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jueves, 26 de septiembre de 2013

Un tigre en el backcourt

La década de los 90 en la NBA fue una época de especial esplendor en la posición de escolta. Bajo la gigantesca sombra y la dominadora presencia de Michael Jordan se arremolinaban otras jóvenes estrellas y líderes rutilantes como Reggie Miller, Eddie Jones, Latrell Sprewell y, más tarde, Allen Iverson, Ray Allen y Kobe Bryant; las primeras muestras del talento extranjero de la mano de Drazen Petrovic y Shasha Danilovic; viejos rockeros que venían dando el callo desde los 80 como Joe Dumars, Mitch Richmond o Mario Elie, y tiradores infalibles como Jeff Hornacek, Steve Smith, Allan Houston o Dell Curry. En esta larga nómina de hombres exteriores, una lista casi inolvidable para los mitómanos del baloncesto de hace dos décadas, aparece un nombre algo menos brillante pero que, sin duda, dejó una huella importante en uno de los escenarios baloncestísticos más emblemáticos del mundo. El relumbrón de sus contemporáneos no le ha reservado un hueco en el Olimpo, pero el Madison Square Garden aún recuerda a John Starks.

La infancia de Starks no fue precisamente sencilla. Nacido en Tulsa, una de las principales ciudades del estado de Oklahoma, el pequeño John convivió durante su infancia con cuatro hermanos y dos hermanas, casi todos ellos de padres diferentes, un total de siete quebraderos de cabeza para Irene, una madre siempre pendiente de mejorar, en la medida de lo posible, la calidad de vida de su extensa familia. En este contexto, fue uno de sus hermanos mayores el que continuamente le retaba en la cancha de baloncesto, lo que le obligaba a esforzarse al máximo para poder conseguir arrebatarle un balón o meter una canasta, un rasgo de carácter que le acompañaría siempre que pisara el parquet, ese empeño por “jugar como un tigre”, como él mismo lo calificaba. A pesar de este pique continuo, Starks no empezó a jugar al baloncesto de forma organizada hasta su último año de instituto, en Tulsa Central High School, una experiencia finalmente positiva y que le hizo decidirse para intentar convertir el deporte de la pelota naranja en su modo de vida.

Cuatro universidades en cinco años
Sin embargo, la vida no iba a ser sencilla. Inscrito en una universidad de segunda fila, Rogers State College, el entrenador incluyó a Starks en una segunda unidad del equipo de baloncesto, un grupo de jugadores que solamente servían de sparring durante los entrenamientos para la plantilla oficial, sin posibilidad de jugar ni un solo partido. A ello se unían los problemas de conducta, que concluyeron con su expulsión cuando fue acusado del allanamiento de la habitación de un compañero de clase y el robo de un aparato estéreo. Northern Oklahoma College fue la elegida para el segundo curso, durante el que ya tuvo más oportunidades en el equipo de baloncesto. Incluso las autoridades universitarias y deportivas no le pusieron impedimento para que pudiera cumplir los cinco días en la cárcel a que había sido sentenciado por los altercados del curso anterior. Pero la cosa volvió a torcerse al curso siguiente, cuando ya jugaba con continuidad y promediaba más de 11 puntos por partido. Fue entonces cuando Starks fue sorprendido en su habitación fumando marihuana, motivo más que suficiente para la expulsión según las normas de la universidad.

Este segundo tropiezo en su errática conducta parecía dar al traste con sus intentos por hacerse un nombre en el baloncesto universitario, por lo que se buscó un trabajo ‘de verdad’ como dependiente del supermercado Safeway. Su nueva realidad le hizo darse cuenta de sus errores del pasado, por lo que intentó volver a la universidad, esta vez con claro propósito de enmienda para mejorar su formación en la rama de Empresariales. Una vez de nuevo en clase, esta vez en Tulsa Junior College, no pudo dejar pasar la oportunidad de enrolarse nuevamente en el equipo de baloncesto. Su buen rendimiento, en clase y, sobre todo, en la cancha, hicieron que Oklahoma State University, de mayor reputación dentro de la NCAA y su competición baloncestística, pujara por él.

Esta mejora de comportamiento y juego no fue refrendada por los equipos profesionales de baloncesto, que no confiaron en este menudo escolta con pasado problemático en el Draft de 1988. Sin embargo, sí había causado cierta buena sensación en algunos círculos, por lo que finalmente consiguió que los Golden State Warriors de Larry Brown le ofrecieron un contrato. Su primera experiencia NBA no fue demasiado positiva, con muy poca regularidad en sus minutos en cancha, lo que finalmente condujo a que la franquicia californiana le cortara sin terminar el curso. Sin embargo, el sueño ya había tomado forma y, con unos cuantos partidos sobre el parqué de la mejor Liga del mundo, la idea de ser baloncestitsta profesional se había convertido en una realidad al alcance de la mano. Las minoritarias Continental Basketball Association (CBA) y World Basketball League (WBL) fueron su refugio durante una temporada en la que compitió defendiendo los colores de Cedar Rapad Silver Bullets y Memphis Rockers, un trabajo callado que finalmente le valió una segunda oportunidad en la NBA.

El comienzo de una hermosa amistad
Los New York Knicks llamaron a su puerta para que probara en distintos campus de verano y en la pretemporada del equipo. Parecía que la garra derrochada sobre el parqué no iba a ser suficiente, a pesar de lo cual, Starks seguía esforzándose y dejando jugadas espectaculares en cada uno de los entrenamientos. La mala (o buena) suerte quiso que el joven escolta se lesionara la rodilla justo cuando intentaba hacer una acción de gran mérito, de esas que pueden garantizar un contrato en la NBA: un mate sobre Patrick Ewing, estrella del equipo de la Gran Manzana y uno de los pívots más reputados de la Liga. El convenio colectivo impedía que un jugador fuera cortado en caso de lesión e imponía un plazo máximo para asegurar la continuidad hasta final de temporada en caso de que la dolencia se prolongara. Y con esta argucia legal comenzó una de las historias de amor mutuo más intensas del baloncesto profesional, la de John Starks y el público del Madison.

El retorno de Starks a las canchas se produjo mediada la temporada 1990/91, justo en un partido ante los Chicago Bulls y la imponente figura de Jordan. Su intensa defensa sobre la gran estrella de la Liga le hicieron ganarse pronto el beneplácito del público en este primer partido con los Knicks, si bien su participación en el equipo no era aún protagonista. La llegada de Pat Riley al banquillo la temporada siguiente supuso un espaldarazo para el juego de Starks, dado el gusto del nuevo entrenador por el juego físico e intenso del escolta de Oklahoma, que se completaba con otros tipos duros de la plantilla como Charles Oakley y Anthony Mason.

Con “Mr. Gomina” a los mandos y Patrick Ewing como principal referencia ofensiva en el campo, los minutos en el campo y el rendimiento en la pista fueron creciendo, revelándose como un más que decente tirador de larga distancia, una defensor implacable y un buen generador de juego gracias a rápidas y poderosas penetraciones. Además, su entrega y un carácter explosivo también habían ayudado a que los fans le tomaran como referencia en el equipo, alguien que, al margen de sus condiciones técnicas, mostraba un deseo de ganar que, entre los habituales del Madison, se interpretaba como un amor incondicional a los colores. Celebraciones exaltadas, gestos de rabia y confrontaciones con sus defensores y defendidos son aún recordados por algunos seguidores, destacando anécdotas como el enfado de Jordan y Pippen que casi acaba en una pelea, el cabezazo propinado a Reggie Miller que el costó la expulsión o el pateo del balón tras una polémica decisión arbitral.

Sin embargo, a nivel colectivo, los Knicks y su mejorado juego se chocaban siempre con la supremacía de los Bulls en aquellos años, además de las encarnizadas luchas con dos de sus grandes rivales en la década de los 90, Indiana Pacers y Miami Heat. Precisamente uno de los sus enfrentamientos contra los indiscutibles campeones de aquellos años se produjo la jugada que elevaría definitivamente a Starks a los altares de los fans neyorkinos. El 25 de mayo de 1993, con apenas 50 segundos por jugarse en el igualado segundo partido de las Finales de la Conferencia Este en el Madison Square Garden, el escolta cogió el balón, dribló a BJ Armstrong, remontó la línea de fondo y desafió con un potentísimo salto a Horace Grant y Michael Jordan que intentaban taponarle, una jugada que, en el imaginario Knickerbocker se conoce únicamente como “The Dunk”.

Convertido en leyenda para sus propios seguidores, tocaba dar un golpe sobre la mesa de la NBA. Y éste llegó en la temporada 1993/94. Plenamente asentado como titular en el equipo y con una participación importante en minutos, Starks aprovechó el curso para elevar su rendimiento en la pista, registrando el mejor promedio de su carrera en puntos (19), asistencias (5,9) y robos de balón (1,6), cifras que le valieron su selección para la disputa del All-Star Game. Sin embargo, la felicidad no pudo ser completa y una grave lesión le apartó de los últimos meses de competición, algo que, afortunadamente, no arruinó la buena marcha del equipo, que siguió su camino hacia la post-temporada a pesar de la ausencia de su segundo máximo anotador, solamente por detrás de la titánica presencia de Ewing.

Afortunadamente, los plazos de recuperación de la lesión se fueron acortando, de modo que Starks pudo reincorporarse al equipo en los Play-Offs y ser importante en las Finales de la NBA contra Houston Rockets, las primeras de la franquicia neoyorkina en dos décadas. De hecho, después de mostrar un buen rendimiento durante casi todos los partidos, lo que ayudó a conseguir una ventaja de 3-2 para los de Nueva York, el séptimo partido en Houston fue uno de los peores recuerdos para Starks, con apenas dos canastas anotadas en todo el partido y un total de diez tiros fallados solamente en el último cuarto.

La competencia en la Conferencia Este volvía a ser máxima con la llegada de nuevas estrellas y, sobre todo, por el regreso de Jordan a los Bulls después de una retirada de un año y medio. Así, a pesar de que la química del equipo seguía siendo buena, los resultados finales fueron peores que los del año anterior, lo que hizo que el equipo se fuera desmembrando. El golpe más duro fue el fichaje de Pat Riley por Miami Heat, lo que supuso la llegada al banquillo de Don Nelson y la reducción del protagonismo de Starks en beneficio de Hubert Davis, un jugador menos querido por la afición pero con un carácter más dócil y más disciplina táctica. El experimento Nelson duró poco y pronto fue sustituido por Jeff Van Gundy, que volvió a situar a Starks como titular. Sin embargo, los tiempos habían cambiado y era momento de ir reestructurando el equipo, algo que afectó de forma especial al escolta de Oklahoma cuando los Knicks ficharon a Allan Houston, uno de los mejores tiradores de la Liga. Con la titularidad perdido en beneficio del nuevo fichaje, Starks no se desanimó y siguió trabajando con intensidad, aunque con menos presencia en pista. A pesar de ello, sus promedios anotadores se mantuvieron por encima de los 13 puntos por partido, lo que le valió el premio del Mejor Sexto Hombre en la temporada 1996/97.

Despedida y cierre
Tras dos años de suplencia y buenas actuaciones a pesar de la reducción de minutos en pista, los Knicks buscaban nuevas piezas para mantener un buen nivel en la competición. De este modo, Starks fue enviado a cambio de Latrell Sprewell a Golden State Warriors, su primer equipo en la NBA, aunque con una suerte bien distinta a aquella primera temporada tras la universidad. En California, el escolta recuperó la titularidad y vio aumenta sus minutos de juego, aunque sus prestaciones no se vieron muy beneficiadas por este aumento de protagonismo, manteniendo buenas medias aunque mostrando una menor explosividad en sus movimientos y un acierto algo menor en sus tiros lejamos. A pesar de abandonar la Gran Manzana, los aficionados neoyorkinos no olvidaban a su carismático jugador, que ha sido recibido con sonoras ovaciones siempre que ha acudido al Madison, más como público que para jugar. Y así, con unos promedios anotadores menguantes, la carrera de 13 años de Starks en la NBA se fue apagando con un fugaz paso por Chicago Bulls y dos temporadas en Utah Jazz.

Después del baloncesto, la vida de Starks se ha dedicado a los comentarios televisivos de partidos de sus queridos Knicks, a una breve experiencia como entrenador del espectacular slamball, a la inversión en diferentes empresas, la más importante una marca de zapatillas, y, sobre todo, a la creación de John Starks Foundation, una asociación que trabaja en Tulsa y otras localidades de Oklahoma con familias en riesgo de exclusión social o con falta de recursos para una buena alimentación o la educación de los más pequeños.

El eterno '3'

Al no haber conseguido llevarse el gato al agua en las Finales de 1994, John Starks no figura en el Olimpo de jugadores con su número retirado en el Madison Square Garden, como sí lo hacen los héroes de los títulos de 1970 y 1973 o su compañero Patrick Ewing, líder histórico de la franquicia en gran parte de las categorías estadísticas. Sin embargo, el escolta de Oklahoma siempre será el número 3 de los Knicks para muchos aficionados, entre ellos el director de cine Spike Lee, que frecuentemente luce su camiseta en la silla a pie de pista que ocupa desde hace décadas en el pabellón neoyorkino. Los aficionados más jóvenes quizás recuerden mejor a otros que, a pesar de la legendaria presencia de Starks, han decidido llevar este número en los Knicks, como Stephon Marbury, Tracy McGrady o, más recientemente, Kenyon Martin, jugadores que no han conseguido hacer olvidar a ese menudo tirador que lucha “como un tigre” cada posesión.

Información complementaria

miércoles, 27 de febrero de 2013

Por fin naranja

El torneo de baloncesto universitario de la NCAA es un olimpo en el que más de trescientos de equipos universitarios compuestos por prometedores adolescentes y veinteañeros compiten por alzarse con el primer pedazo de gloria, en ocasiones el único, de sus carreras deportivas en un sistema de competición algo complejo para los ajenos en la materia. En sus setenta y cinco ediciones, apenas una décima parte de los equipos participantes ha logrado hacerse con el trofeo que les acredita como los mejores de la temporada, 35 universidades entre las que destacan UCLA con 11 títulos y Kentucky con 8.

Sin embargo, hay campeonatos que sirven como redención y reivindicación del trabajo realizado por un equipo en su larga andadura, aunque esas victorias queden apenas como una isla en medio del inmenso mar de la historia de éxitos de otros contendientes. Ése fue el sorprendente caso de los Syracuse Orange Men en la temporada 2002/2003. Y es que, a pesar de ser un equipo con cierta tradición y resultados más que aceptables en los últimos años, su entrenador, Jim Boeheim, por aquel entonces con más de 25 temporadas de experiencia en la misma universidad, comenzaba a pensar que había un cierto gafe, a pesar de haber disputado el partido definitvo de la Final Four en 1987 y 1996. Además, aquella campaña no se presentaba muy halagüeña con una plantilla compuesta por cuatro freshman debutantes en la competición y otros tres jugadores de segundo año.

Las cosas que suceden en la cancha pocas veces tienen que ver con la lógica simplista y sí con el trabajo y las sensaciones que se crean sobre el parqué. Además, el hecho de que uno de los novatos del equipo fuera un tipo llamado Carmelo Anthony, que se metió al equipo y a su afición en el bolsillo desde el primer salto inicial, también facilita la labor del entrenador de la universidad neoyorkina.

De este modo, los de Boeheim pudieron mejorar los registros de los años anteriores, también positivos, incluso de las temporadas en las que el equipo se había metido en la Final Four al final del curso, con 13 victorias en el Big East y un total de 30 al completar la temporada. A ello ayudó una cierta disciplina defensiva inculcada por el entrenador y unos buenos porcentajes de cara a canasta, con más de 80 puntos de promedio anotador. Y es que, además de Carmelo, que promedió 22,2 puntos y 10 rebotes en todo el campeonato, los ‘hombres naranjas’ de Syracuse contaban con una eléctrico base freshman sin miedo a afrontar tiros importantes, Gerry McNamara (13,3 puntos y 4 asistencias), y un prometedor ala-pívot de segundo año que fue el encargado de liderar la escuadra hasta el despunte de Anthony, Hakim Warrick (11,8 puntos y 8 rebotes), además de la experiencia del más antiguo del equipo, el alero Kueth Duany (11 puntos).

A pesar de las buenas sensaciones de la primera parte de la temporada, Syracuse no pudo completar su temporada casi perfecta ganando los Play-Offs de su conferencia, aunque los resultados durante la primera fase, con solamente tres derrotas, suponía una clasificación directa para el torneo de la NCAA, en el que compiten las mejores 64 universidades de todo el país. A estas alturas de la partida, el equipo ya era consciente de sus posibilidades, por lo que las primeras eliminatorias no supusieron un gran problema, gracias a un nivel de concentración y trabajo fruto de la personalidad ed Boeheim. Manhattan, por 11 puntos, y Oklahoma State, por 12, fueron las dos primeras víctimas de los neoyorkinos, todo un logro para un equipo que el año interior ni siquiera había entrado en el March Madness de la National Collegiate Athletic Association. Sin embargo, no todo iba a ser una alfombra roja para el equipo capitaneado por Carmelo Anthony, que se topó en las semifinales del torneo regional con la universidad de Auburn, quien le puso las cosas algo más difíciles y terminó perdiendo únicamente por un punto. El partido que daba paso a la Final Four y otorgaba el campeonato regional del Este destacó por los nervios de ambos equipos, que no se mostraron muy acertados de cara a canasta, y, finalmente, por una mayor seriedad de Syracuse, que se deshizo de Oklahoma con una diferencia de 16 puntos.

La Final Four
El objetivo, aquel que parecía tan lejano a principio de temporada dada la inexperiencia de la plantilla y los resultados mediocres de los años anteriores, estaba cumplido y el viaje al SuperDome de Nueva Orleans era un hecho. Allí se medirían a tres de los equipos más potentes del país. Los grandes favoritos eran los Texas Long Horns, una plantilla de no mucho relumbrón en cuanto a nombres pero con un juego bastante sólido, y los Kansas Jayhawks, que explotaba el dominio interior de Nick Collison y la buena mano de Kira Hinrich. El tercer equipo en la lucha por la gloria nacional universitaria eran los Goleen Eagles de Marquette, liderados por Dwayne Wade y con Steve Novak saliendo desde el banquillo.

La primera de las semifinales se decidió bastante pronto, con los de Kansas maniatando a Wade y consiguiendo una ventaja de 29 puntos al descanso y 33 al final del partido contra Marquette. El segundo partido clasificatorio fue más disputado y destacó por las frecuentes rachas de ambos equipos, que fueron distanciándose y acercándose en el marcador durante todo el partido. Los neoyorkinos ganabn de 3 al descanso, y llegaron a disponer de rentas de más de 10 puntos durante el segundo tiempo, aunque los texanos se reivindicaron como favoritos y se pusieron a 4 a pocos minutos para el final. Sin embargo, dos triples consecutivos de McNamara, que acabó con 19 puntos, fijó la diferencia final en 11 puntos, conviertiendo al joven base en la estrella del partido junto a Carmelo Anthony, que anotó 33 puntos.

La final también empezó bastante igualada, pero el deseo de Carmelo y los suyos, a los que se unió como protagonista inesperado el pívot Craig Forth, consiguieron llegar al descanso con 11 puntos de ventaja. Sin embargo, el empuje de Collison, que acabó expulsado en el último minuto con 19 puntos y 21 rebotes, y un mayor acierto de Keith Langford y, sobre todo, Hinrich, consiguieron poner el partido en un puño, a 3 puntos a falta de apenas unos segundos. Además, todo se encaminaba hacia un final tranquilo con una falta sobre Warrick. Sin embargo, el que había sido sostén del equipo durante buena parte de la temporada falló el primero… y el segundo. Y los Jayhawks se echaron al ataque, moviendo el balón de forma apresurada pero, finalmente efectiva, encontrando en la esquina a Michael Lee.

Jim Boeheim veía como se acercaban los fantasmas del pasado, el recuerdo de cómo en 1987, en aquel mismo estadio de la ciudad de Nueva Orleans, Keith Smart anotaba un triple prácticamente sobre la bocina para dar la victoria a los Indiana Hooshiers después de que los Orange Men fallaran dos tiros libres que podrían haber hecho inalcanzable la ventaja de los de Syracuse. Sin embargo, Warrick, el que podría haberse convertido en el villano del partido, volvió a reclamar los focos sobre sí al salir de la nada para taponar el tiro desde la esquina. Balón fuera. Apenas unas décimas de segundo. Mal tiro de Kansas. 81-78.

Este tapón cargado de emotividad es la imagen que queda en los aficionados de Syracuse de una noche en la que McNamara volvió a liderar y dirigir al equipo con maestría y Carmelo Anthony firmó una de sus mejores actuaciones, con 30 puntos, 10 rebotes y 7 asistencias, unos números que bien valen su designación como Most Outstanding Player de la competición. Recientemente, y coincidiendo con el décimo aniversario de este éxito deportivo, el actual alero estrella de los New York Knicks ha visto retirado el dorsal 15 que vestía durante su única exitosa temporada en esta universidad.

Diez años después
La racha gloriosa de los naranjas no se prolongó mucho más, consiguiendo algunas clasificaciones para el torneo de la NCAA en los siguientes años, aunque con un importante descenso en sus prestaciones con la marcha a la NBA de Anthony aquel mismo verano y Warrick dos años después., ley de vida en los equipos universtarios. El resto de compañeros fueron repartiéndose por las distintas ligas profesionales y semi-profesionales de los Estados Unidos, además de aventuras europeas que, a excepción del caso de McNamara en Grecia y de Matt Gorman en la poco competitiva liga británica.

Desde entonces, Boeheim no ha conseguido volver meter a su equipo en la Final Four, aunque los resultados han sido positivos y el baloncesto sigue siendo una de las tradiciones de la universidad de Syracuse. Este año, en el décimo aniversario de su mayor éxito, los de Syracuse tienen complicada su clasificación para el torneo de la NCAA, a no ser que ganen los Play-Offs de la conferencia Big East, que se celebrarán entre el 12 y el 16 de marzo en el Madison Square Garden de Nueva York. La plantilla, entrenada aún por Boeheim con McNamara como asistente, cuenta entre sus principales activos a los poderosos aleros C. J. Fair y James Southerland y el base Brandon Triche, todos ellos con promedios de alrededor de 14 puntos por partido.

Material adicional

miércoles, 31 de octubre de 2012

Días de gloria en la Gran Manzana

Los Knickerbockers lo tienen todo para ser una de las grandes dinastías de la historia de la NBA. Residen en la ciudad más cosmopolita y conocida del mundo, la capital oficiosa del planeta, Nueva York, una localización de la que no se han movido desde su fundación en 1946 y que les asegura un mercado de seguidores más que amplio, y su casa, en pleno centro de Manhattan, el Madison Square Garden, es uno de los palacios del baloncesto mundial, un referente en sí mismo, además de contar una hinchada entre la que habitualmente se puede encontrar a grandes nombres del cine y la música. Sin embargo, en la lucha por ocupar el trono de la Liga se han impuesto otras franquicias mucho más exitosas y que lideran, con mucha diferencia, el olimpo de la NBA. 

Sin embargo, hubo unos años de gloria en la Gran Manzana, un periodo que es lo más cercano que este equipo, el ‘pupas’ de la NBA, ha estado de crear una dinastía por la que ser recordado. Con dos títulos en cuatro años, y manteniendo la base del equipo, los Knicks consiguieron dar por fin una alegría a sus atribulados aficionados en las Finales de 1970 y 1973, con una clasificación para la eliminatoria definitiva también en 1972.

El equipo de Nueva York venia de una racha de siete temporadas sin entrar en los Play-Offs de la NBA con distintos entrenadores y se veían ya lejos aquellas tres Finales consecutivas que los Knicks disputaron entre 1951 y 1953 contra Rochester Royals y Minneapolis Lakers. Fue entonces cuando se decidió cambiar el timonel de la nave, prescindiendo de Dick McGuire tras un mal inicio de temporada para poner la frente de la plantilla a William “Red” Holzman en 1967. El elegido era un hombre de la casa, neoyorkino hijo de inmigrantes que llevaba una década trabajando como ojeador de los Knicks, cuya experiencia como entrenador se limitaba a un poco exitoso paso de tres temporadas por los Hawks durante su mudanza de Milwaukee a Saint Louis y cuatro años en un destino ‘exótico’, los Leones de Ponce de Puerto Rico.

Aunque parece más una maniobra de urgencia que una solución de futuro, Holzman se ganó en la cancha la confianza de los dirigentes de los Knicks, consiguiendo revertir la racha perdedora y clasificando al equipo para la post-temporada. Los resultados fueron aún mejores al año siguiente, firmando un balance de 54 victorias y 28 derrotadas e imponiéndose a los Baltimore Bullets en la primera ronda de Playoffs. Y es que Holzman iba configurando el equipo que, apenas un año más tarde, llevaría a la veterana franquicia de Nueva York a la gloria. Una estrella en ciernes, el espectacular base Walt “Clyde” Frazier, llegó en el Draft de 1967, mientras que los Knicks consiguieron hacerse con el poderoso alero Dave DeBusschere, traspasado desde los Detroit Pistons, y recuperaron a William “Dollar Bill” Bradley, que había pasado un año jugando en Italia para terminar sus estudios en Europa tras ser seleccionado por los neoyorkinos. Todo ello se unía a la que ya era la estrella de los Knicks y uno de los grandes jugadores interiores de la Liga en aquellos años, el rocoso y habilidoso Willis Reed.

El primer anillo
En apenas un par de años, el equipo había crecido en calidad y había encontrado un entrenador que se había ganado el respeto de jugadores y directivos por su trabajo dentro de la franquicia. En esta situación, la temporada 1969/70 no pudo empezar con mejores sensaciones, con un quinteto consolidado tras un par de años de rodaje (Reed-DeBusschere-Bradley-Dick Barnett-Frazier) y algunas ayudas desde el banquillo, sobre todo por parte de Mike Riordan y Cazzie Russell. Prácticamente en volandas, los Knicks se confirmaron como el equipo más sólido de la Liga, registrando 60 victorias durante la temporada regular.

Ahora tocaba enfrentarse a los Play-Offs. En un duelo que se convirtió en clásico durante los años 60 y 70, el equipo de Nueva York tuvo que deshacerse en primera ronda de unos combativos Baltimore Bullets, que llevaron la serie a siete partidos. Menos oposición ofrecieron los Milwaukee Bucks de un debutante Kareem Adbul-Jabbar (entonces conocido como Lew Alcindor), que resistieron hasta el quinto partido. La suerte estaba echada y llegaba una nueva oportunidad para que los Knicks llegasen a lo más alto, un lance en el que no se encontraban desde hacía casi dos décadas.

Los rivales eran unos Lakers más experimentados en este tipo de lances, ya que habían disputado las Finales de 1968 y 1969. Además, su plantilla no tenía nada que envidiar a la de los Knicks, con el todopoderoso Wilt Chamberlain bajo los tableros, Jerry West marcando el ritmo de los partidos y anotando con una facilidad pasmosa desde cualquier parte del campo y Elgin Baylor como desatascador en las posesiones más complicadas. La gesta se antojaba difícil, pero la motivación estaba a la altura tras haber completado una temporada casi de ensueño. De este modo, con la inercia positiva y el factor cancha a favor, los Knicks se hicieron pronto con una ventaja para llevarse el primer partido en el Madison. Sin embargo, las dudas y la falta de experiencia en los grandes partidos se vieron ya en la segunda entrega, aunque los neoyorkinos lucharon para reducir la renta angelina a únicamente dos puntos. La serie viajaba a California, donde los visitantes ganarían el tercer encuentro en la prórroga y los locales se harían con el cuarto imponiendo su juego con claridad. La serie se empataría a 3 con victorias en casa de ambos equipos, aunque con la mala noticia de una lesión de Willis Reed que le impidió disputar el sexto partido y, prácticamente, descartaba su participación en el último. 

Sin embargo, para sorpresa de aficionados y jugadores, el pívot apareció cojeando apenas unos segundos antes del inicio del partido para integrar el quinteto titular e, incluso, anotar las dos primeras canastas de los Knicks. Con este golpe de moral y la asfixiante presión de los aficionados del Madison, los neoyorkinos consiguieron una importante ventaja que consiguieron mantener hasta el 113-99 final. De este modo, el 8 de mayo de 1970, el pabellón de Manhattan colgaba de su techo la primera banderola de “World Champions”.

Después del espaldarazo que el éxito supuso para “Red” Holzman y el equipo de la Gran Manzana, los Knicks afrontaban la temporada 1970/71 con la motivación de repetir el título de la NBA y el núcleo duro del equipo en plena forma. Sin embargo, los resultados fueron algo peores que en la campaña anterior, consiguiendo 52 victorias. Sin embargo, el juego durante los Play-Offs no fue tan fluido y, aunque se deshicieron de los Atlanta Hawks con relativa facilidad en cinco partidos, las Finales de la Conferencia Este contra Baltimore Bullets no fueron tan sencillas. En siete partidos, y con una gran actuación de Earl “The Pearl” Monroe, los neoyorkinos tuvieron que decir adiós a sus posibilidades de reeditar el anillo del pasado año.

Eso no desanimó a la directiva de los Knicks que, lejos de dejarse llevar por el primer revés, se mostró persistente para conseguir la contratación del ala-pívot Jerry Lucas y de su verdugo el pasado curso, Earl Monroe. Pero la euforia propia de este nuevo asalto al título de la NBA se vio pronto cortado por la lesión de Willis Reed, que apenas pudo disputar 11 partidos durante toda la temporada regular, lo que hizo recaer una mayor responsabilidad anotadora y defensiva en el recién llegado Lucas y en Phil Jackson, adquirido por los Knicks en el Draft de 1967 y que fue ganando peso en el equipo con el paso de las temporadas. 

El grupo pudo sobreponerse a la ausencia de su principal baluarte y consiguió una balance de 48 victorias y 34 derrotas, el peor de todo el periodo pero suficiente para clasificarse para la post-temporada. Una vez en Play-Offs, los Knicks volvieron a confiar en las gestas protagonizadas en los años anteriores y fueron eliminando rivales, Baltimore Bullets y Boston Celtics, hasta plantarse en la ronda definitiva de la NBA, otra vez ante Los Angeles Lakers. En esta ocasión, los californianos no dieron tantas oportunidades, habida cuenta de sus derrotas en las últimas siete Finales contra Celtics y Knicks, y consiguieron llevarse el ansiado anillo en cinco partidos a pesar de la baja de Baylor, retirado ese año, y con una gran aportación de Gail Goodrich, que se unió al binomio Chamberlain-West.  

Segundo anillo… y punto y final
Afortunadamente para los Knicks, la venganza tardó poco en consumarse. Extramotivados por la derrota ante los Lakers y espoleados por lo inesperado de su clasificación para la eliminatoria final la pasada campaña, los jugadores de Nueva York encontraron nuevos motivos para volver a luchar, contando además con la reincorporación de Willis Reed tras su aciago año de lesiones. El bloque del año anterior se mantenía, con un quinteto estelar compuesto por Reed, DeBusschere, Bradley, Monroe y Frazier, acompañados desde el banquillo por suplentes contrastados como Jerry Lucas, Phil Jackson, Dick Barnett o Dean Meminger.

Con este plantel, el equipo neoyorkino recuperó las buenas sensaciones de la temporada del título de 1970, repitiendo casi los mismos registros, 57 victorias por 25 derrotas. Alcanzando los Play-Offs con esta solvencia, los Knicks no quisieron dejar pasar esta segunda oportunidad, de modo que mantuvieron el nivel competitivo durante las eliminatorias. Las primeras víctimas fueron los Baltimore Bullets, en un enfrentamiento ya convertido en un clásico de la post-temporada, prolongando la serie hasta cinco partidos. El siguiente escollo, el último antes de las Finales, fueron los Boston Celtics, que seguían sin encontrar la continuidad en el éxito que tuvieron en la década de los 60. Una competida serie agotando los siete partidos para demostrar que los de Nueva York iban en serio.

El rival en la ronda definitiva sería el mismo de la pasada temporada, reeditando también el enfrentamiento de la exitosa temporada de 1970. Los Angeles Lakers querían conseguir el “back to back”, mientras que los Knicks, con el factor cancha a favor y una temporada casi inmaculada, no quería padecer las penurias del año anterior, pagando el precio de no contar con su más carismática estrella y la ambición de los angelinos. A pesar de ello, los Lakers golpearon primero en el Madison, ganando por tres puntos, si bien los Knicks se repusieron y ganaron los cuatro siguientes partidos, todos ellos muy ajustados, con diferencias de menos de cinco puntos, a excepción del último encuentro, celebrado en el Forum de Inglewood la noche del 10 de mayo de 1973, que se saldó con una renta de 9 puntos para otorgar a los aficionados de la gran Manzana su segunda noche de gloria baloncestística.

A pesar de mantener el núcleo duro del equipo, con Holzman en el banquillo y gran parte de los jugadores que habían alcanzado la gloria, los Knicks no volverían a optar al anillo, cayendo en un periodo de mediocridad con cuatro temporadas bajando sus registros e, incluso, dos de ellas sin alcanzar las eliminatorias por el título. Con el paso del tiempo, varios de los jugadores irían diciendo adiós a la franquicia y a sus carreras en activo, al igual que el entrenador, que apenas estuvo dos temporadas lejos de los Knicks para volver a comandar una nave que nunca atracaría en buen puerto.

El legado de una casi dinastía
El periodo de mayor éxito de la larga historia de este veterano equipo no ha pasado desapercibido en el espíritu y la mitomanía de los Knickerbockers. Así, dentro de los más de sesenta años de historia, la franquicia solamente ha retirado el número de ocho jugadores o entrenadores, siendo Patrick Ewing el único merecedor de este honor que no pertenece al equipo de los cuatro años dorados de los neoyorkinos. Los homenajeados con sus números colgados del techo del Madison son Walt Frazier (10), Dick Barnett (12), Earl Monroe (15, que comparte honores con Dick McGuire, entrenador y jugador de los Knicks con este mismo dorsal), Willis Reed (19), Dave Debusschere (22), Bill Bradley (24) y “Red” Holzman (613, número otorgado por el número de victorias conseguidas en la NBA con este equipo).

jueves, 2 de agosto de 2012

¿El mejor equipo profesional de la historia?

Las andanzas de las grandes dinastías del baloncesto moderno son más que conocidas. Son referencias comunes equipos como los Bulls de Jordan, los Lakers del ‘showtime’ y su rivalidad como los Celtics de Bird y McHale, incluso los Knicks de Willis Reed, Frazier y “The Pearl” Monroe o los más recientes Spurs de Duncan y sus éxitos intermitentes. También se recuerdan grandes equipos europeos, como la Cibona arrolladora de los hermanos Petrovic, la sorprendente Jugoplastika plagada de jóvenes talentos croatas, el Maccabi de Anthony Parker y ‘Saras’ Jasikevicius o el CSKA comandado por Papaloukas y Ettore Messina.

Sin embargo, antes de que se configuraran los grandes campeonatos nacionales e internaciones tal y como se disputan ahora, los pioneros del baloncesto profesional también crearon sus equipos de leyenda. A pesar de que su nombre sea prácticamente desconocido para la mayoría de los aficionados, hay un club que ha firmado un 82,76 por ciento de victorias a lo largo de sus 26 años de andadura, una cifra difícil de igualar en el deporte profesional.


Por aquel entonces, en los años 20 del pasado siglo XX, el baloncesto era muy distinto. Creado para que los estudiantes de los colegios e institutos de buenas familias pudieran ejercitarse en los fríos y nevados meses de invierno en los estados del norte de EEUU, el deporte de la ‘pelota gorda’ iba ganando cierta popularidad en el país norteamericano, aunque aún no había pabellones construidos específicamente para su práctica ni competiciones nacionales estables. Además, al contrario de lo que ocurre ahora, los problemas de segregación racial también se dejaban notar en el deporte y los jugadores que gozaban del ‘status’ de profesional solían ser de raza blanca.

En este caldo de cultivo es en el que nace el que probablemente sea el mejor equipo profesional del baloncesto norteamericano, si no mundial, al menos en lo que a resultados se refiere. El 13 de febrero de 1923, en entrenador y empresario Robert Douglas consiguió el permiso de los gestores del Renaissance Casino & Ballroom de Harlem para que su equipo, entonces los Spartans Braves, jugaran partidos de exhibición en sus instalaciones. Para ello, tuvo que cambiar el nombre del club por el de New York Renaissance, denominación con la que se convertiría en el primer club profesional de baloncesto con jugadores de raza negra, debutando el 3 de noviembre de aquel año en la sala de baile que le sirvió de pabellón durante toda su historia.

Con el fin de conseguir la atención de los aficionados del baloncesto y, por tanto, de más dinero en concepto de venta de entradas, y ante la ausencia de competiciones regladas, Douglas, que ejercía como jefe en la cancha y fuera de ella, intentó atraerse a los mejores jugadores de la ciudad, ya fuera habilidosos con el balón, buenos tiradores o físicos privilegiados, o una mezcla de las tres. De este modo, los Rens, como fueron conocidos desde prácticamente sus inicios, fueron confeccionando una plantilla invencible, sobre todo dada la escasa entidad de los equipos ‘negros’ de la época, y se ganaron una buena fama tanto en Nueva York como en el resto del país.


Y es que muy pronto, los Rens abandonaron su casa para hacer interminables giras por casi todos los Estados Unidos enfrentándose a los equipos locales o a otros clubes profesionales itinerantes. Al principio, estos partidos de exhibición eran siempre contra jugadores de raza negra, si bien algunos equipos ‘blancos’ fueron paulatinamente aceptando jugar contra la escuadra prácticamente imbatible, así como contra la creciente nómina de clubes de “colored basketball”, como se le denominaba en la época. Los grandes rivales de esta época fueron los Original Celtics, equipo fundado en Nueva York en 1918 y gran dominador de los enfrentamientos entre jugadores blancos hasta el momento. Otros frecuentes rivales durante su andadura de partidos itinerantes fueron los Philadelphia Sphas, escuadra formada eminentemente por jugadores de religión judía, y los Indianápolis Kautskys.

Sin embargo, la apertura por parte de los equipos profesionales para acertar enfrentamientos interraciales en la cancha no se veía reflejada fuera. Y es que, si con la pelota en las manos, estos jugadores atraían a ingentes cantidades de público a las salas de baile, graneros, gimnasios y demás espacios en los que se organizaban sus partidos, la sociedad estadounidense, sobre todo en determinados estados, seguía sin aceptar a la población de color. De este modo, las ya de por sí exigentes giras de partidos de varias semanas y en ciudades lejanas se complicaban cuando la mayoría de hoteles y restaurantes no aceptaban como clientela a los jugadores, lo que les obligaba a comer alimentos fríos o dormir frecuentemente en el autobús, algo muy alejado de los lujos y atenciones que ahora rodean a los jugadores de la NBA, sean de la raza que sean.

A lo largo de los años, y con la creciente fama del baloncesto, se intentaron organizar distintos tipos de torneos en distintos ámbitos, aunque ninguno de ellos terminó de convertirse en definitivo, por lo que los equipos más continuaban alternando los partidos en casa con giras por todo el país. En la temporada 1932-33, los Rens firmaron un récord de 120 partidos ganados por 8 perdidos, con una racha de 88 victorias seguidas. Fue uno de sus años más intensos, tanto por la cantidad de encuentros como por el porcentaje de éxitos, y uno de los que sirvió para que los Rens desaparecieran en 1949 después de haber disputado 3.127 partidos con 2.588 victorias y 539 derrotas.

Ya desde 1937, los equipos ‘blancos’ tuvieron la oportunidad de jugar en una liga, la Nacional Basketball League (NBL), patrocinada por grandes empresas, dueñas a su vez de los equipos, y radicada principalmente en los estados del Medio Oeste, una opción que se le escapa a los Rens tanto por su plantilla de raza negra como por su cuna en Nueva York. Sin embargo, este equipo tiene la oportunidad de medirse con las mejores escuadras de esta competición en el World Professional Basketball Tournament, un torneo anual organizado por el periódico Chicago Herald American y en el que se invitaba a los equipos con más tirón entre los lectores. Los NY Rens fueron los campeones de la primera edición, en 1939, seguidos por otro equipo neoyorkino, los Harlem Globetrotters.

Con una liga potente en marcha y la creación de nuevas competiciones territoriales y nacionales, como la Basketball Association of America (BAA), que se fusionaría en 1949 con la NBL para fundar la actual NBA, la popularidad de los equipos itinerantes fue decayendo con los años, por lo que, después de continuar con sus giras durante cerca de una década, los Rens fueron invitados a unirse a la NBL en la temporada 1948-49, a la postre la última tanto para este equipo como para la liga, y se mudaron a la ciudad da Dayton, en Ohio. 

A lo largo de estos 26 años de andadura, la figura del entrenador y empresario Robert Douglas pasó a un segundo plano gracias a la incorporación a la plantilla de algunos de los mejores jugadores del momento, como Clarence “Fats” Jenkins, James “Pappy” Ricks, Eyne Saitch, Charles “Tarzan” Cooper, Bill Young, “Wee” Willie Smith, “Big Dave” DeJernett, Pop Gates o Frank “Strangler” Forbes. Algunos de estos nombres corresponden a los primeros atletas de raza negra que se ganaron un sueldo y una reputación social gracias al deporte, tanto el baloncesto como el béisbol, ya que muchos de ellos también militaban en la más asentada liga de esta modalidad para jugadores de color. De este modo, además de haber saboreado las mieles del éxito en la práctica del baloncesto y haber contribuido con sus giras a la popularidad del deporte de la ‘pelota gorda’ por todo EEUU, puede que también hayan aportado su granito de arena para que, poco a poco y siempre con problemas, la población afroamericana haya regularizado su situación social en este país e, incluso, sea mayoritaria en gran parte de los deportes.