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jueves, 16 de enero de 2014

Un hombre, una jugada

Muchos son los jugadores que, después de muchos años de carrera, son recordados por sus buenos números en una única temporada, su actuación decisiva en un partido o, en más casos de los que uno pudiera pensar, por una única jugada, un movimiento acertado en el momento más álgido de la temporada. El semigancho de Printezis en la Final Four de 2012 o el triple de John Paxson en el sexto partido de la Finales de 1993 son buenos ejemplos de cómo un jugador sin la aureola de estrella toma el protagonismo en los momentos más calientes y queda inscrito para siempre en la historia del baloncesto o de un determinado equipo.

Una de las cunas más importantes del deporte de la pelota gorda en España, el Joventut de Badalona, ha tenido decenas de héroes a lo largo de sus 80 años de vida. Sin embargo, el extranjero que más ha calado en la hinchada verdinegra se ganó su ascenso a los cielos de la Penya precisamente por estar acertado en el momento indicado. Cornelius Allen “Corny” Thompson siempre fue un gran profesional y un tipo integrado en la vida del Joventut, pero hizo falta un lance definitivo del juego para que el club llegara al máximo clímax de su historia deportiva y el orondo ala-pívot se convirtiera para los restos en el único en quedar inscrito en los páginas más gloriosas del club y de su siempre mitómana afición. Y eso ocurrió hace 20 años.

Buscando un lugar
Mucho antes de que historia verdinegra se viera alterada para siempre por este orondo pívot de 202 centíemtros, Thompson era un prometedor jugador de instituto en la pequeña ciudad de Middletown, en Connecticut, que dominaba con cierta solvencia el campeonato local, lo que le valió una beca de estudios en la universidad local, la UConn, donde también fue el líder de los Huskies. A pesar de ello, y de unos movimientos bastante dignos en el poste bajo y un mano más que aceptable, su estatura no le hizo del todo apetecible para las franquicias NBA, por lo que tuvo que esperar hasta la tercera ronda del draft de 1982, el de James Worthy y Dominique Wilkins, para ser seleccionado por los Dallas Mavericks en el puesto 50.

Al haber recalado en un equipo de creciente creación y con dos temporadas poco menos que desastrosas, Corny pudo dar el salto al profesionalismo, si bien no contó con muchos minutos, por su escaso cartel y por su difícil adaptación a los puestos interiores, ya fuera por su escasa estatura o por su movilidad no excesivamente rápida. Así, su paso por el equipo texano se saldó con 44 partidos disputados con medias de cerca de 3 puntos y 3 rebotes en una decena de minutos de juego. Podría haber seguido deambulando por banquillos de todo Estados Unidos durante más de una década para vivir una carrera sin pena ni gloria, pero quiso la fortuna, mala en principio aunque gloriosa a la postre, que, antes de iniciar su segunda temporada en la NBA, Thompson sufriera una importante lesión de rodilla que hizo temer por la continuidad de su carrera. Aunque el pronóstico finalmente fue algo más favorable, los Mavericks le eliminaron de la plantilla para no esperar su recuperación y previendo una pérdida de potencia de sus capacidades físicas, ya de por si poco exuberantes. Más de medio año después, Corny volvió a las pistas, aunque en la ‘segunda división’ estadounidense, la CBA, donde cuajó buenas actuaciones en los Detroit Spirits, con más de 15 puntos y 10 rebotes de promedio.

Estrella en Europa
Con las puertas de la NBA prácticamente cerradas para siempre, sus buenas actuaciones en el obligado exilio en esta competición le abrieron las puertas de la mejor opción para los jugadores norteamericanos que no tenían cabida en la NBA, ya fuera por cuestiones físicas, técnicas o disciplinarias. Y así recaló en Europa, en uno de los baloncestos más competitivos y poderosos en lo económico de la década de los 80, la Lega italiana. El destino fue uno de los históricos del pallacanestro, el Varese, donde coincidió a lo largo de seis temporadas con otros interiores de cierto renombre internacional, como los propestos NBA Mark Acres y Larry Micheaux o el ídolo nacional Stefano Rusconi. Con actuaciones que frecuentemente superaban los 20 puntos y los 10 rebotes, Corny consiguió hacerse imprescindible en el equipo de Varese y aplacar las dudas sobre su rendimiento tras la lesión. Puede que, con 2,02 y un físico orondo, no pareciera un jugador determinante en la pintura, pero su bueno juego de pies y una muñeca que le permitía alejarse del aro propiciaron que se convirtiera en una estrella europea.

En este ínterin, el Joventut intentó entrar en la vida de Corny en varias ocasiones, si bien su elevado caché, el correspondiente a un interior estadounidense que promediaba esos números, y cierta indecisión por parte de la directiva verdinegra, tanto en lo que a la decisión de dar el paso definitivo como sobre las cuestiones económicas, no permiten culminar el fichaje, trayendo a Badalona a otros refuerzos de menor cartel como Joe Meruweather, Earl Jones o Mike Schultz. Mientras tanto, Thompson sigue en su línea, si bien no consigue llevar a su equipo a ningún título, sino solamente a varias finales de la Lega (1990), la Copa de Italia (1985 y 1988) y la Copa Korac (1985).

Éxito verdinegro
En la temporada 1990/91, la cosa cambió. El Joventut de Badalona por fin había logrado un título, la Copa Korac, después de deambular por todo tipo de finales. El dinero del banco Banesto, a través del centro comercial Montigalà, llegó al club verdinegro, unido a la mala noticia de la bajada del rendimiento de Reggie Johnson, principal baluarte interior del club en los últimos años, por lo que tocaba rastrear el mercado en busca de un buen sustituto y rascarse el bolsillo para no bajar el nivel de la plantilla era obligatorio. Así llegaron al equipos dos de los extranjeros más recordados de su historia, el atlético alero Harold Pressley, campeón de la NCAA con Villanova y suplente consolidado en los Sacramento Kings de la NBA, y el deseado Corny. Junto con hombres de la casa como Jordi Villacampa, los hermanos Jofresa o Juanan Morales, la Penya de Lolo Sainz ya tenía equipo más que suficiente para competir con los futboleros.

A pesar de las buenas perspectivas que daban sus números y sus referencias en Italia, las primeras reacciones de la afición y la directiva del Joventut no fueron demasiado optimistas. Se criticaba su lentitud y su reducida movilidad, así como una tendencia preocupante a alejarse del aro, por detrás de la línea de 3, en muchos lances del partido. Sin embargo, su profesionalidad, su buen talante y unos movimientos inteligentes en el poste bajo hicieron pronto entrar en razón a la familia verdinegra. Además, con la presencia en el equipo de cañoneros como Villacampa y Pressley y jugadores perfectamente capaces de generar puntos, como Morales, Ferrán Martínez o los Jofresa, su peso en ataque no era tan grande como en la etapa italiana. Con estos mimbres, y con una aportación de 13,8 puntos y 7,6 rebotes por noche de Thompson, el Joventut firma un inicio arrollador con 13 victorias seguidas, si bien tiene un cierto bajón de forma a mitad de temporada que le apea de la Copa Korac en semifinales. El equipo se recuperó para el tramo final de temporada, llegando a los playoffs en buena forma. Quemando etapas, y con Corny ampliando sus prestaciones hasta 16 puntos y 9,8 rebotes, la Penya se planta en la final frente al Barça, otrora bestia negra, pero que esta vez sucumbe en cuatro partidos, dos ganados brillantemente por los verdinegros en casa, uno para los balugrana llevado hasta la emoción extrema del último segundo y el último culminado con un robo y un contraataque de Tomás Jofresa a escasos segundo del final.

Los demonios del Joventut se iban despejando gracias a la confección de una ilusionante plantilla, a la que se incorporaba otro querido foráneo verdinegro, Mike Smith. A pesar de ello, las sensaciones al principio de la siguiente temporada son contrapuestas: tres derrotas en liga, debut arrollador en la Liga Europea (anteriormente Copa de Europa, posteriormente Euroliga) con 8 victorias y competencia hasta el último segundo en el partido de exhibición ante Los Angeles Lakers subcampeones de la NBA en el Open McDonalds de París. La afición verdinegra estaba ilusionada con su equipo, aunque otro bajón mediada la temporada empezó a hacer temer por el resultado final curso. Thompson, ya conocido como “papi” o, incluso, “el abuelo” entre los seguidores, mantuvo su nivel con 13,6 puntos y 9,8 rebotes para llegar con opciones en todas las competiciones. De hecho, contra todo pronóstico, la Penya y el Estudiantes se cuelan en la Final Four de Estambul. Si los colegiales no fueron capaces de competir en tan deslumbrante escenario, la Penya sí se las ingenió para calarse en la final, si bien los irreductibles partisanos de Belgrado (y de Fuenlabrada) dirigidos por un neófito Zeljko Obradovic se llevaron un partido poco brillante decidido por una de esas jugadas que quedan para siempre en la retina, el triple en escorzo de Shasha Djordjevic. El sabor se tornó agridulce en la temporada gracias a un nuevo triunfo doméstico, esta vez contra el Real Madrid y tras cinco partidos extenuantes que dejan la rodilla de Thompson bastante maltrecha.

La racha se va frenando
Dos exitosos años para la Penya y para Corny. Sin embargo, tras pasarse los efectos de la locura olímpica generada en toda España, los patrocinadores se retiran y/o rebajan sus aportaciones. A pesar de ello, el Joventut consigue mantener gran parte de su estructura, algo que a Thompson le cuesta cada vez más, bajando su aportación a 9 puntos y 6,8 puntos. La Liga Europea se escapa bastante pronto y las competiciones domésticas cada vez se encaran con mayor dificultad, sobre todo teniendo en cuenta la incorporación al Real Madrid de Arvydas Sabonis. A pesar de ello, se repite la presencia en la final de la Liga, al igual que en la de la Copa del Rey, aunque ambos títulos van a parar a las vitrinas blancas.

Las apreturas económicas, la pujanza de los futboleros y el envejecimiento de la plantilla no eran buenas circunstancias para iniciar una nueva temporada. A pesar de ello, el Joventut hizo una maniobra de prestigio en el mercado y contrató a Zeljko Obradovic, joven entrenador pero con el suficiente carisma y éxito como para intentar guiar la nave verdinegra. Harold Pressley ya había salido del equipo y Corny se mantuvo en el plantel ya que le restaban dos años de contrato y el club no quería afrontar los gastos que suponía su despido, a pesar de que el rendimiento había bajado. La conexión con la granda no fue muy buena, debido a que Obradovic ralentizó el juego verdingro, buscando minimizar sus errores y sacar partido de jugadores experimentados, pero las victorias iban llegando. Sin el brillo ni la superioridad del pasado, pero llegaban. Así, sin hacer ruido, el Joventut se cuela en los cuartos de final de la Liga Europea, aunque toda parece indicar que el Real Madrid de Sabonis y Joe Arlaukas, el equipo más en forma de la competición continental y nacional, podrá deshacerse con facilidad de los verdinegros. Sin embargo, la Penya aprovecha sus bazas y consigue llevar la serie al tercer partido, en el que Corny, consciente de lo que supone, saca su mejor versión y olvida sus problemas de rodilla para dar una lección de juego al poste bajo a un jugador más joven y con un físico y una técnica a priori superiores. Victoria inesperada sobre el papel y viaje a Tel Aviv asegurado.

Un premio inesperado a una temporada bastante medriocre, sobre todo analizando los años anteriores. Quizás por ello, el Joventut podía permitirse viajar hasta Israel sin tantas presiones como el Barça de Aíto García Reneses o los dos aspirantes griegos, Olympiakos y Panathinaikos. En las semifinales, los verdinegros jugaron con gran fluidez, sobre todo en el segundo tiempo, gracias al acierto en el tiro exterior que se impuso a la defensa blaugrana con 14 puntos de diferencia final. El partido entre los vecinos atenienses se lo llevaron los rojos en un ‘combate a los puntos’.

Una cita con la historia
El día había llegado. 21 de abril de 1994. La Mano de Elías de Tel Aviv. El partido es lento, porque Obradovic así lo quiere, y el entrenador rival, Iannis Ioannidis, tampoco le quitaba la razón. A pesar de ello, se llega al descanso con empate a 39 gracias a la buena mano de los interiores verdinegros, que se salían de la zona para no tener que vérselas con el poderío físico de Roy Tarpley, Panagiotis Fassoulas, Giorgios Sigalas y Zarko Paspalj. El segundo tiempo, mucho más lento y, además, con mucho menos acierto. A falta de 7 minutos, la ventaja para los griegos era de 5 puntos. Cuatro minutos después, el marcador apenas se había movido: +4 para el Olympiakos. Con 57-53, Paspalj falla dos tiros libres, aunque el Joventut no consigue anotar en un enrevesado ataque de más de 25 segundos. De nuevo en la otra canasta, la defensa asfixiante sobre las líneas de pase hace que Tarpley no pueda coger un pase. Posesión para la Penya, que vuelve a mover y mover el balón hasta que, por fin, llega a Villacampa, que anota un triple que aprieta aún más el marcador. En el ataque griego, la pelota es amasada por Milan Tomic hasta que consigue conectar con Fassoulas, que no es capaz de imponer su superioridad en altura y falla a escasos centímetros de la canasta.

Nuevamente, el Joventut no tiene muy claro que hacer con la bola, que viaja de mano en mano con Mike Smith como único jugador que busca la canasta. Casi se acaba la posesión, pero Ferrán consigue lanzar un triple. Fallo, pero rebote de Villacampa. Otra circulación sin ideas de balón, que acaba nuevamente en manos del pívot, esta vez en la zona, que vuelve a fallar, aunque Mike Smith coge el rebote. 35 segundos y la zona parece tapiada y la canasta tiene una tapa puesta. El balón vuelve a volar entre las manos de los verdinegros, aunque Smith decide coger el toro por los cuernos.

Y llega la jugada definitiva. El alero norteamericano ntenta zafarse de su par tras un bloqueo de Corny, pero los dos marcadores se van con él y tiene que sacar el balón a Rafa Jofresa. El base canterazo mira a su izquierda, donde ve al orondo pívot de Connecticut que no se había movido tras el bloqueo anterior. Recibe y, sin mover los pies, lanza, sin más oposición que la lejana llegada de Tarpley. (En mis recuerdos de niño, ruge Quedan 12 segundos. Dos puntos arriba.

El resto es historia. Una falta de Mike Smith intentando robar el balón a Paspalj a 4,8 segundos del final. El fallo, uno más, desde la línea del corpulento pero poco aplicado alero yugoslavo. El rocambolesco rebote en ataque. El reloj que no se pone en marcha. Un nuevo fallo a escasos metros de la canasta del Olympiakos. Y la cita con la gloria de uno de los clubes imprescindibles en la historia del baloncesto nacional.

Después de la gloria
La carrera de Corny Thompson ya había empezado un lento declive en la Penya, por lo que, a pesar del ser el héroe de aquella final, el Joventut prescidió de sus servicios y el pívot decidió exprimir el poco baloncesto que le quedaba sus rodillas un par de temporadas más en el Baloncesto León, equipo de la ACB que, por tanto, le permitió regresar a Badalona al menos una vez al año para recibir el cariño de aquellos que, un día de primavera, fueron un poco más felices gracias a un pequeño giro de muñeca, y del destino.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Rozando la gloria... para caer en el olvido

El torneo de baloncesto de la NCAA se ha caracterizado siempre por una buena organización y un importante mercado creado a su alrededor, incluyendo la venta de todo tipo de merchandising y contratos televisivos que cubren la retransmisión de casi la totalidad de los partidos. Los jóvenes jugadores universitarios, estrellas mediáticas en todo Estados Unidos, no reciben nada a cambio de sus esfuerzos, a pesar de generar una importante cuantía de ingresos a publicistas y universidades, salvo un adusto e implacable código de conducta heredado de las primeras generaciones del torneo universitario y que no ha sabido adaptarse a los tiempos. Con el paso de los años, algunos son los estudiantes que han alzado la voz contra este injusto estado de las cosas, mientras otros han decidido explotar su potencial en el baloncesto profesional cuanto antes. Sin embargo, hubo una generación de jugadores que decidió desafiar a las convenciones y poner su pasión y buen hacer en el deporte de la pelota gorda por encima de unas reglas que no entendían.

Los Michigan Wolverines habían sido campeones de la NCAA en 1989, si bien el equipo capitaneado por Glen Rice, Loy Vaught y Terry Mills no tardó en escuchar los cantos de sirena del baloncesto profesional, por lo que el entrenador Steve Fisher, que se había hecho con el cargo a mitad de la temporada tras la destitución de Bill Frieder, tuvo que ingeniárselas para que la universidad volviera a tener un equipo competitivo cuanto antes. El reciente campeonato lo ponía fácil, pero el reclutamiento de jóvenes perlas de los institutos es siempre una encarnizada lucha, máxime cuando las presiones del mercado, desde pagos en metálico a regalos de todo tipo, habían aterrizado en las tácticas de captación de jugadores de muchas universidades.

Labor de rastreo
Tan intenso fue el trabajo de captación que, tras apenas un año desde el abandono de dos de sus principales baluartes, los Wolverines sorprendieron a toda la NCAA con el reclutamiento de la mejor generación de baloncestistas de una misma promoción jamás reunida en un mismo equipo. El  primero de los ‘fichajes’ llegados al campus de Michigan fue Juwan Howard. Se trataba de un intenso alero alto que había deslumbrado en su instituto de Chicago con un juego atlético en ambos lados de la cancha. Esta incorporación servía para cubrirse las espaldas de cara a la dificultad para reclutar a la gran perla de aquella generación, Chris Webber, un ala-pívot con multitud de recursos ofensivos y una buena implicación de cara al rebote que era pretendido por la mayor parte de las universidades con programas de baloncesto potentes en toda la geografía estadounidense. Sin embargo, hubo una importante razón que no siempre sirve como elemento decisivo para la captación de talentos: Webber era natural de Detroit, principal ciudad de este estado norteño, por lo que la cercanía del campus, unida al reciente éxito deportivo de los Wolverines, fueron algunas de las razones que jugaron a favor de la universidad local. Igualmente, otra joven perla de Detroit también decidió quedarse cerca de casa: Jalen Rose, un alero criado en los barrios bajos al que el baloncesto había alejado de la mala vida. El reclutamiento se completó con dos prometedores escoltas texanos, Jimmy King y Ray Jackson, dos proyectos algo menos deslumbrantes pero también incluidos entre los cien mejores de su generación en todo el país.

El futuro parecía brillante para los Wolverines, si bien el entrenador Steve Fisher se mostró respetuoso con las conservadoras reglas no escritas de la NCAA, por las que los novatos se ven relegados a un papel menos protagonista en los equipos, al menos en los primeros compases de la temporada, por lo que el gran impacto del quinteto estrella de la Universidad de Michigan tuvo que esperar. La titularidad de Webber era obvia desde un principio, y Rose y Howard tenían nivel suficiente para aportar tanto o más sobre el parqué que cualquier de sus compañeros de plantilla, por lo que pronto comenzaron a disfrutar de muchos minutos en la cancha.

Cambio de ciclo
Sin embargo, la pujanza de los dos escoltas texanos pronto tuvo también su reflejo en el reparto de protagonismo. Cada vez eran más los minutos que tanto King como Jackson estaban en la cancha, haciendo que, durante una parte cada vez más importante de los partidos, el quinteto de los Wolverines estuviera compuesto únicamente por los freshmen de aquel éxito de reclutamiento. Tanto fue así que, mediada la temporada, el 9 de febrero de 1992, los cinco post-adolescentes salieron como titulares en el partido contra Notre Dame. Ese fue el inicio de la revolución. Pocas veces en la historia de la NCAA un equipo había establecido tan claramente un quinteto compuesto por jugadores novatos. Además, este grupo de chicos desafiaba otras convenciones de la competición, imponiendo el juego de contraataque y uno contra uno y los lances más propios del streetball a las académicas tácticas de la NCAA, además de introducir un look más urbano, con zapatillas y calcetines negros, cabezas rapadas y pantalones caídos. Además, su actitud desafiante y el thrash talking con sus contrincantes tampoco eran bien vistos.

El resultado de este cambio fue un importante incremento en las retransmisiones deportivas de los partidos de Michigan, pero también una respuesta negativa por parte de seguidores y grandes nombres de la Liga. Así, durante los dos años en los que el “Fab Five” de Michigan se mantuvo unido, incluso en el año en que webber dio el sato a la NBA, muchos aficionados empezaron a enviar cartas amenazantes, la mayoría de ellas de contenido racista, una mala respuesta que se incrementó cuando Jalen Rose se vio envuelto en una redada antidroga en una fiesta en el segundo año del equipo.

Sin embargo, la respuesta ante estos malos augurios se daba en el vestuario y en la cancha y los resultados no podían ser mejores, con únicamente tres partidos perdidos en la liga regular desde la inclusión de los cinco debutantes en el quinteto inicial. Y con esa dinámica positiva y el orgullo de reivindicarse ante la dividida prensa y los sectores más conservadores de la afición, se plantaron en el torneo de la NCAA con ganas de revelarse. Y lo hicieron con victorias cómodas ante Temple y East Tenessee State y otras más trabajadas ante Okahoma State y Ohio State. El objetivo de la Final Four, una meta a largo plazo para los jóvenes Wolverines, se había cumplido mucho antes de lo previsto, como mucho antes de lo esperado habían eclosionado las cinco jóvenes promesas. Ya en Minneapolis, los Wolverines se las ingeniaron para deshacerse de Cincinatti en la semifinal nacional, lo que hacía que el último escollo hacia una temprana consagración eran los Blue Devils de Duke.

Se trataba de la Némesis de Michigan. Si los Wolverines destacaban por su juego libre, sus provocaciones y su aspecto urbano, los de Duke eran buenos chicos, con una estrella blanca como Christian Leattner y jugadores respetuosos con las reglas, tanto blancos como de color, como Grant Hill o Bobby Hurley, deportistas bienintencionados y de buena familia a los que los Wolverines llamaban "Tío Tom". Durante la temporada, Michigan había conseguido exprimir a los Blue Devils hasta la prórroga en su propia casa, aunque en el partido definitivo, los Wolverines pagaron su falta de experiencia y fueron arrollados por los pupilos de Mike Krzyzewski por 71-51.

El regreso
Lo peor de la derrota no era tanto el sinsabor de quedarse a las puertas del título en sí, algo que no se esperaba con una generación tan joven de buenos jugadores en su primer año, sino la creación de unas altas expectativas difíciles de refrendar después de un primer año de ensueño. A la vuelta de un viaje de hermanamiento por Europa, algo poco atractivo en un principio para jóvenes de menos de 20 años procedentes de barrios desfavorecidos de los Estados Unidos, los jugadores Michigan se había convertido en uno de los reclamos más importantes de la NCAA a nivel comercial y televisivo, por encima incluso de los campeones, y la venta de merchandising se había multiplicado a niveles jamás vistos en un equipo universitario, con marcas tan importantes como Niké metidas en el ajo, dos factores que, de forma inconsciente, se habían colado dentro del vestuario de los lobeznos.

Aún así, dentro de la cancha, todo parecía seguir fluyendo de la manera adecuada, con 26 victorias en los 30 partidos de la temporada regular, lo que le valió el número 1 regional y una cómoda victoria por más de 30 puntos en la primera ronda contra Coastal Carolina. El resto del camino fue algo más arduo, con victorias ante UCLA por dos puntos en la prórroga, ante George Washington por 8 y ante Temple por 6.

Segunda Final Four en dos años  y esta vez con una urgencia mayor de ganar, una empresa también complicada. Para empezar, la Universidad de Kentucky exprimió a los pupilos de Steve Fisher hasta la prórroga, aunque los lobeznos terminaron imponiéndose 81-78. La final estaba servida y el rival parecía incluso más asequible que el año anterior. Los Tar Heels de North Carolina contaba con dos jugadores de referencia, aunque menos peligrsos a priori que los Blue Devils el año anterior, Eric Montross dentro y George Lynch fuera, capitaneados desde el banquillo por el veterano Dean Smith, toda una leyenda con más de treinta año comandando a esta Universidad. A pesar de ello, los Tar Heels plantearon un duelo exigente, manteniéndose siempre cerca e, incluso, por encima en el marcador. A falta de escasos segundos, los de North Carolina estaban 2 arriba, por lo que los focos estaban sobre las tres estrellas de los Wolverines. Alguno de los tres debía intentar arreglar el entuerto. Y parecía que Webber, el más deslumbrante producto de su generación, sería el encargado de hacerlo.

Tras un fallo en un tiro libre, Webber cogió el rebote con autoridad, dudó entre pasar el balón o salir botando, aunque finalmente cruzó la cancha y, con 13 segundos para el bocinazo final, pidió un tiempo muerto para zafarse de la defensa y poder preparar la última jugada. Pero la mala suerte quiso que no quedaran tiempos muertos para Michigan, lo que penalizó a la estrella univesitaria, malaconsejada por uno de sus compañeros en el banquillo para tomar esa decisión, con una falta técnica y la práctica imposibilidad de alzarse con el título. Los dos tiros libres y la posesión posterior dejaron el resultado final en un 77-71 de infausto recuerdo.

Webber no podía más. Al desencanto de la primera derrota se unía la sensación de culpabilidad por el infantil error cometido, además de la sensación de sentirse estafado al ver cómo su status de estrella no le era nada beneficioso personalmente, pero enriquecía a los que estaban a su alrededor, las televisiones y, sobre todo, la Universidad, que disparó sus ingresos por merchandising de 1,6 millones de dólares en 1989 a 10,5 tres años después. Así, después de dos años, decidió dar el salto al profesionalismo, siendo elegido en el número 1 del draft de 1993, iniciando la descomposición del “Fab Five”, que se consumaría al año siguiente cuando Juwan Howard y Jalen Rose también dieron el salto a la NBA.

El olvido
Si la posibilidad de haber constituido una leyenda en la NCAA se había desvanecido con las derrotas, a pesar de haber revolucionado la organización y las formas de actuar en la liga universitaria, el recuerdo de los “Fab Five” quedó enturbiado por uno de los escándalos más recordados del deporte amateur en Estados Unidos. En 1999, un Gran Jurado se hizo cargo de un caso de pagos ilegales y apuestas en el que estaban implicados cuatro jugadores de los Wolverines de diferentes temporadas. Según demostró la investigación de seis años iniciada tras el accidente de tráfico de un coche con el equipo de reclutamiento de la Universidad de Michigan y algunos jugadores de instituto, un contacto totalmente ilegal en la NCAA, el empresario Eddie L. Martin, conocido como “Uncle Eddie” o “Little Ed” en el ambiente deportivo de Detroit, había estado pagando y haciendo regalos a algunos jugadores para que ficharan por el equipo de la Universidad de Michigan. En concreto, y según los resultados de las pesquisas, se pudo documentar el gasto de unos 616.000 dólares en distintos pagos y presentes a Chris Webber, Maurice Taylor, Robert Traylor y Louis Bullock, la mayor parte de los cuales fueron para la estrella universitaria y la NBA.

Cuando la investigación terminó, en 2002, la propia Universidad propuso sanciones que incluían la eliminación de todos los registros, tanto individuales como de equipo, de las temporadas en las que jugaron los deportistas impicados, la renuncia a los banderines de subcampeón de los años 1992 y 1993 de los “Fab Five”, la devolución del dinero asignado por la NCAA por sus éxitos deportivos y varios años de descalificación para el torneo nacional. Con la aprobación por parte de la dirección de la NCAA de estas reprimendas, el recuerdo de uno de los equipos más espectaculares e intrépidos de la historia de la liga universitaria quedó fuertemente ensombrecido, si bien su huella sí pervivió algunos años, dando un mayor protagonismo y una cierta libertad a los jugadores, principales actores del teatro del deporte universitario.

Material complementario

Documental “Fab Five” de ESPN

martes, 15 de octubre de 2013

Fin de lo que pudo ser una leyenda

Su historia tenía todos los alicientes para convertirse en una de esas leyendas de superación y éxito que el deporte, no solamente el de la pelota gorda, regalan a veces a sus seguidores. Sin embargo, la realidad ha sido más tozuda y, unida a un poco de mala suerte, han hecho que el cuento de hadas termine antes de tiempo y sin el brillo que se pronosticaba. Después de ser una estrella universitaria, plantar cara a una enfermedad crónica y superar una grave lesión de rodilla, de asombrar con un carisma especial y un look más que llamativo, Adam Morrison se retira del baloncesto activo y pasará a formar parte del cuerpo técnico de la Universidad de Gonzaga, donde militó durante tres temporadas, mientras concluye sus estudios. De este modo, el que fuera proyecto de estrella baloncestística se unirá a su mentor, Mark Few, y aconsejará a los jóvenes estudiantes sobre los avatares que les esperan en el paso al profesionalismo.

Es cierto que cualquier prometedor proyecto de alero blanco es siempre comparado con Larry Bird, pero puede que Morrison fuera el primero que pudiera convertirse verdaderamente en el heredero de Larry Legend, uno de los principales ídolos dentro de un vasto universo cultural y deportivo de este baloncestista. Algo menos creativo a la hora de crear juego y con una actitud defensiva más perezosa que el de Indiana, Morrison contaba con la enorme capacidad anotadora de Bird, además de una capacidad de liderazgo y una desmedida pasión por la victoria, además de una aspecto algo alejado de los stándares de un deportista profesional, con diferentes estilismos capilares, siempre con melena, y un bigote que, una vez más, recordaba al ídolo de los 80.

Nacido en un pequeño pueblo de Montana, Glendive, Morrison empezó a practicar baloncesto muy pronto, dado que su padre era entrenador de instituto y le inculcó desde joven los fundamentos técnicos de este deporte. La infancia itinerante en pos de los nuevos destinos de su familia concluyó en Spokane, una ciudad mediana del estado de Washington, sede de la Universidad de Gonzaga, entidad a la que se verá asociado desde su mudanza en adelante. Y es que, nada más llegar al que sería su nuevo hogar con apenas diez años, y siempre con una pasión desmedida por el deporte del balón naranja, se enroló en la organización universitaria como recogepelotas, lo que le permitió estar presente en todos los partidos y muchos entrenamientos.

Un enfermedad para toda la vida
Su progresión no era ningún secreto para los ojeadores locales, que incluso le invitaban a campus con jugadores de mayor edad, si bien nunca fue considerado uno de los mejores proyectos de su generación, a pesar de su rendimiento en la cancha. Durante uno de estos talleres de trabajo técnico y táctico, con la edad de 13 años, Morrison tuvo que enfrentarse al primer gran escollo en su carrera. Durante los días de entrenamiento, el joven alero fue perdiendo peso de forma exagerada, un proceso que culminó con el desmayo durante una de las sesiones el 2 de mayo de 1999. Tras varias pruebas en el hospital, el diagnóstico confirmó que el problema era una diabetes tipo 1, una enfermedad crónica que le haría esclavo de una dieta estricta y de la necesidad de inyectarse insulina frecuentemente, algo prácticamente incompatible con la vida de un deportista profesional.

Pero por aquel entonces, el baloncesto era solamente un juego, a pesar del carácter ganador que siempre le había acompañado, por lo que siguió compitiendo en su instituto, el Mead Senior High School, donde fue haciéndose un jugador indispensable en los esquemas de juego gracias a su facilidad anotadora y su liderazgo sobre la pista. Así, en sus cuatro años, fue el máximo anotador del equipo, logrando el récord de su conferencia con 1.904 puntos en una de las temporadas. En su último año, su instituto consigue llegar a la final de estado de Washington, un partido épico que Morrison tuvo que jugar fuertemente mermado por una hipoglucemia, a pesar de lo cual logró anotar 37 puntos que no ayudaron a conseguir la victoria.

En casa como en ningún sitio
Llegaba la hora de dar el salto a la universidad, y Gonzaga parecía el lugar más indicado. Allí podría saciar sus inquietudes intelectuales, que junto con su aspecto le había granjeado una fama de tipo estrafalario en la ciudad, sobre todo para un atleta, y permanecer cerca de casa para estar más arropado en su enfermedad, con la que ya había aprendido a vivir, inoculándose solo la insulina prácticamente desde el comienzo de su tratamiento. De esta forma, pronto se convirtió en una celebridad en su campus, como después lo sería en el seno de la NBA, gracias a su espíritu de superación de su enfermedad y a sus polémicas declaraciones políticas, su carácter intelectual, su reconocida defensa de las tendencias de izquierdas, esas tan poco presentes en el espectro político de EEUU, su admiración por el “Ché” Guevara, su interés por las tesis del marxismo-leninismo y su gusto por el heavy metal y estilos afines.

De la mano de Mark Few y con el número 3 a la espalda, Morrison fue progresando en su juego y en su importancia en al pista. En su primer curso, el equipo fue el mejor de su Conferencia con 11,4 puntos de aportación del joven alero. El segundo año, ya con más galones en los esquemas de Gonzaga, sus prestaciones subieron hasta 19 puntos por partido, logrando una vez más ser el mejor equipo de la WCC. Ya convertido casi en un ídolo en su tercera temporada en los Bulldogs, Morrison promedió 28,1 puntos por partido, con 13 partidos por encima de los 30 y un máximo de 40 puntos frente a Loyola Marymount. Este rendimiento le llevó a una rivalidad a distancia con el base de Duke J. J. Reddick como gran revelación de la temporada, una competición que se saldó con un MVP compartido por los dos jugadores. 

A nivel colectivo también fue el mejor año para los Zags, logrando colarse en el Sweet Sixteen, a apenas un par de pasos de la Final Four de la NCAA, si bien un competido partido contra UCLA, saldado con una pérdida de balón en la última posesión del pívot J. P. Batista, el segundo mejor jugador del equipo durante la temporada. Ese sería su último partido en Gonzaga, ya que había decidido dar el salto a la NBA antes de que su enfermedad le dificultara aún más la tarea, por lo que no pudo evitar echarse a llorar sobre el parqué al no haber podido poner la guinda al pastel, un requisito indispensable para su carácter ganador.

Sus buenos años en Gonzaga le habían abierto la puerta del baloncesto profesional, y su trabajo había costado. Mientras sus compañeros podían llevar una dieta normal para un deportista, con copiosas y energéticas comidas varias horas antes de los partidos, Morrison tenía que comer un par de filetes, una patata y unos guisantes apenas 2 horas y cuarto antes de cada encuentro, además de tener siempre dosis suficientes de insulina, que en su vida diaria llevada en una bomba pegada al pecho, en el banquillo, ya que llegaba a pincharse entre tres y cinco veces en cada partido, unas rutinas que tuvo que compaginar también, esta vez con más dificultades dados los continuos viajes y cambios de horario, en su vida profesional.

Después de tres años de creciente estrellato universitario, misteriosamente Morrison no se encontraba entre los jugadores más deseados para el Draft de 2006 según periodistas y expertos, lo que hacía que su futuro fuera una nueva incógnita. Sin embargo, su MVP no pasó desapercibido para Michael Jordan, que se acababa de hacer cargo de la dirección de la recién creada franquicia de Charlotte Bobcats, y decidió darle una oportunidad al joven alero. Un más que digno número 3 del Draft por detrás de Andrea Bargnani y LaMarcus Aldridge y grandes expectativas en una joven franquicia con malos resultados en sus únicas dos temporadas en la Liga.

De estrella a último recambio
Su deber fue esperanzador, con 14 puntos y 3 rebotes y, después de un partido de 30 puntos contra Indiana Pacers, el 35 se convirtió en la camiseta favorita en Charlotte, mientras que su peculiar aspecto con pelo largo y bigote también era imitado en las gradas Time Warner Cable Arena con pelucas y postizos. Sin embargo, su escasa implicación defensiva hizo que Bernie Bickerstaff le relegara a un papel más secundario en la rotación. Aún así, la temporada concluyó con 11,8 puntos y 2,9 rebotes de promedio, a pesar del descenso de protagonismo.

Sin embargo, su inicio más o menos prometedor se cortó de repente el 21 de octubre de 2007, en un partido de pretemporada contra Los Angeles Lakers mientras Morrison defendía a Luke Walton. Las pruebas médicas revelaron que la consecuencia de aquella dolorosa caída causó la rotura del ligamento cruzado anterior de su rodilla, una lesión que le mantuvo apartado de las canchas toda su segunda temporada, la 2007/08, y parte de la tercera. Su regreso, mediado el curso 2008/09, no fue nada exitoso, ya que el nuevo entrenador, Larry Brown, tenía más que decidida su rotación habitual y no estaba dispuesto a incluir en ella a un poco experimentado proyecto de estrella con poca inclinación hacia la defensa y que no había recuperado su facilidad anotadora después de la grave lesión. Así, en 44 partidos, sus promedios cayeron a 4,5 puntos y 1,6 rebotes, un papel testimonial que le relegó a servir como moneda de cambio, junto a Shannon Brown, para que Charlotte consiguiera a Vladimir Radmanovic.

Una vez en los Lakers, sus minutos sobre el parqué fueron nuevamente en descenso, aunque al menos estaba enrolado en un equipo ganador con una química en el vestuario más placentera que la de los perdedores Bobcats, un lugar en la que su peculiar carácter intelectual era bien aceptado, sobre todo por su entrenador, Phil Jackson, que le regaló varios libros de interés, como la biografía del “Ché” Guevara. Gracias a ello, y con el número 6 a la espalda, logró levantar dos títulos de Campeón, aunque con aportaciones simbólicas de 1,3 puntos en sus ocho partidos en 2009 y 2,4 en sus 31 encuentros la campaña 2009/10. La nueva temporada marcaba un nuevo inicio, otra vez en un equipo con sistemas de juego menos definidos ya que se encontraban en busca de una nueva estrella. Sin embargo, Morrison tampoco consiguió encajar en Washington Wizards, donde fue cortado antes del inicio de la temporada después de varios campus de entrenamiento.

Buscando un futuro más brillante
Un año en blanco no ayudaba a un posible regreso a la NBA, por lo que, con el fin de volver a sentirse importante, el peculiar y prometedor alero decidió probar en Europa durante la temporada 2011/12 para no desaprovechar su talento. Belgrado fue su destino, atraído por la fogosidad del público del Estrella Roja, muy similar a la de su alma máter Gonzaga, y el inicio fue más que prometedor. Líder de anotación del equipo y plenamente integrado para defender los colores, se ganó a la grada con su amplio repertorio de movimientos ofensivos y por un recobrado espíritu ganador, que le llevaba a celebrar sus canastas, hacer toda clase de gestos e, incluso, a tener sus más y sus menos con algunos jugadores rivales (y, por tanto, con los árbitros) durante los partidos. 8 partidos, 15,5 puntos y 3,1 rebotes por noche le hicieron volver a sentirse importante, por lo que abandonó la disciplina del Estrella Roja en busca de aspiraciones mayores, ya fuera en Europa o en la NBA.

Su reaparición no había causado tanta sensación en los círculos baloncestísticos como él había creído, por lo que, después de un par de meses sin jugar, tuvo que conformarse con la atracción del dinero turco. De este modo, el alero recaló en el Besiktas, donde rindió a buen nivel con 11,8 puntos aunque se quejaba de la ausencia de minutos de juego. Estas tensiones con el entrenador acerca de su protagonismo en el juego hicieron que se retirara voluntariamente del equipo después de tres meses enrolado en la disciplina del equipo, aunque sin causar tanta impresión en Estambul como en la capital serbia.

La aventura europea le sirvió para que los equipos NBA volvieran a abrirle las puertas, aunque los interesados tomaron toda clase de precauciones para no terminar de comprometerse del todo. Así, Morrison pasó por los campus de entrenamiento en Brooklyn Nets, Los Angeles Clippers y Pórtland Trail Blazers, los más interesados en su incorporación, aunque finalmente un nuevo corte antes de iniciar la temporada le dejó en la estacada y, después de otra temporada completa sin jugar, con casi 30 años de edad, el alero no se ve animado para un nuevo comienzo sobre la cancha. Habrá que marcarle de cerca en los banquillos para comprobar su adaptación.

lunes, 1 de abril de 2013

Doctorado 'cum laude'

La Semana Santa ha servido para terminar de definir uno de los torneos baloncestísticos más frenéticos y emocionantes del mundo. Después de varias semanas de torneos de conferencia y campeonatos regionales, la NCAA (National Collegiate Athletic Asociation) ya ha definido quiénes serán los protagonistas de su cita cumbre, la Final Four, que se celebrará este fin de semana en el Georgia Dome de Atlanta. Los últimos partidos, que han servido para reconocer a los conjuntos universitarios que mejor han llegado al tramo final de la temporada, dejando algunas sorpresas, resultados más abultados de lo previsto, la certificación del buen trabajo de algunos jugadores y entrenadores y una ‘Cinderella’ que se ha colado tras derrotar a los dos mejores equipos de su región.

Louisville había sido uno de los equipos más sólidos a lo largo de la temporada, con casi un 87 por ciento de victorias a lo largo del curso. De hecho, a lo largo del torneo de la NCAA había ido deshaciéndose de rivales con bastante solvencia, con diferencias de 31 y 26 puntos, salvo contra la contestona Universidad de Oregon, que apenas permitió ocho puntos de distancia. Sin embargo, durante el partido que daba paso a la Final Four a través del torneo del Midwest contra la potente Duke, la tremenda lesión del escolta Kevin Ware, con una fractura múltiple en su pierna, era un obstáculo difícil para los jóvenes jugadores, así como para su experimentado técnico, Rick Pitino, que no pudo reprimir las lágrimas al ver la maltrecha pierna de su pupilo y al escuchar su discurso ante sus compañeros, ya en la camilla y antes de que se reanudara el partido. “Estoy bien. Ganad el partido”. Hasta el descanso, todo igualado, aunque Louisville salió del vestuarios como un ciclón, consiguiendo una renta final de 22 puntos, dejando sin opciones a los de Mike Krzyzewski a varios minutos del final, cuando el partido se convirtió en un intercambio de canastas.

Este fue el episodio épico de unas finales regionales que, por lo general, han sido menos excitantes de lo previsto. Así, después de derrotar al principal favorito del torneo East, Indiana, por 11 puntos, Syracuse también fue capaz de deshacerse de Marquette, que le adelantaba en un puesto en las clasificaciones, por un diferencia de 16 puntos, con Michael Carter-Williams como principal protagonista. Con semejante facilidad consiguió clasificarse Michigan, derrotando por 20 puntos a Florida después de haber derrotado a Kansas, el mejor equipo del South, por 2 puntos y mostrarse bastante regulares en todo el torneo.

La principal sorpresa de la Final Four de Atlanta será Wichita State. Los Shockers partían en el noveno puesto del torneo de la región West, lo que hacía que, para llegar a una hipotética final, tuviera que medirse, si todo iba como estaba previsto, con los dos mejores equipos de la temporada en la zona, lo que le convrtía en una de esas ‘Cinderellas’ que se abren paso a lo largo de la March Madness a pesar de tener que derribar las torres más altas. Con la defensa como principal baluarte y el juego repartido en diferentes estiletes ofensivos, Wichita State ganó por seis puntos a la favorita Gonzaga y, en la final de este fin de semana, a Ohio State, el segundo en discordia, en un emocionante partido, aunque algo decepcionante en cuanto al nivel esperado de sus protagonistas.

En la cita de Atlanta, Louisville parte como favorito gracias al enorme dominio que ha tenido este equipo sobre los partidos durante toda la temporada. Para ello, los Cardinals cuentan con una defensa bastante efectiva y con infinidad de variantes, obra del experimenado Pitino, y con la inspiración anotadora del base Russ Smith, al que se unen el pívot senegalés Grogui Dieng y el eléctrico base Peyton Siva como segundas opciones. Su rival será Wichita State, que presenta un promedio anotador algo limitado para intentar revertir el muro defensivo de los de Pitino. En ataque, a pesar de lo corto de su rotación y lo repartido de su anotación, los principales referentes serán los poderosos aleros Carl Hall y Cleanthony Early.

La otra semifinal viene marcada por al efeméride que pretenden rememorar los Orange Men de Syracuse. Los de Jim Boeheim llegaron hace diez años a la Final Four y, por fin, alzaron el título nacional de la NCAA, en aquella ocasión liderados por Carmelo Anthony como estrella y con Hakim Warrick como segundo espada y héroe en la final. El dominio este año no ha sido tan apabullante como en aquella ocasión, aunque presentan un juego con multitud de variantes y cuatro puntales que se reparten el trabajo ofensivo: los aleros C. J. Fair y James Southerland y los escoltas Brandon Triche y Michael Carter-Williams. Enfrente tendrán a los Wolverines de Michigan, que también reparten de forma bastante democrática su juego ofensivo. La principal estrella es el base Trey Burke, aunque el escolta Tim Hardaway Jr. y el alero Glenn Robinson III, ambos hijos de jugadores NBA de cierto relumbrón en los gloriosos años de mediados de los 90, pueden tomar el testigo anotador y, sobre en el caso del segundo, aportar trabajo callado, sin olvidar al implacable tirador Nik Stauskas.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Por fin naranja

El torneo de baloncesto universitario de la NCAA es un olimpo en el que más de trescientos de equipos universitarios compuestos por prometedores adolescentes y veinteañeros compiten por alzarse con el primer pedazo de gloria, en ocasiones el único, de sus carreras deportivas en un sistema de competición algo complejo para los ajenos en la materia. En sus setenta y cinco ediciones, apenas una décima parte de los equipos participantes ha logrado hacerse con el trofeo que les acredita como los mejores de la temporada, 35 universidades entre las que destacan UCLA con 11 títulos y Kentucky con 8.

Sin embargo, hay campeonatos que sirven como redención y reivindicación del trabajo realizado por un equipo en su larga andadura, aunque esas victorias queden apenas como una isla en medio del inmenso mar de la historia de éxitos de otros contendientes. Ése fue el sorprendente caso de los Syracuse Orange Men en la temporada 2002/2003. Y es que, a pesar de ser un equipo con cierta tradición y resultados más que aceptables en los últimos años, su entrenador, Jim Boeheim, por aquel entonces con más de 25 temporadas de experiencia en la misma universidad, comenzaba a pensar que había un cierto gafe, a pesar de haber disputado el partido definitvo de la Final Four en 1987 y 1996. Además, aquella campaña no se presentaba muy halagüeña con una plantilla compuesta por cuatro freshman debutantes en la competición y otros tres jugadores de segundo año.

Las cosas que suceden en la cancha pocas veces tienen que ver con la lógica simplista y sí con el trabajo y las sensaciones que se crean sobre el parqué. Además, el hecho de que uno de los novatos del equipo fuera un tipo llamado Carmelo Anthony, que se metió al equipo y a su afición en el bolsillo desde el primer salto inicial, también facilita la labor del entrenador de la universidad neoyorkina.

De este modo, los de Boeheim pudieron mejorar los registros de los años anteriores, también positivos, incluso de las temporadas en las que el equipo se había metido en la Final Four al final del curso, con 13 victorias en el Big East y un total de 30 al completar la temporada. A ello ayudó una cierta disciplina defensiva inculcada por el entrenador y unos buenos porcentajes de cara a canasta, con más de 80 puntos de promedio anotador. Y es que, además de Carmelo, que promedió 22,2 puntos y 10 rebotes en todo el campeonato, los ‘hombres naranjas’ de Syracuse contaban con una eléctrico base freshman sin miedo a afrontar tiros importantes, Gerry McNamara (13,3 puntos y 4 asistencias), y un prometedor ala-pívot de segundo año que fue el encargado de liderar la escuadra hasta el despunte de Anthony, Hakim Warrick (11,8 puntos y 8 rebotes), además de la experiencia del más antiguo del equipo, el alero Kueth Duany (11 puntos).

A pesar de las buenas sensaciones de la primera parte de la temporada, Syracuse no pudo completar su temporada casi perfecta ganando los Play-Offs de su conferencia, aunque los resultados durante la primera fase, con solamente tres derrotas, suponía una clasificación directa para el torneo de la NCAA, en el que compiten las mejores 64 universidades de todo el país. A estas alturas de la partida, el equipo ya era consciente de sus posibilidades, por lo que las primeras eliminatorias no supusieron un gran problema, gracias a un nivel de concentración y trabajo fruto de la personalidad ed Boeheim. Manhattan, por 11 puntos, y Oklahoma State, por 12, fueron las dos primeras víctimas de los neoyorkinos, todo un logro para un equipo que el año interior ni siquiera había entrado en el March Madness de la National Collegiate Athletic Association. Sin embargo, no todo iba a ser una alfombra roja para el equipo capitaneado por Carmelo Anthony, que se topó en las semifinales del torneo regional con la universidad de Auburn, quien le puso las cosas algo más difíciles y terminó perdiendo únicamente por un punto. El partido que daba paso a la Final Four y otorgaba el campeonato regional del Este destacó por los nervios de ambos equipos, que no se mostraron muy acertados de cara a canasta, y, finalmente, por una mayor seriedad de Syracuse, que se deshizo de Oklahoma con una diferencia de 16 puntos.

La Final Four
El objetivo, aquel que parecía tan lejano a principio de temporada dada la inexperiencia de la plantilla y los resultados mediocres de los años anteriores, estaba cumplido y el viaje al SuperDome de Nueva Orleans era un hecho. Allí se medirían a tres de los equipos más potentes del país. Los grandes favoritos eran los Texas Long Horns, una plantilla de no mucho relumbrón en cuanto a nombres pero con un juego bastante sólido, y los Kansas Jayhawks, que explotaba el dominio interior de Nick Collison y la buena mano de Kira Hinrich. El tercer equipo en la lucha por la gloria nacional universitaria eran los Goleen Eagles de Marquette, liderados por Dwayne Wade y con Steve Novak saliendo desde el banquillo.

La primera de las semifinales se decidió bastante pronto, con los de Kansas maniatando a Wade y consiguiendo una ventaja de 29 puntos al descanso y 33 al final del partido contra Marquette. El segundo partido clasificatorio fue más disputado y destacó por las frecuentes rachas de ambos equipos, que fueron distanciándose y acercándose en el marcador durante todo el partido. Los neoyorkinos ganabn de 3 al descanso, y llegaron a disponer de rentas de más de 10 puntos durante el segundo tiempo, aunque los texanos se reivindicaron como favoritos y se pusieron a 4 a pocos minutos para el final. Sin embargo, dos triples consecutivos de McNamara, que acabó con 19 puntos, fijó la diferencia final en 11 puntos, conviertiendo al joven base en la estrella del partido junto a Carmelo Anthony, que anotó 33 puntos.

La final también empezó bastante igualada, pero el deseo de Carmelo y los suyos, a los que se unió como protagonista inesperado el pívot Craig Forth, consiguieron llegar al descanso con 11 puntos de ventaja. Sin embargo, el empuje de Collison, que acabó expulsado en el último minuto con 19 puntos y 21 rebotes, y un mayor acierto de Keith Langford y, sobre todo, Hinrich, consiguieron poner el partido en un puño, a 3 puntos a falta de apenas unos segundos. Además, todo se encaminaba hacia un final tranquilo con una falta sobre Warrick. Sin embargo, el que había sido sostén del equipo durante buena parte de la temporada falló el primero… y el segundo. Y los Jayhawks se echaron al ataque, moviendo el balón de forma apresurada pero, finalmente efectiva, encontrando en la esquina a Michael Lee.

Jim Boeheim veía como se acercaban los fantasmas del pasado, el recuerdo de cómo en 1987, en aquel mismo estadio de la ciudad de Nueva Orleans, Keith Smart anotaba un triple prácticamente sobre la bocina para dar la victoria a los Indiana Hooshiers después de que los Orange Men fallaran dos tiros libres que podrían haber hecho inalcanzable la ventaja de los de Syracuse. Sin embargo, Warrick, el que podría haberse convertido en el villano del partido, volvió a reclamar los focos sobre sí al salir de la nada para taponar el tiro desde la esquina. Balón fuera. Apenas unas décimas de segundo. Mal tiro de Kansas. 81-78.

Este tapón cargado de emotividad es la imagen que queda en los aficionados de Syracuse de una noche en la que McNamara volvió a liderar y dirigir al equipo con maestría y Carmelo Anthony firmó una de sus mejores actuaciones, con 30 puntos, 10 rebotes y 7 asistencias, unos números que bien valen su designación como Most Outstanding Player de la competición. Recientemente, y coincidiendo con el décimo aniversario de este éxito deportivo, el actual alero estrella de los New York Knicks ha visto retirado el dorsal 15 que vestía durante su única exitosa temporada en esta universidad.

Diez años después
La racha gloriosa de los naranjas no se prolongó mucho más, consiguiendo algunas clasificaciones para el torneo de la NCAA en los siguientes años, aunque con un importante descenso en sus prestaciones con la marcha a la NBA de Anthony aquel mismo verano y Warrick dos años después., ley de vida en los equipos universtarios. El resto de compañeros fueron repartiéndose por las distintas ligas profesionales y semi-profesionales de los Estados Unidos, además de aventuras europeas que, a excepción del caso de McNamara en Grecia y de Matt Gorman en la poco competitiva liga británica.

Desde entonces, Boeheim no ha conseguido volver meter a su equipo en la Final Four, aunque los resultados han sido positivos y el baloncesto sigue siendo una de las tradiciones de la universidad de Syracuse. Este año, en el décimo aniversario de su mayor éxito, los de Syracuse tienen complicada su clasificación para el torneo de la NCAA, a no ser que ganen los Play-Offs de la conferencia Big East, que se celebrarán entre el 12 y el 16 de marzo en el Madison Square Garden de Nueva York. La plantilla, entrenada aún por Boeheim con McNamara como asistente, cuenta entre sus principales activos a los poderosos aleros C. J. Fair y James Southerland y el base Brandon Triche, todos ellos con promedios de alrededor de 14 puntos por partido.

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