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martes, 15 de octubre de 2013

Fin de lo que pudo ser una leyenda

Su historia tenía todos los alicientes para convertirse en una de esas leyendas de superación y éxito que el deporte, no solamente el de la pelota gorda, regalan a veces a sus seguidores. Sin embargo, la realidad ha sido más tozuda y, unida a un poco de mala suerte, han hecho que el cuento de hadas termine antes de tiempo y sin el brillo que se pronosticaba. Después de ser una estrella universitaria, plantar cara a una enfermedad crónica y superar una grave lesión de rodilla, de asombrar con un carisma especial y un look más que llamativo, Adam Morrison se retira del baloncesto activo y pasará a formar parte del cuerpo técnico de la Universidad de Gonzaga, donde militó durante tres temporadas, mientras concluye sus estudios. De este modo, el que fuera proyecto de estrella baloncestística se unirá a su mentor, Mark Few, y aconsejará a los jóvenes estudiantes sobre los avatares que les esperan en el paso al profesionalismo.

Es cierto que cualquier prometedor proyecto de alero blanco es siempre comparado con Larry Bird, pero puede que Morrison fuera el primero que pudiera convertirse verdaderamente en el heredero de Larry Legend, uno de los principales ídolos dentro de un vasto universo cultural y deportivo de este baloncestista. Algo menos creativo a la hora de crear juego y con una actitud defensiva más perezosa que el de Indiana, Morrison contaba con la enorme capacidad anotadora de Bird, además de una capacidad de liderazgo y una desmedida pasión por la victoria, además de una aspecto algo alejado de los stándares de un deportista profesional, con diferentes estilismos capilares, siempre con melena, y un bigote que, una vez más, recordaba al ídolo de los 80.

Nacido en un pequeño pueblo de Montana, Glendive, Morrison empezó a practicar baloncesto muy pronto, dado que su padre era entrenador de instituto y le inculcó desde joven los fundamentos técnicos de este deporte. La infancia itinerante en pos de los nuevos destinos de su familia concluyó en Spokane, una ciudad mediana del estado de Washington, sede de la Universidad de Gonzaga, entidad a la que se verá asociado desde su mudanza en adelante. Y es que, nada más llegar al que sería su nuevo hogar con apenas diez años, y siempre con una pasión desmedida por el deporte del balón naranja, se enroló en la organización universitaria como recogepelotas, lo que le permitió estar presente en todos los partidos y muchos entrenamientos.

Un enfermedad para toda la vida
Su progresión no era ningún secreto para los ojeadores locales, que incluso le invitaban a campus con jugadores de mayor edad, si bien nunca fue considerado uno de los mejores proyectos de su generación, a pesar de su rendimiento en la cancha. Durante uno de estos talleres de trabajo técnico y táctico, con la edad de 13 años, Morrison tuvo que enfrentarse al primer gran escollo en su carrera. Durante los días de entrenamiento, el joven alero fue perdiendo peso de forma exagerada, un proceso que culminó con el desmayo durante una de las sesiones el 2 de mayo de 1999. Tras varias pruebas en el hospital, el diagnóstico confirmó que el problema era una diabetes tipo 1, una enfermedad crónica que le haría esclavo de una dieta estricta y de la necesidad de inyectarse insulina frecuentemente, algo prácticamente incompatible con la vida de un deportista profesional.

Pero por aquel entonces, el baloncesto era solamente un juego, a pesar del carácter ganador que siempre le había acompañado, por lo que siguió compitiendo en su instituto, el Mead Senior High School, donde fue haciéndose un jugador indispensable en los esquemas de juego gracias a su facilidad anotadora y su liderazgo sobre la pista. Así, en sus cuatro años, fue el máximo anotador del equipo, logrando el récord de su conferencia con 1.904 puntos en una de las temporadas. En su último año, su instituto consigue llegar a la final de estado de Washington, un partido épico que Morrison tuvo que jugar fuertemente mermado por una hipoglucemia, a pesar de lo cual logró anotar 37 puntos que no ayudaron a conseguir la victoria.

En casa como en ningún sitio
Llegaba la hora de dar el salto a la universidad, y Gonzaga parecía el lugar más indicado. Allí podría saciar sus inquietudes intelectuales, que junto con su aspecto le había granjeado una fama de tipo estrafalario en la ciudad, sobre todo para un atleta, y permanecer cerca de casa para estar más arropado en su enfermedad, con la que ya había aprendido a vivir, inoculándose solo la insulina prácticamente desde el comienzo de su tratamiento. De esta forma, pronto se convirtió en una celebridad en su campus, como después lo sería en el seno de la NBA, gracias a su espíritu de superación de su enfermedad y a sus polémicas declaraciones políticas, su carácter intelectual, su reconocida defensa de las tendencias de izquierdas, esas tan poco presentes en el espectro político de EEUU, su admiración por el “Ché” Guevara, su interés por las tesis del marxismo-leninismo y su gusto por el heavy metal y estilos afines.

De la mano de Mark Few y con el número 3 a la espalda, Morrison fue progresando en su juego y en su importancia en al pista. En su primer curso, el equipo fue el mejor de su Conferencia con 11,4 puntos de aportación del joven alero. El segundo año, ya con más galones en los esquemas de Gonzaga, sus prestaciones subieron hasta 19 puntos por partido, logrando una vez más ser el mejor equipo de la WCC. Ya convertido casi en un ídolo en su tercera temporada en los Bulldogs, Morrison promedió 28,1 puntos por partido, con 13 partidos por encima de los 30 y un máximo de 40 puntos frente a Loyola Marymount. Este rendimiento le llevó a una rivalidad a distancia con el base de Duke J. J. Reddick como gran revelación de la temporada, una competición que se saldó con un MVP compartido por los dos jugadores. 

A nivel colectivo también fue el mejor año para los Zags, logrando colarse en el Sweet Sixteen, a apenas un par de pasos de la Final Four de la NCAA, si bien un competido partido contra UCLA, saldado con una pérdida de balón en la última posesión del pívot J. P. Batista, el segundo mejor jugador del equipo durante la temporada. Ese sería su último partido en Gonzaga, ya que había decidido dar el salto a la NBA antes de que su enfermedad le dificultara aún más la tarea, por lo que no pudo evitar echarse a llorar sobre el parqué al no haber podido poner la guinda al pastel, un requisito indispensable para su carácter ganador.

Sus buenos años en Gonzaga le habían abierto la puerta del baloncesto profesional, y su trabajo había costado. Mientras sus compañeros podían llevar una dieta normal para un deportista, con copiosas y energéticas comidas varias horas antes de los partidos, Morrison tenía que comer un par de filetes, una patata y unos guisantes apenas 2 horas y cuarto antes de cada encuentro, además de tener siempre dosis suficientes de insulina, que en su vida diaria llevada en una bomba pegada al pecho, en el banquillo, ya que llegaba a pincharse entre tres y cinco veces en cada partido, unas rutinas que tuvo que compaginar también, esta vez con más dificultades dados los continuos viajes y cambios de horario, en su vida profesional.

Después de tres años de creciente estrellato universitario, misteriosamente Morrison no se encontraba entre los jugadores más deseados para el Draft de 2006 según periodistas y expertos, lo que hacía que su futuro fuera una nueva incógnita. Sin embargo, su MVP no pasó desapercibido para Michael Jordan, que se acababa de hacer cargo de la dirección de la recién creada franquicia de Charlotte Bobcats, y decidió darle una oportunidad al joven alero. Un más que digno número 3 del Draft por detrás de Andrea Bargnani y LaMarcus Aldridge y grandes expectativas en una joven franquicia con malos resultados en sus únicas dos temporadas en la Liga.

De estrella a último recambio
Su deber fue esperanzador, con 14 puntos y 3 rebotes y, después de un partido de 30 puntos contra Indiana Pacers, el 35 se convirtió en la camiseta favorita en Charlotte, mientras que su peculiar aspecto con pelo largo y bigote también era imitado en las gradas Time Warner Cable Arena con pelucas y postizos. Sin embargo, su escasa implicación defensiva hizo que Bernie Bickerstaff le relegara a un papel más secundario en la rotación. Aún así, la temporada concluyó con 11,8 puntos y 2,9 rebotes de promedio, a pesar del descenso de protagonismo.

Sin embargo, su inicio más o menos prometedor se cortó de repente el 21 de octubre de 2007, en un partido de pretemporada contra Los Angeles Lakers mientras Morrison defendía a Luke Walton. Las pruebas médicas revelaron que la consecuencia de aquella dolorosa caída causó la rotura del ligamento cruzado anterior de su rodilla, una lesión que le mantuvo apartado de las canchas toda su segunda temporada, la 2007/08, y parte de la tercera. Su regreso, mediado el curso 2008/09, no fue nada exitoso, ya que el nuevo entrenador, Larry Brown, tenía más que decidida su rotación habitual y no estaba dispuesto a incluir en ella a un poco experimentado proyecto de estrella con poca inclinación hacia la defensa y que no había recuperado su facilidad anotadora después de la grave lesión. Así, en 44 partidos, sus promedios cayeron a 4,5 puntos y 1,6 rebotes, un papel testimonial que le relegó a servir como moneda de cambio, junto a Shannon Brown, para que Charlotte consiguiera a Vladimir Radmanovic.

Una vez en los Lakers, sus minutos sobre el parqué fueron nuevamente en descenso, aunque al menos estaba enrolado en un equipo ganador con una química en el vestuario más placentera que la de los perdedores Bobcats, un lugar en la que su peculiar carácter intelectual era bien aceptado, sobre todo por su entrenador, Phil Jackson, que le regaló varios libros de interés, como la biografía del “Ché” Guevara. Gracias a ello, y con el número 6 a la espalda, logró levantar dos títulos de Campeón, aunque con aportaciones simbólicas de 1,3 puntos en sus ocho partidos en 2009 y 2,4 en sus 31 encuentros la campaña 2009/10. La nueva temporada marcaba un nuevo inicio, otra vez en un equipo con sistemas de juego menos definidos ya que se encontraban en busca de una nueva estrella. Sin embargo, Morrison tampoco consiguió encajar en Washington Wizards, donde fue cortado antes del inicio de la temporada después de varios campus de entrenamiento.

Buscando un futuro más brillante
Un año en blanco no ayudaba a un posible regreso a la NBA, por lo que, con el fin de volver a sentirse importante, el peculiar y prometedor alero decidió probar en Europa durante la temporada 2011/12 para no desaprovechar su talento. Belgrado fue su destino, atraído por la fogosidad del público del Estrella Roja, muy similar a la de su alma máter Gonzaga, y el inicio fue más que prometedor. Líder de anotación del equipo y plenamente integrado para defender los colores, se ganó a la grada con su amplio repertorio de movimientos ofensivos y por un recobrado espíritu ganador, que le llevaba a celebrar sus canastas, hacer toda clase de gestos e, incluso, a tener sus más y sus menos con algunos jugadores rivales (y, por tanto, con los árbitros) durante los partidos. 8 partidos, 15,5 puntos y 3,1 rebotes por noche le hicieron volver a sentirse importante, por lo que abandonó la disciplina del Estrella Roja en busca de aspiraciones mayores, ya fuera en Europa o en la NBA.

Su reaparición no había causado tanta sensación en los círculos baloncestísticos como él había creído, por lo que, después de un par de meses sin jugar, tuvo que conformarse con la atracción del dinero turco. De este modo, el alero recaló en el Besiktas, donde rindió a buen nivel con 11,8 puntos aunque se quejaba de la ausencia de minutos de juego. Estas tensiones con el entrenador acerca de su protagonismo en el juego hicieron que se retirara voluntariamente del equipo después de tres meses enrolado en la disciplina del equipo, aunque sin causar tanta impresión en Estambul como en la capital serbia.

La aventura europea le sirvió para que los equipos NBA volvieran a abrirle las puertas, aunque los interesados tomaron toda clase de precauciones para no terminar de comprometerse del todo. Así, Morrison pasó por los campus de entrenamiento en Brooklyn Nets, Los Angeles Clippers y Pórtland Trail Blazers, los más interesados en su incorporación, aunque finalmente un nuevo corte antes de iniciar la temporada le dejó en la estacada y, después de otra temporada completa sin jugar, con casi 30 años de edad, el alero no se ve animado para un nuevo comienzo sobre la cancha. Habrá que marcarle de cerca en los banquillos para comprobar su adaptación.

lunes, 15 de julio de 2013

El equipo que pudo reinar

En ocasiones, un club consigue juntar una buena generación de jugadores que, gracias a su calidad y a una buena química de equipo, consiguen llevar su juego a altas cotas. Lo habitual es que, cuando se dan estas condiciones, el equipo resulte campeón, siempre y cuando no coincida con otras plantillas que también vivan días de vino y rosas. Philadelphia 76ers, una de las franquicias históricas fundadoras de la NBA, entonces como Syracuse Nationals, consiguió reunir una buena cantidad de talento en su plantilla a finales de los 70 y principios de los 80, si bien tuvo la mala suerte de chocarse con el muro de dos de las más grandes dinastías de la Liga, Boston Celtics y Los Angeles Lakers.

Sin embargo, los Sixers sí que consiguieron hacerse un hueco en una década totalmente dominada por el espectáculo púrpura y oro y el orgullo verde, una temporada de ensueño en la que los de Philadelphia firmaron el mejor récord de su historia y realizaron unos PlayOffs casi perfectos, con 12 victorias en 13 partidos.

Un poco de historia
Leventar el título de campeón no era nuevo para los 76ers. En 1967, con Wilt Chamberlain, Hal Greer y Billy Cunningham como principales baluartes, la franquicia se alzó con el anillo, si bien la alegría no duró mucho ya que, con el paso de un par de temporadas, el equipo se desmoronó como la marcha de The Stilt a Los Angeles Lakers y la progresiva retirada del resto de la plantilla campeona. La opción de iniciar una dinastía se desmoronaba. Tanto es así que los resultados empeoraron tanto como para que, en apenas un lustro después de su mayor éxito, en la temporada 72/73, los de Philadelphia firmaran el peor registro de la historia de la NBA, con únicamente 9 victorias.

Sin embargo, esta travesía por el desierto se iba a ver solventada pronto gracias a la fusión de la liga ABA, competidora en espectacularidad y, en menor medida, audiencias, y la NBA, lo que supuso una inyección de talento a través de las nuevas estrellas que llegaban y, en el caso de los 76ers, uno de los fichajes más importantes de su historia. New York Nets debía hacer frente a una importante indemnización a sus vecinos Knicks por inmiscuirse en su territorio si querían formar parte de la NBA, y la única manera de hacer frente a esta penalización de la Liga fue deshacerse de algunos de sus mejores jugadores, entre ellos Julius Erving, líder del equipo en sus dos campeonatos ABA.

La llegada de Dr. J, así como la incorporación de jugadores de cierta valía como Darryl Dawkins, World B. Free o George McGinnis y la contratación para el banquillo de la pasada leyenda del equipo de Philadelphia Billy Cunningham, tuvo un efecto inmediato, encadenando una serie de temporadas victoriosas en las que los de Philadelphia pelearon por los puestos de priviliegio de la competición. En el primer año de Erving en los Sixers, el equipo alcanzó las Finales de la NBA, perdiendo ante los Portland Trail Blazers de Bill Walton, mientras que un año después, el tope fueron las Finales de la Conferencia Este, donde se toparon con los Washington Bullets que, a la postre, fueron campeones. Dos nuevas clasificaciones para disputar las series definitivas por el anillo en 1980 y 1982, en ambas ocasiones sucumbiendo ante los Lakers, y otra eliminación ante los futuros campeones, Boston Celtics, en la última ronda del Este en 1981 completaron un periodo en la clase alta de la Liga, aunque en el que siempre se cruzaba un rival que terminaba echando por tierra las aspiraciones de terminar la temporada en lo más alto.

La temporada de ensueño
 Parecía que faltaba algo, un jugador que completara las capacidades de Dr. J, un golpe de efecto. Y llegó en forma de rocoso y corpulento pívot de 2,08 trasladado desde la calurosa ciudad de Houston. Moses Malones se reveló como la pieza que faltaba en un engranaje que se había ido conformado con la adquisición a lo largo de los exitosos años anteriores de diferentes piezas. Un base eléctrico y gustoso del juego de ataque como Maurice Cheeks, un par de escoltas con buena mano y capacidad para generarse sus propios tiros como Andrew Toney y Clint Richardson, un férreo defensor con gran capacidad de rebote como Bobby Jones y algunos ayudantes en la sombra para el trabajo en la zona que respondían al nombre de Marc Iavaroni, Earl Cureton, Reggie Johnson, Clemon Johnson o Mark McNamara, algunos con un papel tan testimonial que fueron traspasados durante la temporada.

Con la inercia ganadora de los años anteriores, la buena química en el vestuario y la titánica presencia de Mo en el centro de la zona, los Sixers se las ingeniaron para lograr 65 victorias, la segunda mejor marca de la franquicia en toda su historia y uno de los mejores registros de la NBA desde su creación. El que fuera líder indiscutible del equipo no había puesto problemas por compartir los focos con el recién llegado pívot, que redobló su ya imponente juego en los Rockets para terminar la temporada como MVP de la Liga con 24,5 puntos y 15,3 puntos por noche, si bien Julius Erving contribuyó sin esfuerzo a la buena marcha del equipo con 21,4 puntos, 6,8 rebotes y 3,7 asistencia por partido. Little Mo, por su parte, dirigió al equipo promediando 12,5 puntos y 6,9 asistencias, mientras que Toney elevó sus prestaciones hasta los 19,7 puntos.

Sin embargo, esta buena marcha durante la Liga regular no daba confianza a los jugadores de Cunningham, que llevaban varias temporadas superando el 70 por ciento de victorias durante la temporada para después estrellarse contra algún equipo más fuerte o más preparado mentalmente para la victoria final. Fue precisamente el último en llegar, Mo Malone, quien dio un espaldarazo a las expectativas de sus compañeros cuando, al ser preguntado por la marcha de los PlayOffs, solamente respondió “fo’, fo’, fo’”, una abreviatura de “four, four, four (cuatro, cuatro, cuatro)” causada por su cerrado acento virginiano. La bravuconada estuvo muy bien como motivación, pero llegaba el momento de cumplir en el campo con semejante afrenta a los rivales.

Los primeros en caer fueron los New York Knicks de Hubbie Brown y Bernard King, que sucumbieron en cuatro partidos al juego de ataque de los Sixers sin encontrar respuesta en ningún momento al reparto de competencias de Erving, Malone, Toney y Cheeks. La Final de Conferencia sería contra unos sorprendentes Milwaukee Bucks que habían conseguido ‘barrer’ a Boston Celtics y que estaban liderados por Bob Lanier y Sidney Moncrief. El rival menos esperado fue, a la postre, el que más problemas dio a los Sixers en su exitoso camino de toda una temporada, y el que hizo que la predicción de Mo Malone no pudiera cumplirse. Los de Wisconsin se las ingeniaron para ganar uno de los partidos de la serie y, de esta forma, poner el único punto negro en un inmaculado paso de los Sixers por la post-temporada.

Una nueva presencia en las Finales, y nuevamente contra Los Angeles Lakers, verdugos en dos ocasiones de las aspiraciones de los de Pennsylvania. Sin embargo, los californianos no habían tenido un camino tan sencillo, a pesar de haberse clasificado como mejor equipo del Oeste y seguir contando con Magic Johnson y Kareem Abdul-Jabbar como líderes sobre la pista En las semifinales de Conferencia, los Portland Trail Blazers no dejaron que los Lakers, sin James Worthy ni Bob McAdoo, cogieran grandes ventajas e, incluso, llegaron a rascar una victoria a mitad de la serie. Las Finales del Oeste serían contra uno de los equipos llegados de la ABA, San Antonio Spurs, que se mostraron también bastante batalladores, alargando la eliminatoria hasta el sexto partido y perdiendo la posibilidad de luchar hasta el final por la clasificación para la ronda definitiva en el último segundo, tras un fallo en el tiro del pívot Artis Gilmore, haciendo bueno el 101-100 para los de púrpura y oro.

Esta vez no se podía fallar. El Dr. J había probado las mieles del éxito en dos ocasiones en la ABA y no podía conformarse con la decepción de repetir una y otra vez presencia en las Finales de la Liga sin acercarse siquiera al anillo.

Y así fue. La presencia de Mo Malone en el centro de la zona fue incluso más gigantesca que durante la temporada regular, con continuos dobles-dobles en puntos y rebotes y una superioridad aplastante sobre los interiores de los Lakers. Nuevamente, la eliminatoria se solucionó en cuatro partidos, sin opciones para los angelinos que, aunque no permitieron grandes ventajas en el marcador, no pudieron con el juego agresivo y las múltiples opciones de ataque de los Sixers, ni mucho menos con los inigualables registros de Big Mo (27+18 en el primer partido, 24+12 en el segundo, 28+19 en el tercero y 24+23 en el cuarto), número más que suficientes para sder designado MVP de las Finales.

Ese destello dorado fue el último para los Sixers, que firmarían una decepcionante campaña al año siguiente, eliminados en primera ronda de los PlayOffs por New Jersey Nets, y vieron cómo, poco a poco, el equipo campeón iba desmoronándose, con la retirada de Julius Erving y la marcha de Moses Malone en un deambular de ocho años por diferentes equipos hasta su jubilación en 1995. El futuro tenía nombre y apellidos, Charles Barkley. El recuerdo de tan buenos momentos fue conformándose con el paso de los años, principalmente con la retirada de los números de Erving (6), Mo Cheeks (10) y Bobby Jones (24), así como la recomendada inutilización del 2 de Mo Malone, que nadie ha vestido en Philadelphia desde entonces, aunque no ha sido oficialmente retirado.

Material adicional
Documental "That championship feeling"

miércoles, 31 de octubre de 2012

Días de gloria en la Gran Manzana

Los Knickerbockers lo tienen todo para ser una de las grandes dinastías de la historia de la NBA. Residen en la ciudad más cosmopolita y conocida del mundo, la capital oficiosa del planeta, Nueva York, una localización de la que no se han movido desde su fundación en 1946 y que les asegura un mercado de seguidores más que amplio, y su casa, en pleno centro de Manhattan, el Madison Square Garden, es uno de los palacios del baloncesto mundial, un referente en sí mismo, además de contar una hinchada entre la que habitualmente se puede encontrar a grandes nombres del cine y la música. Sin embargo, en la lucha por ocupar el trono de la Liga se han impuesto otras franquicias mucho más exitosas y que lideran, con mucha diferencia, el olimpo de la NBA. 

Sin embargo, hubo unos años de gloria en la Gran Manzana, un periodo que es lo más cercano que este equipo, el ‘pupas’ de la NBA, ha estado de crear una dinastía por la que ser recordado. Con dos títulos en cuatro años, y manteniendo la base del equipo, los Knicks consiguieron dar por fin una alegría a sus atribulados aficionados en las Finales de 1970 y 1973, con una clasificación para la eliminatoria definitiva también en 1972.

El equipo de Nueva York venia de una racha de siete temporadas sin entrar en los Play-Offs de la NBA con distintos entrenadores y se veían ya lejos aquellas tres Finales consecutivas que los Knicks disputaron entre 1951 y 1953 contra Rochester Royals y Minneapolis Lakers. Fue entonces cuando se decidió cambiar el timonel de la nave, prescindiendo de Dick McGuire tras un mal inicio de temporada para poner la frente de la plantilla a William “Red” Holzman en 1967. El elegido era un hombre de la casa, neoyorkino hijo de inmigrantes que llevaba una década trabajando como ojeador de los Knicks, cuya experiencia como entrenador se limitaba a un poco exitoso paso de tres temporadas por los Hawks durante su mudanza de Milwaukee a Saint Louis y cuatro años en un destino ‘exótico’, los Leones de Ponce de Puerto Rico.

Aunque parece más una maniobra de urgencia que una solución de futuro, Holzman se ganó en la cancha la confianza de los dirigentes de los Knicks, consiguiendo revertir la racha perdedora y clasificando al equipo para la post-temporada. Los resultados fueron aún mejores al año siguiente, firmando un balance de 54 victorias y 28 derrotadas e imponiéndose a los Baltimore Bullets en la primera ronda de Playoffs. Y es que Holzman iba configurando el equipo que, apenas un año más tarde, llevaría a la veterana franquicia de Nueva York a la gloria. Una estrella en ciernes, el espectacular base Walt “Clyde” Frazier, llegó en el Draft de 1967, mientras que los Knicks consiguieron hacerse con el poderoso alero Dave DeBusschere, traspasado desde los Detroit Pistons, y recuperaron a William “Dollar Bill” Bradley, que había pasado un año jugando en Italia para terminar sus estudios en Europa tras ser seleccionado por los neoyorkinos. Todo ello se unía a la que ya era la estrella de los Knicks y uno de los grandes jugadores interiores de la Liga en aquellos años, el rocoso y habilidoso Willis Reed.

El primer anillo
En apenas un par de años, el equipo había crecido en calidad y había encontrado un entrenador que se había ganado el respeto de jugadores y directivos por su trabajo dentro de la franquicia. En esta situación, la temporada 1969/70 no pudo empezar con mejores sensaciones, con un quinteto consolidado tras un par de años de rodaje (Reed-DeBusschere-Bradley-Dick Barnett-Frazier) y algunas ayudas desde el banquillo, sobre todo por parte de Mike Riordan y Cazzie Russell. Prácticamente en volandas, los Knicks se confirmaron como el equipo más sólido de la Liga, registrando 60 victorias durante la temporada regular.

Ahora tocaba enfrentarse a los Play-Offs. En un duelo que se convirtió en clásico durante los años 60 y 70, el equipo de Nueva York tuvo que deshacerse en primera ronda de unos combativos Baltimore Bullets, que llevaron la serie a siete partidos. Menos oposición ofrecieron los Milwaukee Bucks de un debutante Kareem Adbul-Jabbar (entonces conocido como Lew Alcindor), que resistieron hasta el quinto partido. La suerte estaba echada y llegaba una nueva oportunidad para que los Knicks llegasen a lo más alto, un lance en el que no se encontraban desde hacía casi dos décadas.

Los rivales eran unos Lakers más experimentados en este tipo de lances, ya que habían disputado las Finales de 1968 y 1969. Además, su plantilla no tenía nada que envidiar a la de los Knicks, con el todopoderoso Wilt Chamberlain bajo los tableros, Jerry West marcando el ritmo de los partidos y anotando con una facilidad pasmosa desde cualquier parte del campo y Elgin Baylor como desatascador en las posesiones más complicadas. La gesta se antojaba difícil, pero la motivación estaba a la altura tras haber completado una temporada casi de ensueño. De este modo, con la inercia positiva y el factor cancha a favor, los Knicks se hicieron pronto con una ventaja para llevarse el primer partido en el Madison. Sin embargo, las dudas y la falta de experiencia en los grandes partidos se vieron ya en la segunda entrega, aunque los neoyorkinos lucharon para reducir la renta angelina a únicamente dos puntos. La serie viajaba a California, donde los visitantes ganarían el tercer encuentro en la prórroga y los locales se harían con el cuarto imponiendo su juego con claridad. La serie se empataría a 3 con victorias en casa de ambos equipos, aunque con la mala noticia de una lesión de Willis Reed que le impidió disputar el sexto partido y, prácticamente, descartaba su participación en el último. 

Sin embargo, para sorpresa de aficionados y jugadores, el pívot apareció cojeando apenas unos segundos antes del inicio del partido para integrar el quinteto titular e, incluso, anotar las dos primeras canastas de los Knicks. Con este golpe de moral y la asfixiante presión de los aficionados del Madison, los neoyorkinos consiguieron una importante ventaja que consiguieron mantener hasta el 113-99 final. De este modo, el 8 de mayo de 1970, el pabellón de Manhattan colgaba de su techo la primera banderola de “World Champions”.

Después del espaldarazo que el éxito supuso para “Red” Holzman y el equipo de la Gran Manzana, los Knicks afrontaban la temporada 1970/71 con la motivación de repetir el título de la NBA y el núcleo duro del equipo en plena forma. Sin embargo, los resultados fueron algo peores que en la campaña anterior, consiguiendo 52 victorias. Sin embargo, el juego durante los Play-Offs no fue tan fluido y, aunque se deshicieron de los Atlanta Hawks con relativa facilidad en cinco partidos, las Finales de la Conferencia Este contra Baltimore Bullets no fueron tan sencillas. En siete partidos, y con una gran actuación de Earl “The Pearl” Monroe, los neoyorkinos tuvieron que decir adiós a sus posibilidades de reeditar el anillo del pasado año.

Eso no desanimó a la directiva de los Knicks que, lejos de dejarse llevar por el primer revés, se mostró persistente para conseguir la contratación del ala-pívot Jerry Lucas y de su verdugo el pasado curso, Earl Monroe. Pero la euforia propia de este nuevo asalto al título de la NBA se vio pronto cortado por la lesión de Willis Reed, que apenas pudo disputar 11 partidos durante toda la temporada regular, lo que hizo recaer una mayor responsabilidad anotadora y defensiva en el recién llegado Lucas y en Phil Jackson, adquirido por los Knicks en el Draft de 1967 y que fue ganando peso en el equipo con el paso de las temporadas. 

El grupo pudo sobreponerse a la ausencia de su principal baluarte y consiguió una balance de 48 victorias y 34 derrotas, el peor de todo el periodo pero suficiente para clasificarse para la post-temporada. Una vez en Play-Offs, los Knicks volvieron a confiar en las gestas protagonizadas en los años anteriores y fueron eliminando rivales, Baltimore Bullets y Boston Celtics, hasta plantarse en la ronda definitiva de la NBA, otra vez ante Los Angeles Lakers. En esta ocasión, los californianos no dieron tantas oportunidades, habida cuenta de sus derrotas en las últimas siete Finales contra Celtics y Knicks, y consiguieron llevarse el ansiado anillo en cinco partidos a pesar de la baja de Baylor, retirado ese año, y con una gran aportación de Gail Goodrich, que se unió al binomio Chamberlain-West.  

Segundo anillo… y punto y final
Afortunadamente para los Knicks, la venganza tardó poco en consumarse. Extramotivados por la derrota ante los Lakers y espoleados por lo inesperado de su clasificación para la eliminatoria final la pasada campaña, los jugadores de Nueva York encontraron nuevos motivos para volver a luchar, contando además con la reincorporación de Willis Reed tras su aciago año de lesiones. El bloque del año anterior se mantenía, con un quinteto estelar compuesto por Reed, DeBusschere, Bradley, Monroe y Frazier, acompañados desde el banquillo por suplentes contrastados como Jerry Lucas, Phil Jackson, Dick Barnett o Dean Meminger.

Con este plantel, el equipo neoyorkino recuperó las buenas sensaciones de la temporada del título de 1970, repitiendo casi los mismos registros, 57 victorias por 25 derrotas. Alcanzando los Play-Offs con esta solvencia, los Knicks no quisieron dejar pasar esta segunda oportunidad, de modo que mantuvieron el nivel competitivo durante las eliminatorias. Las primeras víctimas fueron los Baltimore Bullets, en un enfrentamiento ya convertido en un clásico de la post-temporada, prolongando la serie hasta cinco partidos. El siguiente escollo, el último antes de las Finales, fueron los Boston Celtics, que seguían sin encontrar la continuidad en el éxito que tuvieron en la década de los 60. Una competida serie agotando los siete partidos para demostrar que los de Nueva York iban en serio.

El rival en la ronda definitiva sería el mismo de la pasada temporada, reeditando también el enfrentamiento de la exitosa temporada de 1970. Los Angeles Lakers querían conseguir el “back to back”, mientras que los Knicks, con el factor cancha a favor y una temporada casi inmaculada, no quería padecer las penurias del año anterior, pagando el precio de no contar con su más carismática estrella y la ambición de los angelinos. A pesar de ello, los Lakers golpearon primero en el Madison, ganando por tres puntos, si bien los Knicks se repusieron y ganaron los cuatro siguientes partidos, todos ellos muy ajustados, con diferencias de menos de cinco puntos, a excepción del último encuentro, celebrado en el Forum de Inglewood la noche del 10 de mayo de 1973, que se saldó con una renta de 9 puntos para otorgar a los aficionados de la gran Manzana su segunda noche de gloria baloncestística.

A pesar de mantener el núcleo duro del equipo, con Holzman en el banquillo y gran parte de los jugadores que habían alcanzado la gloria, los Knicks no volverían a optar al anillo, cayendo en un periodo de mediocridad con cuatro temporadas bajando sus registros e, incluso, dos de ellas sin alcanzar las eliminatorias por el título. Con el paso del tiempo, varios de los jugadores irían diciendo adiós a la franquicia y a sus carreras en activo, al igual que el entrenador, que apenas estuvo dos temporadas lejos de los Knicks para volver a comandar una nave que nunca atracaría en buen puerto.

El legado de una casi dinastía
El periodo de mayor éxito de la larga historia de este veterano equipo no ha pasado desapercibido en el espíritu y la mitomanía de los Knickerbockers. Así, dentro de los más de sesenta años de historia, la franquicia solamente ha retirado el número de ocho jugadores o entrenadores, siendo Patrick Ewing el único merecedor de este honor que no pertenece al equipo de los cuatro años dorados de los neoyorkinos. Los homenajeados con sus números colgados del techo del Madison son Walt Frazier (10), Dick Barnett (12), Earl Monroe (15, que comparte honores con Dick McGuire, entrenador y jugador de los Knicks con este mismo dorsal), Willis Reed (19), Dave Debusschere (22), Bill Bradley (24) y “Red” Holzman (613, número otorgado por el número de victorias conseguidas en la NBA con este equipo).

miércoles, 8 de agosto de 2012

La leyenda perfecta

En el año 1992, se dieron las circunstancias perfectas para que el USA Basketball, federación norteamericana del deporte de la ‘pelota gorda’, sorprendiera a los aficionados y al mundo entero con el que se ha calificado como la plantilla de mayor talento jamás reunida, un equipo de ensueño, el Dream Team. El 8 de agosto de 1992, hace exactamente veinte años, se produjo un día feliz y triste para el baloncesto, la consecución de la medalla de oro por parte de esta selección sin flaquezas y el convencimiento de los seguidores de que nunca podrían volver a ver nada como lo ocurrido en aquellas seis semanas del verano del 92.

El levantamiento de la prohibición del Comité Olímpico Internacional a que los jugadores profesionales de la NBA pudieran participar en los Juegos Olímpicos supuso el primer paso para la conformación de este equipo de ensueño, unido a las ganas de muchos de estos baloncestistas a defender el honor de su país después de que la URSS le arrebatara el oro en varias ocasiones (Munich’72, Seúl’88) a los jóvenes jugadores universitarios de EEUU. Además, coincidía con la convivencia en la Liga de dos de las generaciones más brillantes del baloncesto norteamericano, jugadores convertidos en mitos incluso durante su carrera, lo que confería a este equipo una aureola tanto deportiva como publicitaria y mediática aún mayor. De este modo, el Team USA de los Juegos Olímpicos de 1992, bautizado como Dream Team antes de saltar a la cancha, incluiría al jugador más determinante del momento con su fiel escudero, los dos mayores rivales de la década anterior jugando por primera vez juntos en el ocaso de sus carreras, algunas de las nuevas estrellas llegadas a la NBA desde finales de los 80 y un jugador universitario, por aquello de mantener la ilusión de que el sueño americano es realizable.

El Dream Team se configuró con unos mimbres que, por calidad técnica, superioridad física y capacidad de trabajo, hacían prácticamente invencible a este equipo ni siquiera en su día más desacertado. Los líderes dentro y fuera de la cancha eran Michael Jordan y Earvin “Magic” Johnson, que compartía la capitanía con Larry Bird. Estos tres nombres míticos estaban rodeados por poderosos pívots como David Robinson y Patrick Ewing, trabajadores interiores como Charles Barkley y Karl Malone, el inmaculado tiro de Chris Mullin, la potencia en ambos lados de la cancha de Scottie Pippen, la espectacularidad de Clyde Drexler y cerebro organizador de John Stockton, además de la presencia testimonial de Christian Leattner, que venía de ganar dos títulos de la NCAA con la Universidad de Duke. Y para conjugar todo ello, el cuerpo técnico formado por Lenny Wilkens, P. J. Carlesimo y Mike Krzyzewsk estaba encabezado por el entrenador Chuck Daly, uno de los preparadores más concienzudos de la NBA del momento, tanto en los aspectos del juego como en la motivación de los grupos. Y es que, tal y como afirmó Barkley, “Daly ha entrenado a los Pistons, y si ha podido hacerlo con esa panda de cabrones, puede entrenar a cualquiera”. Con estos ingredientes, no se podía perder.

La conformación de este elenco de jugadores fue el primer quebradero de cabeza para el USA Basketball. Un año antes de los Juegos Olímpicos de Barcelona, los responsables se pusieron manos a la obra para reclutar a los mejores baloncestistas disponibles en la NBA. Jordan no se mostró muy convencido, pensando que sería el único jugador de peso que acudiría a la cita olímpica, y no dio su ‘sí quiero’ hasta que los otros diez jugadores NBA, mucho menos escépticos que él con la propuesta del USA Basketball, hubieron aceptado. Otra de las exigencias de la estrella de los Bulls era la no inclusión en la plantilla del base Isiah Thomas, una de las debilidades de Daly al haber sido su entrenador en los Pistons de los ‘Bad Boys’, dada su mala relación tras los tensos enfrentamientos de los de Chicago con los de Detroit.

Con tanta calidad entre sus manos y el revuelo mediático creado durante el reclutamiento, el primer trabajo de Daly era convertir a aquel elenco de jugadores de nivel estratosférico en un verdadero equipo conjuntado, “cambiar la mentalidad de All-Star por la de un equipo”, en palabras del propio entrenador. Así, después de unos cuantos entrenamientos en los que los piques entre jugadores en la misma posición fueron la nota dominante, el cuerpo técnico planeó un partido contra un equipo universitario para tomar el pulso de la tensión competitiva de los jugadores. Aquel encuentro supuso un serio toque de atención, ya que el conjunto conformado por futuros NBA como Bobby Hurley, Chris Webber, Anfernee Hardaway, Grant Hill o Allan Houston se mostró mucho más serio que las superestrellas y se llevó el partido por 54-62. La derrota se silenció, pero sí sirvió para que los jugadores se tomaran más en serio la preparación. Tanto fue así que el partido se repitió unos días después con un resultado bien distinto.

El primer escollo que tuvo que superar el primer equipo de jugadores NBA en competiciones internacionales fue el Torneo de las Américas, clasificatorio para los JJOO de Barcelona y celebrado en el Rose Garden de Portland apenas un mes antes de la cita olímpica. Esta competición fue un auténtico paseo de los jugadores del Dream Team desde la victoria inaugural ante Cuba por 77 puntos hasta la final contra Venezuela. Y es que, además del entusiasmo de los aficionados al jugar en casa, los jugadores rivales no podían evitar emocionarse y mostrar su admiración a los trabajadores antes, después e, incluso, durante los partidos.

Con la clasificación asegurada y la preparación por buen camino, el Team USA salió por fin de EEUU, pudiendo comprobar a su llegada a Europa y, sobre todo, a Barcelona la gran expectación creada a su alrededor, con miles de seguidores esperando junto al hotel o el campo de entrenamiento antes de cada desplazamiento y ruedas de prensa atestadas de periodistas de todos los países y de publicaciones más allá de los temas deportivos. Y es que la presencia de jugadores NBA en una competición internacional bien merecía este revuelo entre los fans y los medios de comuniación, máxime cuando el equipo estaba formado por algunos de los mejores baloncestistas de todos los tiempos, diez de ellos incluidos en la selección de cincuenta jugadores que la NBA realizó con motivo de su cincuentenario en 1999.

Sin embargo, antes de eso, todavía quedaban unos días de cierta tranquilidad, entrenamientos e intensa convivencia en Montecarlo. En medio del lujo del principado mediterráneo, los jugadores aprovecharon para relajarse jugando a las cartas o al golf, gran pasión de Jordan y Daly, lo que les ayudó a mejorar su relación, y para ir desarrollando una mejor relación entre ellos, lo que dio lugar a amistades impensables antes de la preparación. Sin embargo, aún quedaban algunas asperezas que limar para mejorar la química del equipo. Y es que el doble liderato de Jordan y “Magic” daba lugar a habituales piques y concursos de habilidades en los entrenamientos, una rivalidad que la estrella de Chicago no llevaba nada bien y que el base de los Lakers acrecentaba con su habitual sentido del humor (un ejemplo se produjo en una sesión de fotos junto a Jordan y Bird, en la que Johnson dijo en tono de broma “no voy a acercarme demasiado a Michael no vaya a ser que piten falta”). Para solucionar esta disputa, Daly propuso un partido entre ambos jugadores junto a los cuatro compañeros que eligieran. Para desgracia de “Magic”, el entrenamiento concluyó con victoria para el equipo de Jordan, después de que el escolta diera lo mejor de sí mismo para demostrar que era el jugador más determinante del momento.

Con todas las rencillas solventadas y una química a prueba de bombas, la competición se inició en Barcelona y el equipo de ensueño no hizo sino lo que se esperaba de él. El 116-48 con el que iniciaron su participación ante Angola fue el preludio de un campeonato inmaculado, con un juego dominado por la velocidad en ataque, ya fuera en contraataques o en rápidos ataques posicionales, y una defensa intensa, promediando más de 117 puntos por partido, superiores aunque siempre respetuosos con los rivales. Solamente Toni Kukoc, sobredefendido por un un motivado y celoso Pippen antes de su llegada a los Bulls en el partido de la fase de grupos, y algunos jugadores interiores de Angola, que pagaron los malos humos de Barkley, pueden tener queja del Team USA, más allá del maltrato baloncestístico al que sometieron a todos sus oponentes (Angola, Alemania, Brasil, España, Puerto Rico, Lituania y Croacia en dos ocasiones).

El colofón final tuvo lugar el 8 de agosto de 1992, tras un partido contra Croacia en la que, a pesar de ponerse por encima mediada la primera parte, los balcánicos no pudieron hacer nada contra el poderío norteamericano y sucumbieron por 85-117. Una medalla de oro más que previsible pero más que deseada y un espaldarazo sin parangón para la popularidad en todo el mundo de la NBA y del baloncesto en general.

Epílogo
Subidos al podio para recibir las medallas, dos jugadores que lo han sido todo para el deporte de la ‘pelota gorda’, “Magic” Johnson y Larry Bird, se despedían para siempre de la práctica deportiva. El primero, ya apartado de la profesionalidad la temporada anterior al conocerse que era portador del virus del SIDA aunque aún capaz de sorprender a propios y extraños. El segundo, castigado por las lesiones y lejos de la genialidad que regalara años antes a los habituales del Boston Garden. “Éste es el final. Así es como quiero acabar”, reconoció haber pensado la eterna sonrisa de los Lakers mientras escuchaba “Star splangled banner” en el Palau Olimpic de Badalona.