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jueves, 26 de septiembre de 2013

Un tigre en el backcourt

La década de los 90 en la NBA fue una época de especial esplendor en la posición de escolta. Bajo la gigantesca sombra y la dominadora presencia de Michael Jordan se arremolinaban otras jóvenes estrellas y líderes rutilantes como Reggie Miller, Eddie Jones, Latrell Sprewell y, más tarde, Allen Iverson, Ray Allen y Kobe Bryant; las primeras muestras del talento extranjero de la mano de Drazen Petrovic y Shasha Danilovic; viejos rockeros que venían dando el callo desde los 80 como Joe Dumars, Mitch Richmond o Mario Elie, y tiradores infalibles como Jeff Hornacek, Steve Smith, Allan Houston o Dell Curry. En esta larga nómina de hombres exteriores, una lista casi inolvidable para los mitómanos del baloncesto de hace dos décadas, aparece un nombre algo menos brillante pero que, sin duda, dejó una huella importante en uno de los escenarios baloncestísticos más emblemáticos del mundo. El relumbrón de sus contemporáneos no le ha reservado un hueco en el Olimpo, pero el Madison Square Garden aún recuerda a John Starks.

La infancia de Starks no fue precisamente sencilla. Nacido en Tulsa, una de las principales ciudades del estado de Oklahoma, el pequeño John convivió durante su infancia con cuatro hermanos y dos hermanas, casi todos ellos de padres diferentes, un total de siete quebraderos de cabeza para Irene, una madre siempre pendiente de mejorar, en la medida de lo posible, la calidad de vida de su extensa familia. En este contexto, fue uno de sus hermanos mayores el que continuamente le retaba en la cancha de baloncesto, lo que le obligaba a esforzarse al máximo para poder conseguir arrebatarle un balón o meter una canasta, un rasgo de carácter que le acompañaría siempre que pisara el parquet, ese empeño por “jugar como un tigre”, como él mismo lo calificaba. A pesar de este pique continuo, Starks no empezó a jugar al baloncesto de forma organizada hasta su último año de instituto, en Tulsa Central High School, una experiencia finalmente positiva y que le hizo decidirse para intentar convertir el deporte de la pelota naranja en su modo de vida.

Cuatro universidades en cinco años
Sin embargo, la vida no iba a ser sencilla. Inscrito en una universidad de segunda fila, Rogers State College, el entrenador incluyó a Starks en una segunda unidad del equipo de baloncesto, un grupo de jugadores que solamente servían de sparring durante los entrenamientos para la plantilla oficial, sin posibilidad de jugar ni un solo partido. A ello se unían los problemas de conducta, que concluyeron con su expulsión cuando fue acusado del allanamiento de la habitación de un compañero de clase y el robo de un aparato estéreo. Northern Oklahoma College fue la elegida para el segundo curso, durante el que ya tuvo más oportunidades en el equipo de baloncesto. Incluso las autoridades universitarias y deportivas no le pusieron impedimento para que pudiera cumplir los cinco días en la cárcel a que había sido sentenciado por los altercados del curso anterior. Pero la cosa volvió a torcerse al curso siguiente, cuando ya jugaba con continuidad y promediaba más de 11 puntos por partido. Fue entonces cuando Starks fue sorprendido en su habitación fumando marihuana, motivo más que suficiente para la expulsión según las normas de la universidad.

Este segundo tropiezo en su errática conducta parecía dar al traste con sus intentos por hacerse un nombre en el baloncesto universitario, por lo que se buscó un trabajo ‘de verdad’ como dependiente del supermercado Safeway. Su nueva realidad le hizo darse cuenta de sus errores del pasado, por lo que intentó volver a la universidad, esta vez con claro propósito de enmienda para mejorar su formación en la rama de Empresariales. Una vez de nuevo en clase, esta vez en Tulsa Junior College, no pudo dejar pasar la oportunidad de enrolarse nuevamente en el equipo de baloncesto. Su buen rendimiento, en clase y, sobre todo, en la cancha, hicieron que Oklahoma State University, de mayor reputación dentro de la NCAA y su competición baloncestística, pujara por él.

Esta mejora de comportamiento y juego no fue refrendada por los equipos profesionales de baloncesto, que no confiaron en este menudo escolta con pasado problemático en el Draft de 1988. Sin embargo, sí había causado cierta buena sensación en algunos círculos, por lo que finalmente consiguió que los Golden State Warriors de Larry Brown le ofrecieron un contrato. Su primera experiencia NBA no fue demasiado positiva, con muy poca regularidad en sus minutos en cancha, lo que finalmente condujo a que la franquicia californiana le cortara sin terminar el curso. Sin embargo, el sueño ya había tomado forma y, con unos cuantos partidos sobre el parqué de la mejor Liga del mundo, la idea de ser baloncestitsta profesional se había convertido en una realidad al alcance de la mano. Las minoritarias Continental Basketball Association (CBA) y World Basketball League (WBL) fueron su refugio durante una temporada en la que compitió defendiendo los colores de Cedar Rapad Silver Bullets y Memphis Rockers, un trabajo callado que finalmente le valió una segunda oportunidad en la NBA.

El comienzo de una hermosa amistad
Los New York Knicks llamaron a su puerta para que probara en distintos campus de verano y en la pretemporada del equipo. Parecía que la garra derrochada sobre el parqué no iba a ser suficiente, a pesar de lo cual, Starks seguía esforzándose y dejando jugadas espectaculares en cada uno de los entrenamientos. La mala (o buena) suerte quiso que el joven escolta se lesionara la rodilla justo cuando intentaba hacer una acción de gran mérito, de esas que pueden garantizar un contrato en la NBA: un mate sobre Patrick Ewing, estrella del equipo de la Gran Manzana y uno de los pívots más reputados de la Liga. El convenio colectivo impedía que un jugador fuera cortado en caso de lesión e imponía un plazo máximo para asegurar la continuidad hasta final de temporada en caso de que la dolencia se prolongara. Y con esta argucia legal comenzó una de las historias de amor mutuo más intensas del baloncesto profesional, la de John Starks y el público del Madison.

El retorno de Starks a las canchas se produjo mediada la temporada 1990/91, justo en un partido ante los Chicago Bulls y la imponente figura de Jordan. Su intensa defensa sobre la gran estrella de la Liga le hicieron ganarse pronto el beneplácito del público en este primer partido con los Knicks, si bien su participación en el equipo no era aún protagonista. La llegada de Pat Riley al banquillo la temporada siguiente supuso un espaldarazo para el juego de Starks, dado el gusto del nuevo entrenador por el juego físico e intenso del escolta de Oklahoma, que se completaba con otros tipos duros de la plantilla como Charles Oakley y Anthony Mason.

Con “Mr. Gomina” a los mandos y Patrick Ewing como principal referencia ofensiva en el campo, los minutos en el campo y el rendimiento en la pista fueron creciendo, revelándose como un más que decente tirador de larga distancia, una defensor implacable y un buen generador de juego gracias a rápidas y poderosas penetraciones. Además, su entrega y un carácter explosivo también habían ayudado a que los fans le tomaran como referencia en el equipo, alguien que, al margen de sus condiciones técnicas, mostraba un deseo de ganar que, entre los habituales del Madison, se interpretaba como un amor incondicional a los colores. Celebraciones exaltadas, gestos de rabia y confrontaciones con sus defensores y defendidos son aún recordados por algunos seguidores, destacando anécdotas como el enfado de Jordan y Pippen que casi acaba en una pelea, el cabezazo propinado a Reggie Miller que el costó la expulsión o el pateo del balón tras una polémica decisión arbitral.

Sin embargo, a nivel colectivo, los Knicks y su mejorado juego se chocaban siempre con la supremacía de los Bulls en aquellos años, además de las encarnizadas luchas con dos de sus grandes rivales en la década de los 90, Indiana Pacers y Miami Heat. Precisamente uno de los sus enfrentamientos contra los indiscutibles campeones de aquellos años se produjo la jugada que elevaría definitivamente a Starks a los altares de los fans neyorkinos. El 25 de mayo de 1993, con apenas 50 segundos por jugarse en el igualado segundo partido de las Finales de la Conferencia Este en el Madison Square Garden, el escolta cogió el balón, dribló a BJ Armstrong, remontó la línea de fondo y desafió con un potentísimo salto a Horace Grant y Michael Jordan que intentaban taponarle, una jugada que, en el imaginario Knickerbocker se conoce únicamente como “The Dunk”.

Convertido en leyenda para sus propios seguidores, tocaba dar un golpe sobre la mesa de la NBA. Y éste llegó en la temporada 1993/94. Plenamente asentado como titular en el equipo y con una participación importante en minutos, Starks aprovechó el curso para elevar su rendimiento en la pista, registrando el mejor promedio de su carrera en puntos (19), asistencias (5,9) y robos de balón (1,6), cifras que le valieron su selección para la disputa del All-Star Game. Sin embargo, la felicidad no pudo ser completa y una grave lesión le apartó de los últimos meses de competición, algo que, afortunadamente, no arruinó la buena marcha del equipo, que siguió su camino hacia la post-temporada a pesar de la ausencia de su segundo máximo anotador, solamente por detrás de la titánica presencia de Ewing.

Afortunadamente, los plazos de recuperación de la lesión se fueron acortando, de modo que Starks pudo reincorporarse al equipo en los Play-Offs y ser importante en las Finales de la NBA contra Houston Rockets, las primeras de la franquicia neoyorkina en dos décadas. De hecho, después de mostrar un buen rendimiento durante casi todos los partidos, lo que ayudó a conseguir una ventaja de 3-2 para los de Nueva York, el séptimo partido en Houston fue uno de los peores recuerdos para Starks, con apenas dos canastas anotadas en todo el partido y un total de diez tiros fallados solamente en el último cuarto.

La competencia en la Conferencia Este volvía a ser máxima con la llegada de nuevas estrellas y, sobre todo, por el regreso de Jordan a los Bulls después de una retirada de un año y medio. Así, a pesar de que la química del equipo seguía siendo buena, los resultados finales fueron peores que los del año anterior, lo que hizo que el equipo se fuera desmembrando. El golpe más duro fue el fichaje de Pat Riley por Miami Heat, lo que supuso la llegada al banquillo de Don Nelson y la reducción del protagonismo de Starks en beneficio de Hubert Davis, un jugador menos querido por la afición pero con un carácter más dócil y más disciplina táctica. El experimento Nelson duró poco y pronto fue sustituido por Jeff Van Gundy, que volvió a situar a Starks como titular. Sin embargo, los tiempos habían cambiado y era momento de ir reestructurando el equipo, algo que afectó de forma especial al escolta de Oklahoma cuando los Knicks ficharon a Allan Houston, uno de los mejores tiradores de la Liga. Con la titularidad perdido en beneficio del nuevo fichaje, Starks no se desanimó y siguió trabajando con intensidad, aunque con menos presencia en pista. A pesar de ello, sus promedios anotadores se mantuvieron por encima de los 13 puntos por partido, lo que le valió el premio del Mejor Sexto Hombre en la temporada 1996/97.

Despedida y cierre
Tras dos años de suplencia y buenas actuaciones a pesar de la reducción de minutos en pista, los Knicks buscaban nuevas piezas para mantener un buen nivel en la competición. De este modo, Starks fue enviado a cambio de Latrell Sprewell a Golden State Warriors, su primer equipo en la NBA, aunque con una suerte bien distinta a aquella primera temporada tras la universidad. En California, el escolta recuperó la titularidad y vio aumenta sus minutos de juego, aunque sus prestaciones no se vieron muy beneficiadas por este aumento de protagonismo, manteniendo buenas medias aunque mostrando una menor explosividad en sus movimientos y un acierto algo menor en sus tiros lejamos. A pesar de abandonar la Gran Manzana, los aficionados neoyorkinos no olvidaban a su carismático jugador, que ha sido recibido con sonoras ovaciones siempre que ha acudido al Madison, más como público que para jugar. Y así, con unos promedios anotadores menguantes, la carrera de 13 años de Starks en la NBA se fue apagando con un fugaz paso por Chicago Bulls y dos temporadas en Utah Jazz.

Después del baloncesto, la vida de Starks se ha dedicado a los comentarios televisivos de partidos de sus queridos Knicks, a una breve experiencia como entrenador del espectacular slamball, a la inversión en diferentes empresas, la más importante una marca de zapatillas, y, sobre todo, a la creación de John Starks Foundation, una asociación que trabaja en Tulsa y otras localidades de Oklahoma con familias en riesgo de exclusión social o con falta de recursos para una buena alimentación o la educación de los más pequeños.

El eterno '3'

Al no haber conseguido llevarse el gato al agua en las Finales de 1994, John Starks no figura en el Olimpo de jugadores con su número retirado en el Madison Square Garden, como sí lo hacen los héroes de los títulos de 1970 y 1973 o su compañero Patrick Ewing, líder histórico de la franquicia en gran parte de las categorías estadísticas. Sin embargo, el escolta de Oklahoma siempre será el número 3 de los Knicks para muchos aficionados, entre ellos el director de cine Spike Lee, que frecuentemente luce su camiseta en la silla a pie de pista que ocupa desde hace décadas en el pabellón neoyorkino. Los aficionados más jóvenes quizás recuerden mejor a otros que, a pesar de la legendaria presencia de Starks, han decidido llevar este número en los Knicks, como Stephon Marbury, Tracy McGrady o, más recientemente, Kenyon Martin, jugadores que no han conseguido hacer olvidar a ese menudo tirador que lucha “como un tigre” cada posesión.

Información complementaria

lunes, 17 de septiembre de 2012

El posible regreso de los SuperSonics

La desaparición de los Seattle SuperSonics en el año 2008 fue una triste noticia para los seguidores del deporte de la ‘pelota gorda’, mucho más cuando se conocieron algunos de los tejemanejes que hubo tras ese operación empresarial. Sin embargo, apenas cuatro años después de que el balón dejara de botar sobre el parqué del Key Arena, los aficionados de la ciudad portuaria del estado de Washington podrían estar de enhorabuena. El ayuntamiento de Seattle ha llegado a un acuerdo con unos inversores privados para llevar a cabo la construcción de un nuevo pabellón para baloncesto y hockey sobre hielo en una zona cercana a los estadios de los equipos de fútbol americano y béisbol de la ciudad, los Seahawks y los Mariners.

La operación se estima en unos 490 millones de dólares, de los que las arcas públicas aportarán unos 200. Además de diversas condiciones de explotación y futura compraventa o adquisición total de la infraestructura por parte de los inversores, el acuerdo incluye un apartado de unos 40 millones para mejorar las comunicaciones si el nuevo pabellón supusiera prejuicios al tráfico de la zona. A pesar de que todo está en ciernes y que quedan varios años de construcción antes de que el baloncesto vuelva a la ciudad del ‘grunge’, los aficionados han recibido con agrado este acuerdo, que tiene más de negocio urbanístico que de amor por el deporte de la canasta, e incluso se rumorea ya con la adquisición de alguna franquicia, como los Sacramento Kings, en caso de que la NBA no cree nuevas plazas en la competición.

De este modo, los colores verde, blanco y dorado de los SuperSonics podrían volver a hacer su aparición en las canchas de la Liga después de que los aficionados de Seattle fueran desposeídos de su equipo tras cuarenta años de historia. De consumarse todas las operaciones en marcha, algo que todavía se dilatará algunos años más, el nuevo equipo conservaría su denominación de antaño y los dorsales retirados, acuerdo al que llegaron los actuales propietarios de la franquicia con las autoridades locales antes de su mudanza al Medio Oeste, y sería la NBA quien tendría que decidir si los títulos y el historial de récords del club corresponderían al nuevo equipo de Seattle o a los ‘usurpadores’ Oklahoma City Thunder.

Cuatro décadas de baloncesto
En diciembre de 1966, un grupo de empresarios de la ciudad de Seattle, encabezados por Sam Schulman, recibieron la noticia de que la ciudad contaría con un equipo en la NBA. Ya en la siguiente temporada, la 1967/68, los Seattle SuperSonics, cuyo nombre se debe al proyecto de la compañía Boeing de fabricar el primer avión supersónico, debutaron en la Liga con un balance de 23 victorias y 59 derrotas liderados por Walt Hazzard. La estrella de este primer año de vida de los Sonics fue traspasada a Atlanta Hawks a cambio de una de las figuras capitales de esta franquicia tanto dentro de la cancha como en el banquillo, Lenny Wilkens, que añadió a sus responsabilidades de jugador de referencia la tarea de entrenador el año siguiente a su llegada.  

Con la paulatina mejora de los resultados, el equipo de Seattle fue haciéndose con nuevas piezas, como Spencer Haywood o Fred Brown, que entraron en la plantilla en la primera temporada ganadora del equipo, la 1971/72, que concluyó con un balance de 47-35. A pesar de ello, tendrían que esperar a la llegada de un nuevo entrenador, el mítico Bill Russell, para clasificarse para los Play-Offs por primera vez en el curso baloncestístico 1974/75. De este modo, la franquicia de expansión fue convirtiéndose en menos de una década en un habitual de la post-temporada, alcanzado su primero título de Conferencia y, por tanto las Finales de la NBA en 1978, temporada de regreso de Lenny Wilkens al banquillo después de un comienzo bastante irregular de los de Seattle. A pesar de alcanzar esta ansiada meta, la de reivindicarse como uno de los mejores equipos de la Liga, el esfuerzo no fue suficiente para doblegar a los Washington Bullets de Wes Unseld y “Big E” Elvin Hayes, a los que exprimieron hasta alargar la serie a siete partidos.
Sin embargo, el tiempo no tardaría en darles la oportunidad de vengarse de esa oportunidad perdida. En el curso 1978/79, los de Seattle mejoraron su balance de victorias (52-30) hasta alcanzar el primer puesto de su Conferencia, que entonces eximía de jugar la primera ronda eliminatoria. En los Play-Offs, los Sonics se deshicieron con suficiencia de Los Angeles Lakers (4-1) y con ciertos apuros de los Phoenix Suns (4-3) para alcanzar un nuevo banderín de la Conferencia Oeste y el pasaporte a las Finales, una vez más contra el equipo capitalino. En el primer partido en Washington, los Bullets salieron muy concentrados, llegando al último cuarto con 18 puntos de ventaja, si bien el empuje ‘supersónico’ empató el partido y fue un tiro de Larry Wright sobre la bocina el que dio la victoria a los locales. Los de Wilkens no querían que eso volviese a pasar, por lo que se aplicaron en controlar el ritmo del segundo encuentro, sobre todo en la segunda mitad, consiguiendo romper el factor cancha. Con la serie instalada en Seattle, los Sonics no dejaron escapar ninguno de los dos partidos, aunque unos Bullets con el agua al cuello se lo pusieron difícil en el cuarto encuentro, que se decidió por apenas dos puntos en la prórroga con un tapón de Dennis Johnson a cuatro segundos para el final. Finalmente, el Capital Centre de los Bullets fue el lugar en el que el equipo formado por el joven pívot Jack Sikma, el polivalente base-escolta Dennis Jonson (MVP de las Finales y posteriormente leyenda con los Boston Celtics), el Sonic de por vida Fred Brown y el anotador Gus Williams se alzaron con el único título de “World champions” que cuelga del Seattle Center Colisseum, posteriormente Key Arena.

A pesar del espaldarazo que el título nacional supuso para los de Lenny Wilkens, el éxito le sería esquivo a la franquicia de Seattle. En la siguiente temporada se mantuvo gran parte del núcleo duro del equipo y, aunque con un ligero empeoramiento de los resultados, los Sonics consiguieron meterse en la post-temporada y hacer su camino hasta la final de la Conferencia Oeste, donde los Lakers, a la postre campeones, les eliminaron en cinco partidos. Con esta derrota, el sueño llegaba a su fin, dando paso a una época en la que el cambio de propietarios, el abandono de piezas clave como Wilkens o Sikma y una cierta desorientación en la gestión deportiva hicieron caer a los Sonics en la mediocridad. Ya a finales de la década de los 80, los de Seattle verían un camino algo más luminoso, aunque aún lejano del éxito de 1979, gracias a un equipo dominado por el ‘power trio’ de Xavier McDaniel, Tom Chambers y Dale Ellis.

Sin embargo, para reverdecer laureles, hubo que renovar por completo la plantilla y la dirección técnica. De este modo, entre 1989 y 1992, los Sonics hicieron un esfuerzo por ir incorporando las piezas más importantes del que será, en 1996, su tercer asalto al título de la NBA. En 1989, el recién llegado será Shawn Kemp, ídolo de la afición de Seattle durante casi una década, mientras que un año después hará su aparición uno de los bases más imaginativos e intensos de las últimas décadas, Gary Payton. Para redondear una escuadra dispuesta a ser importante en las siguientes temporadas, George Karl, experimentado técnico a ambos lados del Atlántico, se sentó en el banquillo desde 1992. Con estos mimbres, los Sonics fueron alcanzando los mejores resultados de su historia durante la temporada regular, aunque con participaciones desiguales en Play-Offs (final de Conferencia en 1993 perdida ante los Suns y eliminaciones en primera ronda en 1994 y 1995).

Este periodo de ‘calentamiento’ hizo que el equipo ‘estallara’ en la temporada 1995/96. Después de los seis meses de competición, los Sonics acabaron un balance de 64-18, el mejor de su historia, solamente superado por el 72-10 de los Chicago Bulls de Michael Jordan. En la post-temporada, el dúo Payton-Kemp no tuvo problemas para deshacerse de Sacramento Kings (3-1) y Houston Rockets (4-0), a pesar de que defendían título NBA. Los problemas llegaron en la final de Conferencia, en la que los potentes Utah Jazz, que se colarían en las Finales de la NBA las dos temporadas siguientes, les obligaron a llegar hasta el séptimo partido para hacerse con el tercer banderín de campeones de la Conferencia Oeste y para acceder a la ronda definitiva. En las Finales, los Sonics no pudieron derrotar a los triunfantes Bulls en estado de gracia, aunque hicieron un papel más que digno ganando dos de sus partidos en casa por diferencias de 21 y 11 puntos. Dirigidos desde la banda por Karl y liderados por Payton y Kemp, aquella plantilla incluía algunos de los grandes de la historia de la franquicia de Seattle, como el polivalente alero alemán Detlef Schrempf, el veterano pívot Sam Perkins, el trabajador base-escolta Nate McMillan y el eficiente escolta Hersey Hawkins, entre otros.

Como ocurrió después del título de 1979, el equipo fue sufriendo un lento ocaso hacia una nueva era de mediocridad. A pesar de firmar dos buenas temporadas alrededor de las 60 victorias en liga regular, los Sonics ya no eran el equipo de moda y se veían castigados por encuadrarse en una Conferencia Oeste que contaba con demasiadas plantillas potentes (Utah Jazz, Houston Rockets, Los Angeles Lakers), sufriendo derrotas ante ellos en los Play-Offs. Además, en los siguientes años, la franquicia ve cómo sus principales pilares abandonan el barco entre 1998 y 1999 con la retirada de McMillan, el traspaso de Kemp a los Cleveland Cavaliers o la renuncia de George Karl, un proceso que se culminó en 2003 con la marcha de Gary Payton.

La travesía por el desierto que ha supuesto la NBA para los Sonics desde finales de los noventa hasta su conversión en Thunder y su traslado a Oklahoma en 2008 se ha visto jalonada por campañas desiguales en los resultados, instalándose en una clase media de la Liga que no siempre aseguraba la clasificación para las eliminatorias de post-temporada. A pesar de ello, los de Seattle han firmado algunas temporadas exitosas, consiguiendo 52 victorias en 2004/2005, además de asegurarse la llegada de algunos buenos jugadores que han hecho disfrutar a los seguidores del Key Arena, como Ray Allen, Rashard Lewis, Brent Barry, Vin Baker o Kevin Durant. El punto y seguido a la historia de más de cuatro décadas de los SuperSonics fue la temporada con peor balance de su historia, un 20-62 que obedecía más a los intereses de sus propietarios de trasladar la franquicia que al tradicional espíritu de crecimiento y superación que ha caracterizado al equipo de Seattle.

La polémica mudanza
El traslado de la franquicia de Seattle a Oklahoma City supuso un gran revuelo entre los aficionados al baloncesto, principalmente en el estado de Washington, pero también en todo el mundo. La operación se inició en octubre de 2006, cuando un grupo de inversores encabezado por Clayton Bennett se hizo con la franquicia, lo que generó gran cantidad de rumores dado que los nuevos propietarios no estaban instalados en la zona, sino que eran naturales de Oklahoma. A pesar de ello, los nuevos gestores tranquilizaron a los seguidores asegurando que el equipo permanecería en la ciudad y comprometiéndose con el ayuntamiento de Seattle al uso del Key Arena durante los siguientes años.

Sin embargo, Bennett pronto comenzaron a tensar las relaciones con las autoridades locales pidiendo inversiones públicas para la construcción de un nuevo pabellón, si bien la ciudad se había mostrado en varias ocasiones reacia de acometer ese tipo de obras con anterioridad a demanda de los anteriores propietarios. A pesar de que la negativa de implicación pública era conocida desde tiempo antes de la compraventa de la franquicia, los nuevos gestores se hicieron los sorprendidos por la decisión municipal y, gracias a una temporada mala en lo deportivo y, por tanto, en las audiencias televisivas y en la venta de entradas y ‘merchandising’, vieron razones suficientes para cumplir sus planes de trasladar la franquicia a su ciudad de origen, Oklahoma City, que casualmente estrenaba un pabellón financiado con fondos públicos y de las empresas del grupo inversor.

La escasa ligazón de Bennett y los suyos con el equipo de Seattle se muestra en que solamente se llevaron de esta ciudad la plaza en la competición, creando una nueva franquicia con distintos colores y una nueva denominación y dejando allí el nombre de SuperSonics, las banderolas de campeones de Conferencia y de la NBA, unos colores con más de cuatro décadas de tradición y seis números retirados, los de Gus Williams (1), Nate McMillan (10), Lenny Wilkens (19), Spencer Haywood (24), Fred Brown (32) y Jack Sikma (43).

miércoles, 8 de agosto de 2012

La leyenda perfecta

En el año 1992, se dieron las circunstancias perfectas para que el USA Basketball, federación norteamericana del deporte de la ‘pelota gorda’, sorprendiera a los aficionados y al mundo entero con el que se ha calificado como la plantilla de mayor talento jamás reunida, un equipo de ensueño, el Dream Team. El 8 de agosto de 1992, hace exactamente veinte años, se produjo un día feliz y triste para el baloncesto, la consecución de la medalla de oro por parte de esta selección sin flaquezas y el convencimiento de los seguidores de que nunca podrían volver a ver nada como lo ocurrido en aquellas seis semanas del verano del 92.

El levantamiento de la prohibición del Comité Olímpico Internacional a que los jugadores profesionales de la NBA pudieran participar en los Juegos Olímpicos supuso el primer paso para la conformación de este equipo de ensueño, unido a las ganas de muchos de estos baloncestistas a defender el honor de su país después de que la URSS le arrebatara el oro en varias ocasiones (Munich’72, Seúl’88) a los jóvenes jugadores universitarios de EEUU. Además, coincidía con la convivencia en la Liga de dos de las generaciones más brillantes del baloncesto norteamericano, jugadores convertidos en mitos incluso durante su carrera, lo que confería a este equipo una aureola tanto deportiva como publicitaria y mediática aún mayor. De este modo, el Team USA de los Juegos Olímpicos de 1992, bautizado como Dream Team antes de saltar a la cancha, incluiría al jugador más determinante del momento con su fiel escudero, los dos mayores rivales de la década anterior jugando por primera vez juntos en el ocaso de sus carreras, algunas de las nuevas estrellas llegadas a la NBA desde finales de los 80 y un jugador universitario, por aquello de mantener la ilusión de que el sueño americano es realizable.

El Dream Team se configuró con unos mimbres que, por calidad técnica, superioridad física y capacidad de trabajo, hacían prácticamente invencible a este equipo ni siquiera en su día más desacertado. Los líderes dentro y fuera de la cancha eran Michael Jordan y Earvin “Magic” Johnson, que compartía la capitanía con Larry Bird. Estos tres nombres míticos estaban rodeados por poderosos pívots como David Robinson y Patrick Ewing, trabajadores interiores como Charles Barkley y Karl Malone, el inmaculado tiro de Chris Mullin, la potencia en ambos lados de la cancha de Scottie Pippen, la espectacularidad de Clyde Drexler y cerebro organizador de John Stockton, además de la presencia testimonial de Christian Leattner, que venía de ganar dos títulos de la NCAA con la Universidad de Duke. Y para conjugar todo ello, el cuerpo técnico formado por Lenny Wilkens, P. J. Carlesimo y Mike Krzyzewsk estaba encabezado por el entrenador Chuck Daly, uno de los preparadores más concienzudos de la NBA del momento, tanto en los aspectos del juego como en la motivación de los grupos. Y es que, tal y como afirmó Barkley, “Daly ha entrenado a los Pistons, y si ha podido hacerlo con esa panda de cabrones, puede entrenar a cualquiera”. Con estos ingredientes, no se podía perder.

La conformación de este elenco de jugadores fue el primer quebradero de cabeza para el USA Basketball. Un año antes de los Juegos Olímpicos de Barcelona, los responsables se pusieron manos a la obra para reclutar a los mejores baloncestistas disponibles en la NBA. Jordan no se mostró muy convencido, pensando que sería el único jugador de peso que acudiría a la cita olímpica, y no dio su ‘sí quiero’ hasta que los otros diez jugadores NBA, mucho menos escépticos que él con la propuesta del USA Basketball, hubieron aceptado. Otra de las exigencias de la estrella de los Bulls era la no inclusión en la plantilla del base Isiah Thomas, una de las debilidades de Daly al haber sido su entrenador en los Pistons de los ‘Bad Boys’, dada su mala relación tras los tensos enfrentamientos de los de Chicago con los de Detroit.

Con tanta calidad entre sus manos y el revuelo mediático creado durante el reclutamiento, el primer trabajo de Daly era convertir a aquel elenco de jugadores de nivel estratosférico en un verdadero equipo conjuntado, “cambiar la mentalidad de All-Star por la de un equipo”, en palabras del propio entrenador. Así, después de unos cuantos entrenamientos en los que los piques entre jugadores en la misma posición fueron la nota dominante, el cuerpo técnico planeó un partido contra un equipo universitario para tomar el pulso de la tensión competitiva de los jugadores. Aquel encuentro supuso un serio toque de atención, ya que el conjunto conformado por futuros NBA como Bobby Hurley, Chris Webber, Anfernee Hardaway, Grant Hill o Allan Houston se mostró mucho más serio que las superestrellas y se llevó el partido por 54-62. La derrota se silenció, pero sí sirvió para que los jugadores se tomaran más en serio la preparación. Tanto fue así que el partido se repitió unos días después con un resultado bien distinto.

El primer escollo que tuvo que superar el primer equipo de jugadores NBA en competiciones internacionales fue el Torneo de las Américas, clasificatorio para los JJOO de Barcelona y celebrado en el Rose Garden de Portland apenas un mes antes de la cita olímpica. Esta competición fue un auténtico paseo de los jugadores del Dream Team desde la victoria inaugural ante Cuba por 77 puntos hasta la final contra Venezuela. Y es que, además del entusiasmo de los aficionados al jugar en casa, los jugadores rivales no podían evitar emocionarse y mostrar su admiración a los trabajadores antes, después e, incluso, durante los partidos.

Con la clasificación asegurada y la preparación por buen camino, el Team USA salió por fin de EEUU, pudiendo comprobar a su llegada a Europa y, sobre todo, a Barcelona la gran expectación creada a su alrededor, con miles de seguidores esperando junto al hotel o el campo de entrenamiento antes de cada desplazamiento y ruedas de prensa atestadas de periodistas de todos los países y de publicaciones más allá de los temas deportivos. Y es que la presencia de jugadores NBA en una competición internacional bien merecía este revuelo entre los fans y los medios de comuniación, máxime cuando el equipo estaba formado por algunos de los mejores baloncestistas de todos los tiempos, diez de ellos incluidos en la selección de cincuenta jugadores que la NBA realizó con motivo de su cincuentenario en 1999.

Sin embargo, antes de eso, todavía quedaban unos días de cierta tranquilidad, entrenamientos e intensa convivencia en Montecarlo. En medio del lujo del principado mediterráneo, los jugadores aprovecharon para relajarse jugando a las cartas o al golf, gran pasión de Jordan y Daly, lo que les ayudó a mejorar su relación, y para ir desarrollando una mejor relación entre ellos, lo que dio lugar a amistades impensables antes de la preparación. Sin embargo, aún quedaban algunas asperezas que limar para mejorar la química del equipo. Y es que el doble liderato de Jordan y “Magic” daba lugar a habituales piques y concursos de habilidades en los entrenamientos, una rivalidad que la estrella de Chicago no llevaba nada bien y que el base de los Lakers acrecentaba con su habitual sentido del humor (un ejemplo se produjo en una sesión de fotos junto a Jordan y Bird, en la que Johnson dijo en tono de broma “no voy a acercarme demasiado a Michael no vaya a ser que piten falta”). Para solucionar esta disputa, Daly propuso un partido entre ambos jugadores junto a los cuatro compañeros que eligieran. Para desgracia de “Magic”, el entrenamiento concluyó con victoria para el equipo de Jordan, después de que el escolta diera lo mejor de sí mismo para demostrar que era el jugador más determinante del momento.

Con todas las rencillas solventadas y una química a prueba de bombas, la competición se inició en Barcelona y el equipo de ensueño no hizo sino lo que se esperaba de él. El 116-48 con el que iniciaron su participación ante Angola fue el preludio de un campeonato inmaculado, con un juego dominado por la velocidad en ataque, ya fuera en contraataques o en rápidos ataques posicionales, y una defensa intensa, promediando más de 117 puntos por partido, superiores aunque siempre respetuosos con los rivales. Solamente Toni Kukoc, sobredefendido por un un motivado y celoso Pippen antes de su llegada a los Bulls en el partido de la fase de grupos, y algunos jugadores interiores de Angola, que pagaron los malos humos de Barkley, pueden tener queja del Team USA, más allá del maltrato baloncestístico al que sometieron a todos sus oponentes (Angola, Alemania, Brasil, España, Puerto Rico, Lituania y Croacia en dos ocasiones).

El colofón final tuvo lugar el 8 de agosto de 1992, tras un partido contra Croacia en la que, a pesar de ponerse por encima mediada la primera parte, los balcánicos no pudieron hacer nada contra el poderío norteamericano y sucumbieron por 85-117. Una medalla de oro más que previsible pero más que deseada y un espaldarazo sin parangón para la popularidad en todo el mundo de la NBA y del baloncesto en general.

Epílogo
Subidos al podio para recibir las medallas, dos jugadores que lo han sido todo para el deporte de la ‘pelota gorda’, “Magic” Johnson y Larry Bird, se despedían para siempre de la práctica deportiva. El primero, ya apartado de la profesionalidad la temporada anterior al conocerse que era portador del virus del SIDA aunque aún capaz de sorprender a propios y extraños. El segundo, castigado por las lesiones y lejos de la genialidad que regalara años antes a los habituales del Boston Garden. “Éste es el final. Así es como quiero acabar”, reconoció haber pensado la eterna sonrisa de los Lakers mientras escuchaba “Star splangled banner” en el Palau Olimpic de Badalona.