Mostrando entradas con la etiqueta Michigan. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Michigan. Mostrar todas las entradas

jueves, 5 de diciembre de 2013

Rozando la gloria... para caer en el olvido

El torneo de baloncesto de la NCAA se ha caracterizado siempre por una buena organización y un importante mercado creado a su alrededor, incluyendo la venta de todo tipo de merchandising y contratos televisivos que cubren la retransmisión de casi la totalidad de los partidos. Los jóvenes jugadores universitarios, estrellas mediáticas en todo Estados Unidos, no reciben nada a cambio de sus esfuerzos, a pesar de generar una importante cuantía de ingresos a publicistas y universidades, salvo un adusto e implacable código de conducta heredado de las primeras generaciones del torneo universitario y que no ha sabido adaptarse a los tiempos. Con el paso de los años, algunos son los estudiantes que han alzado la voz contra este injusto estado de las cosas, mientras otros han decidido explotar su potencial en el baloncesto profesional cuanto antes. Sin embargo, hubo una generación de jugadores que decidió desafiar a las convenciones y poner su pasión y buen hacer en el deporte de la pelota gorda por encima de unas reglas que no entendían.

Los Michigan Wolverines habían sido campeones de la NCAA en 1989, si bien el equipo capitaneado por Glen Rice, Loy Vaught y Terry Mills no tardó en escuchar los cantos de sirena del baloncesto profesional, por lo que el entrenador Steve Fisher, que se había hecho con el cargo a mitad de la temporada tras la destitución de Bill Frieder, tuvo que ingeniárselas para que la universidad volviera a tener un equipo competitivo cuanto antes. El reciente campeonato lo ponía fácil, pero el reclutamiento de jóvenes perlas de los institutos es siempre una encarnizada lucha, máxime cuando las presiones del mercado, desde pagos en metálico a regalos de todo tipo, habían aterrizado en las tácticas de captación de jugadores de muchas universidades.

Labor de rastreo
Tan intenso fue el trabajo de captación que, tras apenas un año desde el abandono de dos de sus principales baluartes, los Wolverines sorprendieron a toda la NCAA con el reclutamiento de la mejor generación de baloncestistas de una misma promoción jamás reunida en un mismo equipo. El  primero de los ‘fichajes’ llegados al campus de Michigan fue Juwan Howard. Se trataba de un intenso alero alto que había deslumbrado en su instituto de Chicago con un juego atlético en ambos lados de la cancha. Esta incorporación servía para cubrirse las espaldas de cara a la dificultad para reclutar a la gran perla de aquella generación, Chris Webber, un ala-pívot con multitud de recursos ofensivos y una buena implicación de cara al rebote que era pretendido por la mayor parte de las universidades con programas de baloncesto potentes en toda la geografía estadounidense. Sin embargo, hubo una importante razón que no siempre sirve como elemento decisivo para la captación de talentos: Webber era natural de Detroit, principal ciudad de este estado norteño, por lo que la cercanía del campus, unida al reciente éxito deportivo de los Wolverines, fueron algunas de las razones que jugaron a favor de la universidad local. Igualmente, otra joven perla de Detroit también decidió quedarse cerca de casa: Jalen Rose, un alero criado en los barrios bajos al que el baloncesto había alejado de la mala vida. El reclutamiento se completó con dos prometedores escoltas texanos, Jimmy King y Ray Jackson, dos proyectos algo menos deslumbrantes pero también incluidos entre los cien mejores de su generación en todo el país.

El futuro parecía brillante para los Wolverines, si bien el entrenador Steve Fisher se mostró respetuoso con las conservadoras reglas no escritas de la NCAA, por las que los novatos se ven relegados a un papel menos protagonista en los equipos, al menos en los primeros compases de la temporada, por lo que el gran impacto del quinteto estrella de la Universidad de Michigan tuvo que esperar. La titularidad de Webber era obvia desde un principio, y Rose y Howard tenían nivel suficiente para aportar tanto o más sobre el parqué que cualquier de sus compañeros de plantilla, por lo que pronto comenzaron a disfrutar de muchos minutos en la cancha.

Cambio de ciclo
Sin embargo, la pujanza de los dos escoltas texanos pronto tuvo también su reflejo en el reparto de protagonismo. Cada vez eran más los minutos que tanto King como Jackson estaban en la cancha, haciendo que, durante una parte cada vez más importante de los partidos, el quinteto de los Wolverines estuviera compuesto únicamente por los freshmen de aquel éxito de reclutamiento. Tanto fue así que, mediada la temporada, el 9 de febrero de 1992, los cinco post-adolescentes salieron como titulares en el partido contra Notre Dame. Ese fue el inicio de la revolución. Pocas veces en la historia de la NCAA un equipo había establecido tan claramente un quinteto compuesto por jugadores novatos. Además, este grupo de chicos desafiaba otras convenciones de la competición, imponiendo el juego de contraataque y uno contra uno y los lances más propios del streetball a las académicas tácticas de la NCAA, además de introducir un look más urbano, con zapatillas y calcetines negros, cabezas rapadas y pantalones caídos. Además, su actitud desafiante y el thrash talking con sus contrincantes tampoco eran bien vistos.

El resultado de este cambio fue un importante incremento en las retransmisiones deportivas de los partidos de Michigan, pero también una respuesta negativa por parte de seguidores y grandes nombres de la Liga. Así, durante los dos años en los que el “Fab Five” de Michigan se mantuvo unido, incluso en el año en que webber dio el sato a la NBA, muchos aficionados empezaron a enviar cartas amenazantes, la mayoría de ellas de contenido racista, una mala respuesta que se incrementó cuando Jalen Rose se vio envuelto en una redada antidroga en una fiesta en el segundo año del equipo.

Sin embargo, la respuesta ante estos malos augurios se daba en el vestuario y en la cancha y los resultados no podían ser mejores, con únicamente tres partidos perdidos en la liga regular desde la inclusión de los cinco debutantes en el quinteto inicial. Y con esa dinámica positiva y el orgullo de reivindicarse ante la dividida prensa y los sectores más conservadores de la afición, se plantaron en el torneo de la NCAA con ganas de revelarse. Y lo hicieron con victorias cómodas ante Temple y East Tenessee State y otras más trabajadas ante Okahoma State y Ohio State. El objetivo de la Final Four, una meta a largo plazo para los jóvenes Wolverines, se había cumplido mucho antes de lo previsto, como mucho antes de lo esperado habían eclosionado las cinco jóvenes promesas. Ya en Minneapolis, los Wolverines se las ingeniaron para deshacerse de Cincinatti en la semifinal nacional, lo que hacía que el último escollo hacia una temprana consagración eran los Blue Devils de Duke.

Se trataba de la Némesis de Michigan. Si los Wolverines destacaban por su juego libre, sus provocaciones y su aspecto urbano, los de Duke eran buenos chicos, con una estrella blanca como Christian Leattner y jugadores respetuosos con las reglas, tanto blancos como de color, como Grant Hill o Bobby Hurley, deportistas bienintencionados y de buena familia a los que los Wolverines llamaban "Tío Tom". Durante la temporada, Michigan había conseguido exprimir a los Blue Devils hasta la prórroga en su propia casa, aunque en el partido definitivo, los Wolverines pagaron su falta de experiencia y fueron arrollados por los pupilos de Mike Krzyzewski por 71-51.

El regreso
Lo peor de la derrota no era tanto el sinsabor de quedarse a las puertas del título en sí, algo que no se esperaba con una generación tan joven de buenos jugadores en su primer año, sino la creación de unas altas expectativas difíciles de refrendar después de un primer año de ensueño. A la vuelta de un viaje de hermanamiento por Europa, algo poco atractivo en un principio para jóvenes de menos de 20 años procedentes de barrios desfavorecidos de los Estados Unidos, los jugadores Michigan se había convertido en uno de los reclamos más importantes de la NCAA a nivel comercial y televisivo, por encima incluso de los campeones, y la venta de merchandising se había multiplicado a niveles jamás vistos en un equipo universitario, con marcas tan importantes como Niké metidas en el ajo, dos factores que, de forma inconsciente, se habían colado dentro del vestuario de los lobeznos.

Aún así, dentro de la cancha, todo parecía seguir fluyendo de la manera adecuada, con 26 victorias en los 30 partidos de la temporada regular, lo que le valió el número 1 regional y una cómoda victoria por más de 30 puntos en la primera ronda contra Coastal Carolina. El resto del camino fue algo más arduo, con victorias ante UCLA por dos puntos en la prórroga, ante George Washington por 8 y ante Temple por 6.

Segunda Final Four en dos años  y esta vez con una urgencia mayor de ganar, una empresa también complicada. Para empezar, la Universidad de Kentucky exprimió a los pupilos de Steve Fisher hasta la prórroga, aunque los lobeznos terminaron imponiéndose 81-78. La final estaba servida y el rival parecía incluso más asequible que el año anterior. Los Tar Heels de North Carolina contaba con dos jugadores de referencia, aunque menos peligrsos a priori que los Blue Devils el año anterior, Eric Montross dentro y George Lynch fuera, capitaneados desde el banquillo por el veterano Dean Smith, toda una leyenda con más de treinta año comandando a esta Universidad. A pesar de ello, los Tar Heels plantearon un duelo exigente, manteniéndose siempre cerca e, incluso, por encima en el marcador. A falta de escasos segundos, los de North Carolina estaban 2 arriba, por lo que los focos estaban sobre las tres estrellas de los Wolverines. Alguno de los tres debía intentar arreglar el entuerto. Y parecía que Webber, el más deslumbrante producto de su generación, sería el encargado de hacerlo.

Tras un fallo en un tiro libre, Webber cogió el rebote con autoridad, dudó entre pasar el balón o salir botando, aunque finalmente cruzó la cancha y, con 13 segundos para el bocinazo final, pidió un tiempo muerto para zafarse de la defensa y poder preparar la última jugada. Pero la mala suerte quiso que no quedaran tiempos muertos para Michigan, lo que penalizó a la estrella univesitaria, malaconsejada por uno de sus compañeros en el banquillo para tomar esa decisión, con una falta técnica y la práctica imposibilidad de alzarse con el título. Los dos tiros libres y la posesión posterior dejaron el resultado final en un 77-71 de infausto recuerdo.

Webber no podía más. Al desencanto de la primera derrota se unía la sensación de culpabilidad por el infantil error cometido, además de la sensación de sentirse estafado al ver cómo su status de estrella no le era nada beneficioso personalmente, pero enriquecía a los que estaban a su alrededor, las televisiones y, sobre todo, la Universidad, que disparó sus ingresos por merchandising de 1,6 millones de dólares en 1989 a 10,5 tres años después. Así, después de dos años, decidió dar el salto al profesionalismo, siendo elegido en el número 1 del draft de 1993, iniciando la descomposición del “Fab Five”, que se consumaría al año siguiente cuando Juwan Howard y Jalen Rose también dieron el salto a la NBA.

El olvido
Si la posibilidad de haber constituido una leyenda en la NCAA se había desvanecido con las derrotas, a pesar de haber revolucionado la organización y las formas de actuar en la liga universitaria, el recuerdo de los “Fab Five” quedó enturbiado por uno de los escándalos más recordados del deporte amateur en Estados Unidos. En 1999, un Gran Jurado se hizo cargo de un caso de pagos ilegales y apuestas en el que estaban implicados cuatro jugadores de los Wolverines de diferentes temporadas. Según demostró la investigación de seis años iniciada tras el accidente de tráfico de un coche con el equipo de reclutamiento de la Universidad de Michigan y algunos jugadores de instituto, un contacto totalmente ilegal en la NCAA, el empresario Eddie L. Martin, conocido como “Uncle Eddie” o “Little Ed” en el ambiente deportivo de Detroit, había estado pagando y haciendo regalos a algunos jugadores para que ficharan por el equipo de la Universidad de Michigan. En concreto, y según los resultados de las pesquisas, se pudo documentar el gasto de unos 616.000 dólares en distintos pagos y presentes a Chris Webber, Maurice Taylor, Robert Traylor y Louis Bullock, la mayor parte de los cuales fueron para la estrella universitaria y la NBA.

Cuando la investigación terminó, en 2002, la propia Universidad propuso sanciones que incluían la eliminación de todos los registros, tanto individuales como de equipo, de las temporadas en las que jugaron los deportistas impicados, la renuncia a los banderines de subcampeón de los años 1992 y 1993 de los “Fab Five”, la devolución del dinero asignado por la NCAA por sus éxitos deportivos y varios años de descalificación para el torneo nacional. Con la aprobación por parte de la dirección de la NCAA de estas reprimendas, el recuerdo de uno de los equipos más espectaculares e intrépidos de la historia de la liga universitaria quedó fuertemente ensombrecido, si bien su huella sí pervivió algunos años, dando un mayor protagonismo y una cierta libertad a los jugadores, principales actores del teatro del deporte universitario.

Material complementario

Documental “Fab Five” de ESPN

lunes, 1 de abril de 2013

Doctorado 'cum laude'

La Semana Santa ha servido para terminar de definir uno de los torneos baloncestísticos más frenéticos y emocionantes del mundo. Después de varias semanas de torneos de conferencia y campeonatos regionales, la NCAA (National Collegiate Athletic Asociation) ya ha definido quiénes serán los protagonistas de su cita cumbre, la Final Four, que se celebrará este fin de semana en el Georgia Dome de Atlanta. Los últimos partidos, que han servido para reconocer a los conjuntos universitarios que mejor han llegado al tramo final de la temporada, dejando algunas sorpresas, resultados más abultados de lo previsto, la certificación del buen trabajo de algunos jugadores y entrenadores y una ‘Cinderella’ que se ha colado tras derrotar a los dos mejores equipos de su región.

Louisville había sido uno de los equipos más sólidos a lo largo de la temporada, con casi un 87 por ciento de victorias a lo largo del curso. De hecho, a lo largo del torneo de la NCAA había ido deshaciéndose de rivales con bastante solvencia, con diferencias de 31 y 26 puntos, salvo contra la contestona Universidad de Oregon, que apenas permitió ocho puntos de distancia. Sin embargo, durante el partido que daba paso a la Final Four a través del torneo del Midwest contra la potente Duke, la tremenda lesión del escolta Kevin Ware, con una fractura múltiple en su pierna, era un obstáculo difícil para los jóvenes jugadores, así como para su experimentado técnico, Rick Pitino, que no pudo reprimir las lágrimas al ver la maltrecha pierna de su pupilo y al escuchar su discurso ante sus compañeros, ya en la camilla y antes de que se reanudara el partido. “Estoy bien. Ganad el partido”. Hasta el descanso, todo igualado, aunque Louisville salió del vestuarios como un ciclón, consiguiendo una renta final de 22 puntos, dejando sin opciones a los de Mike Krzyzewski a varios minutos del final, cuando el partido se convirtió en un intercambio de canastas.

Este fue el episodio épico de unas finales regionales que, por lo general, han sido menos excitantes de lo previsto. Así, después de derrotar al principal favorito del torneo East, Indiana, por 11 puntos, Syracuse también fue capaz de deshacerse de Marquette, que le adelantaba en un puesto en las clasificaciones, por un diferencia de 16 puntos, con Michael Carter-Williams como principal protagonista. Con semejante facilidad consiguió clasificarse Michigan, derrotando por 20 puntos a Florida después de haber derrotado a Kansas, el mejor equipo del South, por 2 puntos y mostrarse bastante regulares en todo el torneo.

La principal sorpresa de la Final Four de Atlanta será Wichita State. Los Shockers partían en el noveno puesto del torneo de la región West, lo que hacía que, para llegar a una hipotética final, tuviera que medirse, si todo iba como estaba previsto, con los dos mejores equipos de la temporada en la zona, lo que le convrtía en una de esas ‘Cinderellas’ que se abren paso a lo largo de la March Madness a pesar de tener que derribar las torres más altas. Con la defensa como principal baluarte y el juego repartido en diferentes estiletes ofensivos, Wichita State ganó por seis puntos a la favorita Gonzaga y, en la final de este fin de semana, a Ohio State, el segundo en discordia, en un emocionante partido, aunque algo decepcionante en cuanto al nivel esperado de sus protagonistas.

En la cita de Atlanta, Louisville parte como favorito gracias al enorme dominio que ha tenido este equipo sobre los partidos durante toda la temporada. Para ello, los Cardinals cuentan con una defensa bastante efectiva y con infinidad de variantes, obra del experimenado Pitino, y con la inspiración anotadora del base Russ Smith, al que se unen el pívot senegalés Grogui Dieng y el eléctrico base Peyton Siva como segundas opciones. Su rival será Wichita State, que presenta un promedio anotador algo limitado para intentar revertir el muro defensivo de los de Pitino. En ataque, a pesar de lo corto de su rotación y lo repartido de su anotación, los principales referentes serán los poderosos aleros Carl Hall y Cleanthony Early.

La otra semifinal viene marcada por al efeméride que pretenden rememorar los Orange Men de Syracuse. Los de Jim Boeheim llegaron hace diez años a la Final Four y, por fin, alzaron el título nacional de la NCAA, en aquella ocasión liderados por Carmelo Anthony como estrella y con Hakim Warrick como segundo espada y héroe en la final. El dominio este año no ha sido tan apabullante como en aquella ocasión, aunque presentan un juego con multitud de variantes y cuatro puntales que se reparten el trabajo ofensivo: los aleros C. J. Fair y James Southerland y los escoltas Brandon Triche y Michael Carter-Williams. Enfrente tendrán a los Wolverines de Michigan, que también reparten de forma bastante democrática su juego ofensivo. La principal estrella es el base Trey Burke, aunque el escolta Tim Hardaway Jr. y el alero Glenn Robinson III, ambos hijos de jugadores NBA de cierto relumbrón en los gloriosos años de mediados de los 90, pueden tomar el testigo anotador y, sobre en el caso del segundo, aportar trabajo callado, sin olvidar al implacable tirador Nik Stauskas.