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miércoles, 12 de febrero de 2014

Veinte años y diecisiete días

El baloncesto femenino en España siempre ha vivido en una relativa sombra, como ocurre más frecuentemente de lo deseado con cualquier modalidad deportiva en su versión femenina. Pabellones pequeños, aunque casi siempre intensamente poblados, competiciones con cada vez menos equipos y más diferencia de presupuestos y potenciales, jugadoras casi desconocidas y, más recientemente, el exilio de las mejores deportistas a ligas más potentes en lo económico. A nivel internacional, ha habido algunas alegrías a nivel de clubes recientemente, aunque quizás el trabajo que más destaque en la última década. 20 años casi exactos, con apenas una diferencia de 17 días, separan los dos momentos más gloriosos para las aficionadas al deporte de la pelota gorda en España.

El primero tuvo lugar el 13 de junio de 1993 en la ciudad italiana de Perugia, cuando un grupo de mujeres fueron avanzando con buenas sensaciones y resultados más positivos de los esperados por los cinco partidos que entonces componían los Eurobaskets. El segundo momento sucedió la tarde del 30 de junio de 2013, cuando la última colaboración sobre la pista de las dos generaciones más talentosas de mujeres del baloncesto español tocaba a su fin en la ciudad francesa Orchies. Quiso el destino que, en ambos casos y para hacer el aniversario aún más redondo, el rival en la final fuera Francia en ambos casos. Aquí están sus historias…

Perugia’93
Con la organización de los Juegos Olímpicos de 1992 en Barcelona, la Federación Española de Baloncesto estaba algo inquieta. Si bien la sección masculina tenía nombres de cierto prestigio en Europa y había vivido momentos de cierta gloria en un pasado reciente, el equipo femenino había ido coleccionando resultados más que mejorables y presencias intermitentes en los Eurobaskets desde mediados de los 70. Como ocurrió prácticamente en todas las disciplinas, el objetivo era que el papel de los atletas nacionales se viera fuertemente mejorado con respecto a citas anteriores, por lo que se multiplicaron las becas y ayudas a estos deportistas, incluyendo también a las baloncestistas, cuya competición aún estaba lejos de ser profesional.

Así, se decidió premiar a algunas de las jugadoras más prometedoras para que, durante varios años, pudieran entrenar en condiciones profesionales y comenzaran a jugar juntas. Finalmente, el grupo que acudió a los JJ.OO. estuvo formado por Patricia Hernández, Carolina Mújica, Blanca Ares, Piluca Alonso, Mónica Pulgar, Margarita Geuer, Almudena Vara, Ana Belén Alvaro, Mónica Messa, Marina Ferragut, Betty Cebrián y Carlota Castrejana, dirigidas desde el banquillo por Chema Buceta. A pesar de mostrar síntomas de mejoría en el juego y una gran competitividad en la cancha, estas jugadoras apenas consiguieron ganar un partido en la primera fase, ante Checoslovaquia, lo que las relegó al torneo por las cuatro últimas plazas. Sin embargo, con una victoria de relumbrón contra Italia e imponiéndose nuevamente ante Checoslovaquia, las españolas consiguieron una meritoria quinta plaza, la mejor clasificación histórica de la selección femenina en un torneo internacional hasta el momento.

El trabajo realizado había dado sus frutos, aunque nadie podía prever, salvo quizás las propias protagonistas, lo que iba a pasar apenas un año después. La convocatoria para el Eurobasket de Perugia de junio de 1993, esta vez con Manolo Coloma al frente, fue muy similar a la de la cita olímpica, manteniendo algunos de los principales mimbres e introduciendo con papeles más bien secundarios a Laura Grande, Mar Xantal, Pilar Valero y Paloma Sánchez, aunque éstas dos últimas sí sumaron algunas actuaciones meritorias a lo largo del torneo.

Los esquemas de juego estaban claros. La primera opción en ataque era Blanca Ares, la joven más talentosa de la generación, que promedió 19 puntos en el torneo europeo. La segunda opción le correspondía a las dos jovencísimas interiores destinadas a dominar las pinturas en el baloncesto  nacional en los siguientes años, Marina Ferragut (9) y Betty Cebrián (6,4), que pagaron esta falta de experiencia en forma de cierta irregularidad. Para poner la serenidad y la veteranía ya estaban Carolina Mújica (6,8), alero polivalente y capitana del equipo, y Margarita “Wonny” Geuer (7,8) que, aunque sus compañeras aún no lo sabían, afrontaba su última participación con la selección, mientras que la dirección del conjunto se dejaba en manos de Ana Belén Álvaro (6,6), que cuajó un campeonato bastante completo.

El torneo, mucho más modesto que los actuales con apenas ocho equipos en liza, no pudo comenzar con mejores sensaciones, anotando 92 puntos ante Polonia, con cierta solidez defensiva y con todas las piezas funcionando. Cuando la segunda victoria se consumó ante Bulgaria, un rival más exigente, la clasificación para las eliminatorias estaba asegurada, por lo que las jugadoras sintieron el descargo que suponía el objetivo más que cumplido. El partido de trámite ante Italia fue la única derrota del corto torneo.

En las eliminatorias, el primer escollo fue una Eslovaquia, un equipo algo mermado con respecto a la Checoslovaquia del año anterior en Barcelona y al que las españolas pronto comenzaron a sacar ventajas que se extendieron hasta los 18 puntos finales (73-55). La otra semifinal fue más batallada entre dos selecciones que sí entraban en los pronósticos para cazar medalla, Francia e Italia, con victoria final para las galas por apenas dos puntos.

Y así se plantaron en la final. El día más importante de la historia del baloncesto femenino nacional, que apenas había participado en seis Eurobaskets y en los JJ.OO. a los que fue invitada como anfitriona. El partido entre España y Francia no fue especialmente estético, aunque sí bastante disputado a lo largo de casi todo el encuentro. Las francesas trataban de imponer la fuerte defensa y el bajo tanteo que les había llevado hasta la final. Así consiguieron mantener el partido igualado en los primeros minutos, consiguiendo distancias de hasta cinco puntos gracias a la anotación de Odile Santaniello. Finalmente, el marcado al descanso daba 3 puntos de ventaja para la francesas, 30-27.

Siete minutos tardaron las jugadoras españolas en ponerse otra vez por encima en el marcador, 32-34, gracias a una mayor contundencia en la defensa y, sobre todo, en el rebote. Esta intensidad se mantuvo durante gran parte del segundo tiempo, llegando con una distancia de 12 puntos a los cuatro minutos finales. Las francesas reaccionaron con algunas canastas fáciles y 7 puntos en apenas un minuto, aunque la sangría se quedó ahí y las españolas pudieron ir gestionando las diferencias y los tiempos para, a través de tiros libres y alguna jugada aislada, concluir el partido con el 53-63 final.

Esta victoria supuso la despedida de esta generación y el desmembramiento paulatino de un equipo que, en las siguientes citas internacionales, volvió a sus discretos papeles lejos de las medallas, si bien sí consiguió sembrar una semilla en un generación más joven y, sobre todo, asentar una infraestructura en la Federación y en la Liga que hizo que la selección española se convirtiera en un participante fijo en Mundobasket y Eurobasket.

Francia’13
El caldo de cultivo veinte años después era totalmente diferente. Las nuevas condiciones y, cómo no, el referente que marcaron Ares, Geuer, Cebrián y compañía en las niñas nacidas a mediados y finales de los 80 hizo que la popularidad del baloncesto creciera en todos los públicos y, sobre todo, en las jugadoras de cantera, lo que ha motivado que, con el paso del tiempo, deportistas como Amaya Valdemoro, Marta Fernández, Anna Montañana, Lucila Pascua, Elisa Aguilar, Rosi Sánchez, Nieves Anula, Laia Palau, Isa Sánchez o Nuria Martínez fueran llegando a los primeros equipos de las grandes potencias del baloncesto nacional y a la Selección. Ya no hacía falta ir buscando a los mejores proyectos para incluirlos el programas becados de entrenamiento específico, sino que los propios clubes habían ido profesionalizando sus métodos y ampliando sus categorías inferiores.

Este efecto empezó a eclosionar apenas ocho años después, en el Eurobasket de Francia de 2001, cuando España consiguió su segunda medalla internacional, esta vez de bronce. A partir de entonces, las jugadoras nacionales apenas se han bajado del podio, con una plata (2007) y tres bronces (2003, 2005, 2009) europeos y un tercer puesto mundial (2010), siempre capitaneadas por algunos de los mejores entrenadores nacionales especializados en deporte femenino, como Evaristo Pérez, José Ignacio Hernández o Domingo Díaz.

En 2013, esta exitosa generación había ido perdiendo a algunos de sus referentes, aunque una nueva cantera de talentosas jóvenes ya se acercaba con ganas y experiencia suficiente para ir ganando importancia en los esquemas del equipo nacional. Así, el Eurobasket de Francia se revelaba crucial ya que podía ser el del definitivo cambio de ciclo, el último en el que la vieja guardia se vistiera de corto y el primero en el que la nueva hornada estaba lo suficientemente preparada para aparecer de forma protagonista sobre la cancha.

Así, por parte de las veteranas con varias medallas al cuello, Valdemoro y Aguilar se enfrentaban a sus últimos partidos con la Selección, mientras que Palau y Cindy Lima también tenían galones de sobra para estar en la convocatoria. Por parte de las ‘nuevas’, algunas jóvenes que ya habían dado sobradas muestras de carácter, calidad y liderazgo en sus equipos y en competiciones anteriores defendiendo a España, como Alba Torrens, Laura Nicholls, Cristina Ouviña, Marta Xargay y una más experimentada Silvia Domínguez (Anna Cruz se lesionó del tobillo apenas unos días antes de la concentración del equipo). Completaban el equipo, dirigido desde la banda por Lucas Mondelo, dos debutantes con buenos partidos a sus espaldas en categorías inferiores del la Selección y en los últimos años en sus equipos, Queralt Casas y Laura Gil, y, sobre todo, la presencia titánica en la pintura de la caribeña de formación estadounidense, Sancho Lyttle, nacionalizada en el año 2010 para terminar de dar el salto de calidad al equipo.

Con Lyttle recién incorporada a la concentración, España llegó a Francia para abrir el torneo ante uno de los rivales más temibles de la primera fase. Torrens y Valdemoro tuvieron que tomar las riendas para conseguir la primera victoria del campeonato, la más disputada hasta la final, ante Rusia por cinco puntos. Y es que, en el resto de la primera fase fue de triunfos relativamente cómodos, 12 puntos ante Italia y 24 ante Suecia. Por el momento, las sensaciones no podían ser mejores, con un juego efectivo, cierta facilidad anotadora y una defensa bastante férrea, algo que había que certificar en la segunda fase. En esta ocasión, tampoco hubo grandes agobios, con una victoria inicial de 26 puntos ante Eslovaquia, y dos triunfos algo más reñidos, no tanto por el resultado final sino por encontrar mayor dificultad en la anotación y una creciente intensidad defensiva de las rivales, ante Montenegro por 16 y ante Turquía por 13.

A pesar de que pudiera haber algunas dudas por la menor fluidez del ataque, los partidos se habían salvado con mucha solvencia, por lo que la confianza ante las eliminatorias directas era buena. Y así se demostró con el 75-58 ante la República Checa y el 88-69 ante Serbia, con Torrens (29 y 11 puntos, 16,2 de media en todo el torneo) y Lyttle (23+12 y 22+11) como principales arietes, a las que se habían ido uniendo puntualmente en distintos partidos jugadoras como Xargay (9,3 puntos de media), Ouviña (19 puntos en las semifinales), Valdemoro (11 puntos en cuartos de final) o Palau (3,4 asistencias en el torneo).

Y así España se plantaba en la final contra las anfitrionas. Francia, que venía de quedar segunda en los Juegos Olímpicos de Londres en 2012, estaba haciendo un torneo bastante sólido en ambos lados de la cancha, aunque menos espectacular en ataque que el de España. Su juego se basaba en la potencia física de sus jugadores, principalmente en el poste bajo, donde Isabelle Yacoubou (11,1 puntos) y Sandrine Gruda (12) se encargaban de finalizar, mientras que la dirección del equipo recaía en manos de la eléctrica e imaginativa Celine Dumerc, capitana y líder absoluta del grupo. De este modo, se preveía un partido intenso, con dificultad para conseguir canastas y muchas alternancias en el marcador. Y así fue incluso desde antes de lanzar el balón al aire, cuando el público francés cantó “La Marsellesa” a capella para motivar a sus jugadoras.

El partido comenzó con ambos equipos tanteándose y poniendo en práctica el scouting previo al partido. De hecho, la primera canasta llegó pasados más de dos minutos y tras varios ataques imprecisos. Sin embargo, el juego fue bastante más fluido a partido de entonces, con un intercambio de canastas durante los siguientes dos minutos hasta que, finalmente, los contraataques tras buenas defensas hicieron que España tomara una distancia de nueve puntos, 21-12 tras el primer acto. En el segundo, el parcial siguió creciendo hasta los 12 de diferencia, momento en el que Francia tomó el relevo y con 13 puntos seguidos dio un golpe sobre la mesa. Nueva alternativa en el marcador, con 7 puntos para España a apenas dos minutos del final, una ventaja que la intensidad de las francesas atrás y una serie de buenos ataque dejaron en apenas un punto al descanso, 36-35.

El tercer cuarto parecía responder al planteamiento previo del equipo anfitrión, logrando sujetar las embestidas españolas y mantener el marcador equilibros, siempre con ligeras ventajas de dos o tres puntos para las azules. Sin embargo, la pizarra de Mondelo volvió a funcionar en los primeros minutos del periodo definitivo, con un parcial de 8-0 en los primeros dos minutos que dio a España el mando del partido hasta los últimos segundos. Sin embargo, la cosa no era cómoda, ya que las diferencias eran de entre 1 y 3 puntos. De hecho, con 68-67 a las de 46 segundos, la cosa no estaba nada decidida. Tras un fallo en la zona de las francesas, Palau y Xargay se las ingeniaron para mantener la posesión hasta que, tras una frenética penetración, Lyttle recibió el balón para meter la canasta definitiva. 7,5 segundos y tres puntos de ventaja, una buena defensa, un triple a la desesperada y un rebote para maquilar el resultado. 70-69.

El gesto de que la organización dejara recibir la copa a Aguilar, ante su último partido internacional, junto a Valdemoro, capitana por derecho del equipo, y la música de “Star Wars” o el MVP de Sancho Lyttle (18,4 puntos y 11,1 rebotes) son las imágenes que quedan para el recuerdo después del que, por ahora, y a falta de que esta nueva hornada certifique su capacidad de sufrimiento y liderazgo en la Copa del Mundo de Turquía de este otoño, es el último momento dorado de la historia del baloncesto femenino español.

De aquellos polvos, estos lodos
Si el camino andado por la exitosa generación que se coronó en 2013 había sido empedrado por las pioneras que veinte años antes asaltaron Perugia, las primeras sendas fueron abiertas, aún con más esfuerzo y menos reconocimiento, por otras mujeres que no tuvieron la suerte de contar con becas, patrocinadores, seguimiento mediático o entrenamientos regularizados, solamente amor por el deporte de la pelota gorda. El juego sí tenía su cierto púdicamente entre el público femenino, sobre todo en Cataluña y, en menor medida, Andalucía y Madrid, por lo que no fue difícil encontrar mujeres que jugaran, eso sí, con un nivel de competición totalmente amateur.

El primer partido de la Selección española femenina de baloncesto fue un amistoso disputado en la localidad catalana de Malgrat de Mar ante Suiza. El marcador era lo menos importante, al menos para María Isabel Díez de la Lastra, Luisa Puentes, Mabel Martínez Ortíz, Monserrat Bobee, Mª Luz Rosales, Mª Josefa Senante, Ángeles Gómez Mínguez, Teresa Pérez, Antonia Gimeno, Teresa Tamayo y Teresa Vela, dirigidas por Cholo Méndez, las verdaderas pioneras que dieron el golpe en la mesa para demostrar que las mujeres también se manajeban en un mundo tradicionalmente reservado a los hombres. Después de ellas, y antes de que la generación de los JJ.OO. de Barcelona lograra la relevancia nacional con su oro un año después, otras figuras como las de Ana Junyer, Rocío Jiménez, Conchi Navío, Ana María Eizaguirre o Rosa Castillo se encargaron de mantener viva la llama del baloncesto entre las aficionadas y deportistas.

Material adicional
Programa “Conexión vintage” de TDP: “Históricas del baloncesto femenino” (incluye un amplio resumen de la Final de Perugia’93)

jueves, 5 de diciembre de 2013

Rozando la gloria... para caer en el olvido

El torneo de baloncesto de la NCAA se ha caracterizado siempre por una buena organización y un importante mercado creado a su alrededor, incluyendo la venta de todo tipo de merchandising y contratos televisivos que cubren la retransmisión de casi la totalidad de los partidos. Los jóvenes jugadores universitarios, estrellas mediáticas en todo Estados Unidos, no reciben nada a cambio de sus esfuerzos, a pesar de generar una importante cuantía de ingresos a publicistas y universidades, salvo un adusto e implacable código de conducta heredado de las primeras generaciones del torneo universitario y que no ha sabido adaptarse a los tiempos. Con el paso de los años, algunos son los estudiantes que han alzado la voz contra este injusto estado de las cosas, mientras otros han decidido explotar su potencial en el baloncesto profesional cuanto antes. Sin embargo, hubo una generación de jugadores que decidió desafiar a las convenciones y poner su pasión y buen hacer en el deporte de la pelota gorda por encima de unas reglas que no entendían.

Los Michigan Wolverines habían sido campeones de la NCAA en 1989, si bien el equipo capitaneado por Glen Rice, Loy Vaught y Terry Mills no tardó en escuchar los cantos de sirena del baloncesto profesional, por lo que el entrenador Steve Fisher, que se había hecho con el cargo a mitad de la temporada tras la destitución de Bill Frieder, tuvo que ingeniárselas para que la universidad volviera a tener un equipo competitivo cuanto antes. El reciente campeonato lo ponía fácil, pero el reclutamiento de jóvenes perlas de los institutos es siempre una encarnizada lucha, máxime cuando las presiones del mercado, desde pagos en metálico a regalos de todo tipo, habían aterrizado en las tácticas de captación de jugadores de muchas universidades.

Labor de rastreo
Tan intenso fue el trabajo de captación que, tras apenas un año desde el abandono de dos de sus principales baluartes, los Wolverines sorprendieron a toda la NCAA con el reclutamiento de la mejor generación de baloncestistas de una misma promoción jamás reunida en un mismo equipo. El  primero de los ‘fichajes’ llegados al campus de Michigan fue Juwan Howard. Se trataba de un intenso alero alto que había deslumbrado en su instituto de Chicago con un juego atlético en ambos lados de la cancha. Esta incorporación servía para cubrirse las espaldas de cara a la dificultad para reclutar a la gran perla de aquella generación, Chris Webber, un ala-pívot con multitud de recursos ofensivos y una buena implicación de cara al rebote que era pretendido por la mayor parte de las universidades con programas de baloncesto potentes en toda la geografía estadounidense. Sin embargo, hubo una importante razón que no siempre sirve como elemento decisivo para la captación de talentos: Webber era natural de Detroit, principal ciudad de este estado norteño, por lo que la cercanía del campus, unida al reciente éxito deportivo de los Wolverines, fueron algunas de las razones que jugaron a favor de la universidad local. Igualmente, otra joven perla de Detroit también decidió quedarse cerca de casa: Jalen Rose, un alero criado en los barrios bajos al que el baloncesto había alejado de la mala vida. El reclutamiento se completó con dos prometedores escoltas texanos, Jimmy King y Ray Jackson, dos proyectos algo menos deslumbrantes pero también incluidos entre los cien mejores de su generación en todo el país.

El futuro parecía brillante para los Wolverines, si bien el entrenador Steve Fisher se mostró respetuoso con las conservadoras reglas no escritas de la NCAA, por las que los novatos se ven relegados a un papel menos protagonista en los equipos, al menos en los primeros compases de la temporada, por lo que el gran impacto del quinteto estrella de la Universidad de Michigan tuvo que esperar. La titularidad de Webber era obvia desde un principio, y Rose y Howard tenían nivel suficiente para aportar tanto o más sobre el parqué que cualquier de sus compañeros de plantilla, por lo que pronto comenzaron a disfrutar de muchos minutos en la cancha.

Cambio de ciclo
Sin embargo, la pujanza de los dos escoltas texanos pronto tuvo también su reflejo en el reparto de protagonismo. Cada vez eran más los minutos que tanto King como Jackson estaban en la cancha, haciendo que, durante una parte cada vez más importante de los partidos, el quinteto de los Wolverines estuviera compuesto únicamente por los freshmen de aquel éxito de reclutamiento. Tanto fue así que, mediada la temporada, el 9 de febrero de 1992, los cinco post-adolescentes salieron como titulares en el partido contra Notre Dame. Ese fue el inicio de la revolución. Pocas veces en la historia de la NCAA un equipo había establecido tan claramente un quinteto compuesto por jugadores novatos. Además, este grupo de chicos desafiaba otras convenciones de la competición, imponiendo el juego de contraataque y uno contra uno y los lances más propios del streetball a las académicas tácticas de la NCAA, además de introducir un look más urbano, con zapatillas y calcetines negros, cabezas rapadas y pantalones caídos. Además, su actitud desafiante y el thrash talking con sus contrincantes tampoco eran bien vistos.

El resultado de este cambio fue un importante incremento en las retransmisiones deportivas de los partidos de Michigan, pero también una respuesta negativa por parte de seguidores y grandes nombres de la Liga. Así, durante los dos años en los que el “Fab Five” de Michigan se mantuvo unido, incluso en el año en que webber dio el sato a la NBA, muchos aficionados empezaron a enviar cartas amenazantes, la mayoría de ellas de contenido racista, una mala respuesta que se incrementó cuando Jalen Rose se vio envuelto en una redada antidroga en una fiesta en el segundo año del equipo.

Sin embargo, la respuesta ante estos malos augurios se daba en el vestuario y en la cancha y los resultados no podían ser mejores, con únicamente tres partidos perdidos en la liga regular desde la inclusión de los cinco debutantes en el quinteto inicial. Y con esa dinámica positiva y el orgullo de reivindicarse ante la dividida prensa y los sectores más conservadores de la afición, se plantaron en el torneo de la NCAA con ganas de revelarse. Y lo hicieron con victorias cómodas ante Temple y East Tenessee State y otras más trabajadas ante Okahoma State y Ohio State. El objetivo de la Final Four, una meta a largo plazo para los jóvenes Wolverines, se había cumplido mucho antes de lo previsto, como mucho antes de lo esperado habían eclosionado las cinco jóvenes promesas. Ya en Minneapolis, los Wolverines se las ingeniaron para deshacerse de Cincinatti en la semifinal nacional, lo que hacía que el último escollo hacia una temprana consagración eran los Blue Devils de Duke.

Se trataba de la Némesis de Michigan. Si los Wolverines destacaban por su juego libre, sus provocaciones y su aspecto urbano, los de Duke eran buenos chicos, con una estrella blanca como Christian Leattner y jugadores respetuosos con las reglas, tanto blancos como de color, como Grant Hill o Bobby Hurley, deportistas bienintencionados y de buena familia a los que los Wolverines llamaban "Tío Tom". Durante la temporada, Michigan había conseguido exprimir a los Blue Devils hasta la prórroga en su propia casa, aunque en el partido definitivo, los Wolverines pagaron su falta de experiencia y fueron arrollados por los pupilos de Mike Krzyzewski por 71-51.

El regreso
Lo peor de la derrota no era tanto el sinsabor de quedarse a las puertas del título en sí, algo que no se esperaba con una generación tan joven de buenos jugadores en su primer año, sino la creación de unas altas expectativas difíciles de refrendar después de un primer año de ensueño. A la vuelta de un viaje de hermanamiento por Europa, algo poco atractivo en un principio para jóvenes de menos de 20 años procedentes de barrios desfavorecidos de los Estados Unidos, los jugadores Michigan se había convertido en uno de los reclamos más importantes de la NCAA a nivel comercial y televisivo, por encima incluso de los campeones, y la venta de merchandising se había multiplicado a niveles jamás vistos en un equipo universitario, con marcas tan importantes como Niké metidas en el ajo, dos factores que, de forma inconsciente, se habían colado dentro del vestuario de los lobeznos.

Aún así, dentro de la cancha, todo parecía seguir fluyendo de la manera adecuada, con 26 victorias en los 30 partidos de la temporada regular, lo que le valió el número 1 regional y una cómoda victoria por más de 30 puntos en la primera ronda contra Coastal Carolina. El resto del camino fue algo más arduo, con victorias ante UCLA por dos puntos en la prórroga, ante George Washington por 8 y ante Temple por 6.

Segunda Final Four en dos años  y esta vez con una urgencia mayor de ganar, una empresa también complicada. Para empezar, la Universidad de Kentucky exprimió a los pupilos de Steve Fisher hasta la prórroga, aunque los lobeznos terminaron imponiéndose 81-78. La final estaba servida y el rival parecía incluso más asequible que el año anterior. Los Tar Heels de North Carolina contaba con dos jugadores de referencia, aunque menos peligrsos a priori que los Blue Devils el año anterior, Eric Montross dentro y George Lynch fuera, capitaneados desde el banquillo por el veterano Dean Smith, toda una leyenda con más de treinta año comandando a esta Universidad. A pesar de ello, los Tar Heels plantearon un duelo exigente, manteniéndose siempre cerca e, incluso, por encima en el marcador. A falta de escasos segundos, los de North Carolina estaban 2 arriba, por lo que los focos estaban sobre las tres estrellas de los Wolverines. Alguno de los tres debía intentar arreglar el entuerto. Y parecía que Webber, el más deslumbrante producto de su generación, sería el encargado de hacerlo.

Tras un fallo en un tiro libre, Webber cogió el rebote con autoridad, dudó entre pasar el balón o salir botando, aunque finalmente cruzó la cancha y, con 13 segundos para el bocinazo final, pidió un tiempo muerto para zafarse de la defensa y poder preparar la última jugada. Pero la mala suerte quiso que no quedaran tiempos muertos para Michigan, lo que penalizó a la estrella univesitaria, malaconsejada por uno de sus compañeros en el banquillo para tomar esa decisión, con una falta técnica y la práctica imposibilidad de alzarse con el título. Los dos tiros libres y la posesión posterior dejaron el resultado final en un 77-71 de infausto recuerdo.

Webber no podía más. Al desencanto de la primera derrota se unía la sensación de culpabilidad por el infantil error cometido, además de la sensación de sentirse estafado al ver cómo su status de estrella no le era nada beneficioso personalmente, pero enriquecía a los que estaban a su alrededor, las televisiones y, sobre todo, la Universidad, que disparó sus ingresos por merchandising de 1,6 millones de dólares en 1989 a 10,5 tres años después. Así, después de dos años, decidió dar el salto al profesionalismo, siendo elegido en el número 1 del draft de 1993, iniciando la descomposición del “Fab Five”, que se consumaría al año siguiente cuando Juwan Howard y Jalen Rose también dieron el salto a la NBA.

El olvido
Si la posibilidad de haber constituido una leyenda en la NCAA se había desvanecido con las derrotas, a pesar de haber revolucionado la organización y las formas de actuar en la liga universitaria, el recuerdo de los “Fab Five” quedó enturbiado por uno de los escándalos más recordados del deporte amateur en Estados Unidos. En 1999, un Gran Jurado se hizo cargo de un caso de pagos ilegales y apuestas en el que estaban implicados cuatro jugadores de los Wolverines de diferentes temporadas. Según demostró la investigación de seis años iniciada tras el accidente de tráfico de un coche con el equipo de reclutamiento de la Universidad de Michigan y algunos jugadores de instituto, un contacto totalmente ilegal en la NCAA, el empresario Eddie L. Martin, conocido como “Uncle Eddie” o “Little Ed” en el ambiente deportivo de Detroit, había estado pagando y haciendo regalos a algunos jugadores para que ficharan por el equipo de la Universidad de Michigan. En concreto, y según los resultados de las pesquisas, se pudo documentar el gasto de unos 616.000 dólares en distintos pagos y presentes a Chris Webber, Maurice Taylor, Robert Traylor y Louis Bullock, la mayor parte de los cuales fueron para la estrella universitaria y la NBA.

Cuando la investigación terminó, en 2002, la propia Universidad propuso sanciones que incluían la eliminación de todos los registros, tanto individuales como de equipo, de las temporadas en las que jugaron los deportistas impicados, la renuncia a los banderines de subcampeón de los años 1992 y 1993 de los “Fab Five”, la devolución del dinero asignado por la NCAA por sus éxitos deportivos y varios años de descalificación para el torneo nacional. Con la aprobación por parte de la dirección de la NCAA de estas reprimendas, el recuerdo de uno de los equipos más espectaculares e intrépidos de la historia de la liga universitaria quedó fuertemente ensombrecido, si bien su huella sí pervivió algunos años, dando un mayor protagonismo y una cierta libertad a los jugadores, principales actores del teatro del deporte universitario.

Material complementario

Documental “Fab Five” de ESPN