no fueron demasiado optimistas. Se criticaba su lentitud y su reducida movilidad, así como una tendencia preocupante a alejarse del aro, por detrás de la línea de 3, en muchos lances del partido. Sin embargo, su profesionalidad, su buen talante y unos movimientos inteligentes en el poste bajo hicieron pronto entrar en razón a la familia verdinegra. Además, con la presencia en el equipo de cañoneros como Villacampa y Pressley y jugadores perfectamente capaces de generar puntos, como Morales, Ferrán Martínez o los Jofresa, su peso en ataque no era tan grande como en la etapa italiana. Con estos mimbres, y con una aportación de 13,8 puntos y 7,6 rebotes por noche de Thompson, el Joventut firma un inicio arrollador con 13 victorias seguidas, si bien tiene un cierto bajón de forma a mitad de temporada que le apea de la Copa Korac en semifinales. El equipo se recuperó para el tramo final de temporada, llegando a los playoffs en buena forma. Quemando etapas, y con Corny ampliando sus prestaciones hasta 16 puntos y 9,8 rebotes, la Penya se planta en la final frente al Barça, otrora bestia negra, pero que esta vez sucumbe en cuatro partidos, dos ganados brillantemente por los verdinegros en casa, uno para los balugrana llevado hasta la emoción extrema del último segundo y el último culminado con un robo y un contraataque de Tomás Jofresa a escasos segundo del final.

Los demonios del Joventut se iban despejando gracias a la confección de una ilusionante plantilla, a la que se incorporaba otro querido foráneo verdinegro, Mike Smith. A pesar de ello, las sensaciones al principio de la siguiente temporada son contrapuestas: tres derrotas en liga, debut arrollador en la Liga Europea (anteriormente Copa de Europa, posteriormente Euroliga) con 8 victorias y competencia hasta el último segundo en el partido de exhibición ante Los Angeles Lakers subcampeones de la NBA en el Open McDonalds de París. La afición verdinegra estaba ilusionada con su equipo, aunque otro bajón mediada la temporada empezó a hacer temer por el resultado final curso. Thompson, ya conocido como “papi” o, incluso, “el abuelo” entre los seguidores, mantuvo su nivel con 13,6 puntos y 9,8 rebotes para llegar con opciones en todas las competiciones. De hecho, contra todo pronóstico, la Penya y el Estudiantes se cuelan en la Final Four de Estambul. Si los colegiales no fueron capaces de competir en tan deslumbrante escenario, la Penya sí se las ingenió para calarse en la final, si bien los irreductibles partisanos de Belgrado (y de Fuenlabrada) dirigidos por un neófito Zeljko Obradovic se llevaron un partido poco brillante decidido por una de esas jugadas que quedan para siempre en la retina, el triple en escorzo de Shasha Djordjevic. El sabor se tornó agridulce en la temporada gracias a un nuevo triunfo doméstico, esta vez contra el Real Madrid y tras cinco partidos extenuantes que dejan la rodilla de Thompson bastante maltrecha.

La racha se va frenando
Dos exitosos años para la Penya y para Corny. Sin embargo, tras pasarse los efectos de la locura olímpica generada en toda España, los patrocinadores se retiran y/o rebajan sus aportaciones. A pesar de ello, el Joventut consigue mantener gran parte de su estructura, algo que a Thompson le cuesta cada vez más, bajando su aportación a 9 puntos y 6,8 puntos. La Liga Europea se escapa bastante pronto y las competiciones domésticas cada vez se encaran con mayor dificultad, sobre todo teniendo en cuenta la incorporación al Real Madrid de Arvydas Sabonis. A pesar de ello, se repite la presencia en la final de la Liga, al igual que en la de la Copa del Rey, aunque ambos títulos van a parar a las vitrinas blancas.

Las apreturas económicas, la pujanza de los futboleros y el envejecimiento de la plantilla no eran buenas circunstancias para iniciar una nueva temporada. A pesar de ello, el Joventut hizo una maniobra de prestigio en el mercado y contrató a Zeljko Obradovic, joven entrenador pero con el suficiente carisma y éxito como para intentar guiar la nave verdinegra. Harold Pressley ya había salido del equipo y Corny se mantuvo en el plantel ya que le restaban dos años de contrato y el club no quería afrontar los gastos que suponía su despido, a pesar de que el rendimiento había bajado. La conexión con la granda no fue muy buena, debido a que Obradovic ralentizó el juego verdingro, buscando minimizar sus errores y sacar partido de jugadores experimentados, pero las victorias iban llegando. Sin el brillo ni la superioridad del pasado, pero llegaban. Así, sin hacer ruido, el Joventut se cuela en los cuartos de final de la Liga Europea, aunque toda parece indicar que el Real Madrid de Sabonis y Joe Arlaukas, el equipo más en forma de la competición continental y nacional, podrá deshacerse con facilidad de los verdinegros. Sin embargo, la Penya aprovecha sus bazas y consigue llevar la serie al tercer partido, en el que Corny, consciente de lo que supone, saca su mejor versión y olvida sus problemas de rodilla para dar una lección de juego al poste bajo a un jugador más joven y con un físico y una técnica a priori superiores. Victoria inesperada sobre el papel y viaje a Tel Aviv asegurado.

Un premio inesperado a una temporada bastante medriocre, sobre todo analizando los años anteriores. Quizás por ello, el Joventut podía permitirse viajar hasta Israel sin tantas presiones como el Barça de Aíto García Reneses o los dos aspirantes griegos, Olympiakos y Panathinaikos. En las semifinales, los verdinegros jugaron con gran fluidez, sobre todo en el segundo tiempo, gracias al acierto en el tiro exterior que se impuso a la defensa blaugrana con 14 puntos de diferencia final. El partido entre los vecinos atenienses se lo llevaron los rojos en un ‘combate a los puntos’.

Una cita con la historia
El día había llegado. 21 de abril de 1994. La Mano de Elías de Tel Aviv. El partido es lento, porque Obradovic así lo quiere, y el entrenador rival, Iannis Ioannidis, tampoco le quitaba la razón. A pesar de ello, se llega al descanso con empate a 39 gracias a la buena mano de los interiores verdinegros, que se salían de la zona para no tener que vérselas con el poderío físico de Roy Tarpley, Panagiotis Fassoulas, Giorgios Sigalas y Zarko Paspalj. El segundo tiempo, mucho más lento y, además, con mucho menos acierto. A falta de 7 minutos, la ventaja para los griegos era de 5 puntos. Cuatro minutos después, el marcador apenas se había movido: +4 para el Olympiakos. Con 57-53, Paspalj falla dos tiros libres, aunque el Joventut no consigue anotar en un enrevesado ataque de más de 25 segundos. De nuevo en la otra canasta, la defensa asfixiante sobre las líneas de pase hace que Tarpley no pueda coger un pase. Posesión para la Penya, que vuelve a mover y mover el balón hasta que, por fin, llega a Villacampa, que anota un triple que aprieta aún más el marcador. En el ataque griego, la pelota es amasada por Milan Tomic hasta que consigue conectar con Fassoulas, que no es capaz de imponer su superioridad en altura y falla a escasos centímetros de la canasta.

Nuevamente, el Joventut no tiene muy claro que hacer con la bola, que viaja de mano en mano con Mike Smith como único jugador que busca la canasta. Casi se acaba la posesión, pero Ferrán consigue lanzar un triple. Fallo, pero rebote de Villacampa. Otra circulación sin ideas de balón, que acaba nuevamente en manos del pívot, esta vez en la zona, que vuelve a fallar, aunque Mike Smith coge el rebote. 35 segundos y la zona parece tapiada y la canasta tiene una tapa puesta. El balón vuelve a volar entre las manos de los verdinegros, aunque Smith decide coger el toro por los cuernos.

Y llega la jugada definitiva. El alero norteamericano ntenta zafarse de su par tras un bloqueo de Corny, pero los dos marcadores se van con él y tiene que sacar el balón a Rafa Jofresa. El base canterazo mira a su izquierda, donde ve al orondo pívot de Connecticut que no se había movido tras el bloqueo anterior. Recibe y, sin mover los pies, lanza, sin más oposición que la lejana llegada de Tarpley. (En mis recuerdos de niño, ruge Quedan 12 segundos. Dos puntos arriba.

El resto es historia. Una falta de Mike Smith intentando robar el balón a Paspalj a 4,8 segundos del final. El fallo, uno más, desde la línea del corpulento pero poco aplicado alero yugoslavo. El rocambolesco rebote en ataque. El reloj que no se pone en marcha. Un nuevo fallo a escasos metros de la canasta del Olympiakos. Y la cita con la gloria de uno de los clubes imprescindibles en la historia del baloncesto nacional.

Después de la gloria
La carrera de Corny Thompson ya había empezado un lento declive en la Penya, por lo que, a pesar del ser el héroe de aquella final, el Joventut prescidió de sus servicios y el pívot decidió exprimir el poco baloncesto que le quedaba sus rodillas un par de temporadas más en el Baloncesto León, equipo de la ACB que, por tanto, le permitió regresar a Badalona al menos una vez al año para recibir el cariño de aquellos que, un día de primavera, fueron un poco más felices gracias a un pequeño giro de muñeca, y del destino.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Rozando la gloria... para caer en el olvido

El torneo de baloncesto de la NCAA se ha caracterizado siempre por una buena organización y un importante mercado creado a su alrededor, incluyendo la venta de todo tipo de merchandising y contratos televisivos que cubren la retransmisión de casi la totalidad de los partidos. Los jóvenes jugadores universitarios, estrellas mediáticas en todo Estados Unidos, no reciben nada a cambio de sus esfuerzos, a pesar de generar una importante cuantía de ingresos a publicistas y universidades, salvo un adusto e implacable código de conducta heredado de las primeras generaciones del torneo universitario y que no ha sabido adaptarse a los tiempos. Con el paso de los años, algunos son los estudiantes que han alzado la voz contra este injusto estado de las cosas, mientras otros han decidido explotar su potencial en el baloncesto profesional cuanto antes. Sin embargo, hubo una generación de jugadores que decidió desafiar a las convenciones y poner su pasión y buen hacer en el deporte de la pelota gorda por encima de unas reglas que no entendían.

Los Michigan Wolverines habían sido campeones de la NCAA en 1989, si bien el equipo capitaneado por Glen Rice, Loy Vaught y Terry Mills no tardó en escuchar los cantos de sirena del baloncesto profesional, por lo que el entrenador Steve Fisher, que se había hecho con el cargo a mitad de la temporada tras la destitución de Bill Frieder, tuvo que ingeniárselas para que la universidad volviera a tener un equipo competitivo cuanto antes. El reciente campeonato lo ponía fácil, pero el reclutamiento de jóvenes perlas de los institutos es siempre una encarnizada lucha, máxime cuando las presiones del mercado, desde pagos en metálico a regalos de todo tipo, habían aterrizado en las tácticas de captación de jugadores de muchas universidades.

Labor de rastreo
Tan intenso fue el trabajo de captación que, tras apenas un año desde el abandono de dos de sus principales baluartes, los Wolverines sorprendieron a toda la NCAA con el reclutamiento de la mejor generación de baloncestistas de una misma promoción jamás reunida en un mismo equipo. El  primero de los ‘fichajes’ llegados al campus de Michigan fue Juwan Howard. Se trataba de un intenso alero alto que había deslumbrado en su instituto de Chicago con un juego atlético en ambos lados de la cancha. Esta incorporación servía para cubrirse las espaldas de cara a la dificultad para reclutar a la gran perla de aquella generación, Chris Webber, un ala-pívot con multitud de recursos ofensivos y una buena implicación de cara al rebote que era pretendido por la mayor parte de las universidades con programas de baloncesto potentes en toda la geografía estadounidense. Sin embargo, hubo una importante razón que no siempre sirve como elemento decisivo para la captación de talentos: Webber era natural de Detroit, principal ciudad de este estado norteño, por lo que la cercanía del campus, unida al reciente éxito deportivo de los Wolverines, fueron algunas de las razones que jugaron a favor de la universidad local. Igualmente, otra joven perla de Detroit también decidió quedarse cerca de casa: Jalen Rose, un alero criado en los barrios bajos al que el baloncesto había alejado de la mala vida. El reclutamiento se completó con dos prometedores escoltas texanos, Jimmy King y Ray Jackson, dos proyectos algo menos deslumbrantes pero también incluidos entre los cien mejores de su generación en todo el país.

El futuro parecía brillante para los Wolverines, si bien el entrenador Steve Fisher se mostró respetuoso con las conservadoras reglas no escritas de la NCAA, por las que los novatos se ven relegados a un papel menos protagonista en los equipos, al menos en los primeros compases de la temporada, por lo que el gran impacto del quinteto estrella de la Universidad de Michigan tuvo que esperar. La titularidad de Webber era obvia desde un principio, y Rose y Howard tenían nivel suficiente para aportar tanto o más sobre el parqué que cualquier de sus compañeros de plantilla, por lo que pronto comenzaron a disfrutar de muchos minutos en la cancha.

Cambio de ciclo
Sin embargo, la pujanza de los dos escoltas texanos pronto tuvo también su reflejo en el reparto de protagonismo. Cada vez eran más los minutos que tanto King como Jackson estaban en la cancha, haciendo que, durante una parte cada vez más importante de los partidos, el quinteto de los Wolverines estuviera compuesto únicamente por los freshmen de aquel éxito de reclutamiento. Tanto fue así que, mediada la temporada, el 9 de febrero de 1992, los cinco post-adolescentes salieron como titulares en el partido contra Notre Dame. Ese fue el inicio de la revolución. Pocas veces en la historia de la NCAA un equipo había establecido tan claramente un quinteto compuesto por jugadores novatos. Además, este grupo de chicos desafiaba otras convenciones de la competición, imponiendo el juego de contraataque y uno contra uno y los lances más propios del streetball a las académicas tácticas de la NCAA, además de introducir un look más urbano, con zapatillas y calcetines negros, cabezas rapadas y pantalones caídos. Además, su actitud desafiante y el thrash talking con sus contrincantes tampoco eran bien vistos.

El resultado de este cambio fue un importante incremento en las retransmisiones deportivas de los partidos de Michigan, pero también una respuesta negativa por parte de seguidores y grandes nombres de la Liga. Así, durante los dos años en los que el “Fab Five” de Michigan se mantuvo unido, incluso en el año en que webber dio el sato a la NBA, muchos aficionados empezaron a enviar cartas amenazantes, la mayoría de ellas de contenido racista, una mala respuesta que se incrementó cuando Jalen Rose se vio envuelto en una redada antidroga en una fiesta en el segundo año del equipo.

Sin embargo, la respuesta ante estos malos augurios se daba en el vestuario y en la cancha y los resultados no podían ser mejores, con únicamente tres partidos perdidos en la liga regular desde la inclusión de los cinco debutantes en el quinteto inicial. Y con esa dinámica positiva y el orgullo de reivindicarse ante la dividida prensa y los sectores más conservadores de la afición, se plantaron en el torneo de la NCAA con ganas de revelarse. Y lo hicieron con victorias cómodas ante Temple y East Tenessee State y otras más trabajadas ante Okahoma State y Ohio State. El objetivo de la Final Four, una meta a largo plazo para los jóvenes Wolverines, se había cumplido mucho antes de lo previsto, como mucho antes de lo esperado habían eclosionado las cinco jóvenes promesas. Ya en Minneapolis, los Wolverines se las ingeniaron para deshacerse de Cincinatti en la semifinal nacional, lo que hacía que el último escollo hacia una temprana consagración eran los Blue Devils de Duke.

Se trataba de la Némesis de Michigan. Si los Wolverines destacaban por su juego libre, sus provocaciones y su aspecto urbano, los de Duke eran buenos chicos, con una estrella blanca como Christian Leattner y jugadores respetuosos con las reglas, tanto blancos como de color, como Grant Hill o Bobby Hurley, deportistas bienintencionados y de buena familia a los que los Wolverines llamaban "Tío Tom". Durante la temporada, Michigan había conseguido exprimir a los Blue Devils hasta la prórroga en su propia casa, aunque en el partido definitivo, los Wolverines pagaron su falta de experiencia y fueron arrollados por los pupilos de Mike Krzyzewski por 71-51.

El regreso
Lo peor de la derrota no era tanto el sinsabor de quedarse a las puertas del título en sí, algo que no se esperaba con una generación tan joven de buenos jugadores en su primer año, sino la creación de unas altas expectativas difíciles de refrendar después de un primer año de ensueño. A la vuelta de un viaje de hermanamiento por Europa, algo poco atractivo en un principio para jóvenes de menos de 20 años procedentes de barrios desfavorecidos de los Estados Unidos, los jugadores Michigan se había convertido en uno de los reclamos más importantes de la NCAA a nivel comercial y televisivo, por encima incluso de los campeones, y la venta de merchandising se había multiplicado a niveles jamás vistos en un equipo universitario, con marcas tan importantes como Niké metidas en el ajo, dos factores que, de forma inconsciente, se habían colado dentro del vestuario de los lobeznos.

Aún así, dentro de la cancha, todo parecía seguir fluyendo de la manera adecuada, con 26 victorias en los 30 partidos de la temporada regular, lo que le valió el número 1 regional y una cómoda victoria por más de 30 puntos en la primera ronda contra Coastal Carolina. El resto del camino fue algo más arduo, con victorias ante UCLA por dos puntos en la prórroga, ante George Washington por 8 y ante Temple por 6.

Segunda Final Four en dos años  y esta vez con una urgencia mayor de ganar, una empresa también complicada. Para empezar, la Universidad de Kentucky exprimió a los pupilos de Steve Fisher hasta la prórroga, aunque los lobeznos terminaron imponiéndose 81-78. La final estaba servida y el rival parecía incluso más asequible que el año anterior. Los Tar Heels de North Carolina contaba con dos jugadores de referencia, aunque menos peligrsos a priori que los Blue Devils el año anterior, Eric Montross dentro y George Lynch fuera, capitaneados desde el banquillo por el veterano Dean Smith, toda una leyenda con más de treinta año comandando a esta Universidad. A pesar de ello, los Tar Heels plantearon un duelo exigente, manteniéndose siempre cerca e, incluso, por encima en el marcador. A falta de escasos segundos, los de North Carolina estaban 2 arriba, por lo que los focos estaban sobre las tres estrellas de los Wolverines. Alguno de los tres debía intentar arreglar el entuerto. Y parecía que Webber, el más deslumbrante producto de su generación, sería el encargado de hacerlo.

Tras un fallo en un tiro libre, Webber cogió el rebote con autoridad, dudó entre pasar el balón o salir botando, aunque finalmente cruzó la cancha y, con 13 segundos para el bocinazo final, pidió un tiempo muerto para zafarse de la defensa y poder preparar la última jugada. Pero la mala suerte quiso que no quedaran tiempos muertos para Michigan, lo que penalizó a la estrella univesitaria, malaconsejada por uno de sus compañeros en el banquillo para tomar esa decisión, con una falta técnica y la práctica imposibilidad de alzarse con el título. Los dos tiros libres y la posesión posterior dejaron el resultado final en un 77-71 de infausto recuerdo.

Webber no podía más. Al desencanto de la primera derrota se unía la sensación de culpabilidad por el infantil error cometido, además de la sensación de sentirse estafado al ver cómo su status de estrella no le era nada beneficioso personalmente, pero enriquecía a los que estaban a su alrededor, las televisiones y, sobre todo, la Universidad, que disparó sus ingresos por merchandising de 1,6 millones de dólares en 1989 a 10,5 tres años después. Así, después de dos años, decidió dar el salto al profesionalismo, siendo elegido en el número 1 del draft de 1993, iniciando la descomposición del “Fab Five”, que se consumaría al año siguiente cuando Juwan Howard y Jalen Rose también dieron el salto a la NBA.

El olvido
Si la posibilidad de haber constituido una leyenda en la NCAA se había desvanecido con las derrotas, a pesar de haber revolucionado la organización y las formas de actuar en la liga universitaria, el recuerdo de los “Fab Five” quedó enturbiado por uno de los escándalos más recordados del deporte amateur en Estados Unidos. En 1999, un Gran Jurado se hizo cargo de un caso de pagos ilegales y apuestas en el que estaban implicados cuatro jugadores de los Wolverines de diferentes temporadas. Según demostró la investigación de seis años iniciada tras el accidente de tráfico de un coche con el equipo de reclutamiento de la Universidad de Michigan y algunos jugadores de instituto, un contacto totalmente ilegal en la NCAA, el empresario Eddie L. Martin, conocido como “Uncle Eddie” o “Little Ed” en el ambiente deportivo de Detroit, había estado pagando y haciendo regalos a algunos jugadores para que ficharan por el equipo de la Universidad de Michigan. En concreto, y según los resultados de las pesquisas, se pudo documentar el gasto de unos 616.000 dólares en distintos pagos y presentes a Chris Webber, Maurice Taylor, Robert Traylor y Louis Bullock, la mayor parte de los cuales fueron para la estrella universitaria y la NBA.

Cuando la investigación terminó, en 2002, la propia Universidad propuso sanciones que incluían la eliminación de todos los registros, tanto individuales como de equipo, de las temporadas en las que jugaron los deportistas impicados, la renuncia a los banderines de subcampeón de los años 1992 y 1993 de los “Fab Five”, la devolución del dinero asignado por la NCAA por sus éxitos deportivos y varios años de descalificación para el torneo nacional. Con la aprobación por parte de la dirección de la NCAA de estas reprimendas, el recuerdo de uno de los equipos más espectaculares e intrépidos de la historia de la liga universitaria quedó fuertemente ensombrecido, si bien su huella sí pervivió algunos años, dando un mayor protagonismo y una cierta libertad a los jugadores, principales actores del teatro del deporte universitario.

Material complementario

Documental “Fab Five” de ESPN

miércoles, 23 de octubre de 2013

El 'primer' hombre en la Luna

Durante muchas décadas, la NBA fue un terreno vedado para cualquier jugador no nacido o formado en Estados Unidos. Si algunos baloncestistas estadounidenses tenían dificultades para ser aceptados por cuestiones religiosas o, sobre todo, raciales, la entrada de jugadores llegados de otros lugares del mundo era una quimera de algunos entusiastas que no vivían enfrascados dentro de las fronteras y sí eran conocedores de las evoluciones del deporte de la pelota gorda en Europa y los países sudamericanos, mientras que el sector ‘proteccionista’ veía esta posibilidad como un insulto a la supremacía norteamericana.

Sin embargo, a lo largo de la década de los 60 y los 70 ya hubo algunos casos aislados de jugadores que, después de un prometedor inicio de carrera allende los mares, llamaron la atención de aquellos visionarios y, trabas administrativas, políticas y familiares aparte, fueron invitados a probar la forma de vida y las maneras de trabajar propias del profesionalismo norteamericano. Junto con el italiano Dino Meneghin y el mexicano Manuel Raga, ambos caprichos personales de Marty Blake, el principal ojeador del extranjero de la NBA en los primeros 70, Drazen Dalipagic fue el primer hombre (de Europa) en pisar la Luna (de la NBA).

La historia de ‘Praja’ es peculiar. Sus inicios deportivos fueron en el balonmano y, sobre todo, en el fútbol, de donde le vino su apodo, dado a su gran parecido con el delantero estrella del equipo local de Mostar, su ciudad natal, Dane Praha. A pesar de sus buenos fundamentos técnicos con el balón en los pies, cuando Drazen probó por primera vez con el baloncesto a los 19 años de edad, quedó automáticamente prendado de este deporte. A ello ayudaron sus 1,97 metros de altura y una facilidad innata para el lanzamiento lejano que, ya en su primera temporada enrolado en el Lokomotiva de Mostar, le permitió desarrollar una suspensión rápida e infalible y le llevó a figurar entre los máximos anotadores de su equipo y a firmar por el mítico Partizan de la capital yugoslava con apenas un año de experiencia. Y fue en Belgrado donde llegó el éxito, tanto colectivo como individual.

Sus buenas actuaciones durante las siguientes temporadas hicieron que Jim McGregor fijara sus ojos en él. Como agente de jugadores, McGregor organizaba frecuentes giras de baloncestistas norteamericanos de segunda fila por Europa, con el fin de asegurarles un contrato a este lado del Atlántico. Con el paso del tiempo y con el objetivo de que estos partidos sirvieran también de promoción de los jugadores locales de cara a mejores contratos o a un remoto ingreso en la NBA, empezó a confeccionarse una selección de los talentos europeos en ciernes para medirse a los estadounidenses. Gracias a sus números de estrella, por encima de los 25 puntos en todas sus temporadas en el Partizan, Dalipagic fue uno de sus invitados en julio de 1975 a la cita celebrada en un pueblo costero cerca de Génova, llamando poderosamente la atención de uno de los pocos ojeadores NBA presentes en la cita, John Killilea, avisado por el propio McGregor del potencial de algunos jugadores europeos. Impresionado, Killilea se puso en contacto con el alero bosnio y le invitó a los campus de entrenamiento para novatos y agentes libres de su equipo, los míticos Boston Celtics, una oferta muy tentadora pero demasiado ambiciosa para alguien con apenas cinco años de experiencia en el baloncesto.

La progresión de Dalipagic siguió adelante la siguiente temporada, algo que se hizo más que palpable en los Juegos Olímpicos de Montreal del verano de 1976, competición en la que ‘Praja’, Kresimir Cosic y Dragan Kicanovic dirigían al equipo yugoslavo. Después del primer partido contra la selección de Estados Unidos, en la que Dalipagic anotó 22 puntos, Killilea, presente en las gradas, no quiso esperar más y pidió una reunión con el alero aquella misma noche, en la que volvió a plantearle la oferta para probar con los Celtics, vigente campeón de la NBA, aquel mismo verano. Los galones adquiridos dentro del equipo plavi (con espectaculares actuaciones, incluyendo sus 27 puntos en la final ante la estrella estadounidense Adrian Dantley), los ánimos de sus compañeros y el hecho de encontrarse tan lejos de casa (y tan cerca del posible futuro destino) fueron haciendo que Drazen cambiara de opinión y se animara a probar con los orgullosos verdes.

Una semana en Boston
La aventura americana comenzó el 21 de agosto de 1976 en el aeropuerto de Belgrado, del que partieron Dalipagic, su suegro, Tony Pozeg, y Cosic, que le ayudaría con el idioma gracias a su estelar paso de cuatro años por la Universidad de Brigham Young, un viaje que había causado un gran revuelo mediático a ambos lados del Atlántico (un periódico de Hartford llegó a asegurar que había una oferta por dos años y 900.000 dólares, un sueldo de estrella para la época). Pocas horas después de aterrizar en Boston, ‘Praja’ tuvo que hacer frente a su primer entrenamiento, la primera de las dos sesiones diarios a las que eran sometidos los 16 jugadores novatos y agentes libres pretendidos por los Celtics y que eran observadas de forma pormenorizada por Killilea, Tom Heinsohn, entrenador del equipo, y John Havlicek, estrella bostoniana cercana a la jubilación y capitán de la plantilla.

Durante los primeros entrenamientos, Drazen se sorprendió de la dureza defensiva y el juego individualista que se imponía, aunque precisamente era la potencia física del bosnio, además de su gran acierto en el tiro, lo que había llamado la atención de Killilea. Así, Dalipagic se puso manos a la obra para mostrar todo su potencial, primero reivindicando su gran capacidad reboteadora y, unos días más tarde, priorizado su aportación ofensiva, tanto en sus efectivos tiros desde prácticamente cualquier punto de la cancha (sus preferidos eran desde las esquinas) como sus penetraciones rebosantes de potencia, finalizadas con elegancia con la mano derecha o con fuerza con un mate, aunque se repetía un lunar que los ojeadores NBA veían en todos los prospectos europeos que probaban en EEUU, una cierta indolencia defensiva. Gracias a esta nueva faceta más activa, la prensa comenzó a conocerle con el sobrenombre de “Yumpin’ Yugo”. Su fama crecía a la misma velocidad que su aportación al equipo, e incluso el mandamás de los Celtics, el mítico Arnold ‘Red’ Auerbach, se había acercado a los campus de entrenamiento para conocer al yugoslavo. Tras una breve entrevista, quedó impresionado con la madurez y el juego de ‘Praja’, por lo que no dudó en bromear y presentarle a Havlicek como “sucesor”.  

Sin embargo, las buenas vibraciones que estaba causando en el seno de la franquicia de Boston no pasaban desapercibidas en su Yugoslavia natal. Así, la Federación y el Gobierno iniciaron su propia campaña con una nota de prensa difundida en las agencias periodísticas internacionales recordando que el país balcánico no permitía a sus jugadores salir de sus fronteras a jugar hasta los 30 años, habiendo cumplido el servicio militar y disponiendo de un doble permiso de su equipo de origen y de la Federación, encargados de jugar si se habían acreditado “suficientes méritos en el servicio a la patria”. Todos estos condicionantes se unían a la normativa FIBA, que prohibía que los jugadores NBA, los únicos considerados profesionales, volvieran a militar con su selección nacional, además de ocupar plaza de extranjero en los equipos amateur en caso de verse obligados a volver de EEUU. Aunque Dalipagic solamente tenía en mente probar sus capacidades en los campus NBA sin llegar a fichar por un equipo profesional, estas noticias no hacían sino devolver al suelo los posibles sueños que pudieran haberse despertado en su estancia de apenas una semana en EEUU.

Así que todo siguió como estaba planeado y, una vez concluido el campus, Drazen hacía las maletas de vuelta a Belgrado. Antes del viaje de vuelta, y aunque la decisión era de sobra conocida por los gestores célticos, Auerbach quiso tener una última reunión con Dalipagic en su despacho, en la que le ofreció un contrato garantizado por un año y 30.000 dólares con posibilidad de renegociación al final de la temporada. ‘Praja’ aludió a la llamada del servicio militar, su desconocimiento del inglés, su nueva situación familiar, ya que acababa de ser padre; y la restrictiva normativa FIBA para cumplir con Yugoslavia para declinar amablemente esta invitación. De esa reunión, queda el consejo de ‘Red’ de que aprendiera idiomas de cara al futuro y un libro con la dedicatoria “al amigo para quien espero que algún día vista la camiseta de los Celtics”.

La vida sigue
Tras su aventura americana, Dalipagic completó una longeva y estelar carrera hasta los 40 años en Partizan, Real Madrid, Venecia, Udine, Verona y Estrella Roja, con promedios de puntos por encima de los 30 casi todas las temporadas y descollantes exhibiciones anotadoras de hasta 70 puntos, todo ello contando con que gran parte de su carrera se desarrolló antes de la inclusión de la línea de tres puntos en el reglamento FIBA. Por su parte, los Celtics prolongaron un par de años más la carrera de Havlicek hasta 1978, momento en el que Auerbach hizo otra de sus magistrales jugadas de efecto para hacerse con Larry Bird, que debutó una temporada después. De este modo, no pudo consumarse la llegada a los Celtics de lo que parece el eslabón intermedio entre el trabajador Havlicek y el estelar Bird, dando por sentado el gusto céltico por los aleros blancos con un buen conocimiento del juego en equipo.