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jueves, 4 de junio de 2015

Cuarenta años sin sol en la Bahía

Viendo el desarrollo del baloncesto en las últimas dos décadas, pocos podrían aventurarse a decir que Golden State Warriors, que inicia esta madrugada su asalto al título de la NBA en unas Finales totalmente inéditas contra Cleveland Cavaliers, sea un equipo ganador. Quienes hayan seguido la actualidad del baloncesto profesional norteamericano desde la década de los 80 o los 90, se han encontrado con un equipo casi siempre simpático, de juego alegre pero con poca tendencia al orden y al sacrificio, con jugadores de cierta calidad, como Mitch Richmond, Chris Mullin, Tim Hardaway, Chris Webber, Latrell Sprewell, Gilbert Arenas o Baron Davis, que terminaban por abandonar la franquicia, cansados de que apenas se hayan alcanzado los Play-Offs en siete ocasiones en los últimos veinticinco años, tres de ellas en el último trienio, ya bajo la capitanía de Stephen Curry y Klay Thompson. Nadie se acuerda ya de aquellas fotografías en blanco y negro, de los inicios en la otra costa del país, de los Philadelphia Warriors que ganaron la primera edición de la NBA (entonces aún BAA),y que reeditaron el título en 1956 antes de mudarse a California. Y es que hace ya cuarenta años sin que salga el sol en la Bahía de San Francisco...

En concreto, ese último día de alegría para los aficionados al deporte de la pelota gorda en Oakland fue el domingo 25 de mayo de 1975. Aunque nada indicaba durante el desarrollo del partido que el final fuera a ser así, el marcador después de los 48 minutos de juego en el Capital Centre de Landover, Maryland, reflejaba un 96-95 para los visitantes, unos Warriors que habían conseguido 'barrer' a los favoritos Washington Bullets, que llegaban a las Finales acreditando 60 victorias en la temporada y con el liderazgo de dos de los mayores dominadores de la Liga, Wes Unseld y Elvin Hayes. El héroe del partido, casi una anécdota, fue el base Butch Beard, encargado de anotar los últimos siete puntos para los californianos. Sin embargo, el camino victorioso empezó a recorrerse mucho antes.

La llegada a San Francisco
A pesar de estar asentados desde hace medio siglo en California, los Warriors forman parte de la larga lista de equipos deslocalizados por intereses económicos. En concreto, en 1962, el productor televisivo Franklin Mieuli, junto con otros empresarios de la zona, compró la mayoría de las acciones del equipo, entonces radicado en Philadelphia y con Wilt Chamberlain como principal reclamo, y lo trasladó la zona de la Bahía de San Francisco. La apuesta salió bien, ya que se trataba de un equipo ganador que no tardó en hacerse con los favores del público gracias a sus triunfos, lo que les llevó a las Finales de 1964, perdidas ante los Celtics de Auerbach, Russell, Sam y K. C. Jones y Havliceck. Algunos de los mimbres de los futuros éxitos, como Al Attles o Nate Thurmond, ya estaban en el equipo.

Chamberlain sentía morriña de su Philadelphia natal y se marchó de vuelta a los recién renombrados 76ers (antiguos Syracuse Nationals), aunque pronto terminaría volviendo a California para vestir de púrpura y oro. Gracias a esta marcha y la consiguiente temporada para olvidar con únicamente 17 victorias, los Warriors pudieron hacerse en el draft con los servicios de Rick Barry, un anotador impenitente llegado de la Universidad de Miami. En solamente dos años, el nuevo alero de moda se había convertido en el líder del equipo, Rookie del Año en su primera temporada y máximo anotador de la liga con 35,6 puntos de media en la segunda. Y así, volvieron a la senda ganadora de hacía apenas un par de años y a plantarse en unas Finales, en esta ocasión contra unos Sixers plagados de caras conocidas (contaban también con el entrenador Alex Hannum, responsable de los buenos resultados de 1964) que impusieron el favoritismo que da un récord de 68-13 durante la temporada regular en una serie que se alargo hasta los seis partidos.

Aunque parecía que el futuro podía ser brillante para los de San Francisco (faltaban aún un par de años para que se bautizaran como Golden State), la liga rival de la NBA en aquel momento, la ABA, se entrometió en los planes de los Warriors y, gracias a una cuantiosa oferta económica, a una mayor laxitud en la exigencia defensiva, la existencia de la línea de tres puntos, lo que podía disparar sus promedios, y a la presencia en el banquillo de su suegro y ex-entrenador en la Universidad de Miami, Bruce Hale, consiguió que la estrella Rick Barry se mudara de equipo, que no de ciudad, a los Oakland Oaks, lo que le supuso, además, un año sin jugar como penalización por incumplir su contrato con los Warriors. El experimento de la ABA duró cuatro temporadas, en las que el alero se mudó a Washington, a Virginia y a Nueva York y se alzó con un campeonato de la liga del balón tricolor, mientras que los Warriors se mantenían en una digna participación en la NBA, consiguiendo llegar a la eliminatorias casi todos los años, aunque con menos brillantez, redoblando los esfuerzos de Thurmond y, sobre todo, de Attles, que asumió el cargo de entrenador cuando aún era el base titular del equipo.

Una nueva era ganadora
Con la reincorporación de Barry, el sistema estaba claro. El balón iba a ser para el alero estrella (precursor del point forward tan de moda desde la irrupción en la NBA de Lebron James, Carmelo Anthony, Kevin Durant y Paul George), que, a pesar de sus nuevas funciones, podía mantener sus registros anotadores cercanos a los 30 puntos. De este modo, la misión de los demás, jugadores como Charles Johnson, el citado Beard, Jeff Mullins o Phil Smith, era no fallar cuando se les necesitara.

Y así llegó la temporada 1974-75, en la que los Warriors incorporaban en el draft a un potente joven alero de la Universidad de UCLA, Jackson Keith Wilkes, que pasaría a la historia vestido de púrpura y oro y respondiendo al nombre de Jamaal. Este fichaje supuso una importante mejora de las capacidades atléticas del equipo, sobre todo en lo que se refería al rebote y la intimidación, dada la gran actividad de Wilkes bajo los aros, que contrarrestaba sobradamente su falta de centímetros. El curso baloncestístico fue desarrollándose y los Warriors iban mejorando moderadamente sus resultados, para terminar la temporada como campeones de la División Pacífico con 48 victorias.

Este título honorífico no aseguraba nada y, de hecho, los Seattle SuperSonics, que llegaban por primera vez a las eliminatorias de post-temporada con Bill Russell en el banquillo y Spencer Haywood en la pintura, consiguieron alargar la serie a seis partidos robando alguna que otra victoria inesperada. Las Finales de Conferencia también se hicieron algo más cuesta arriba de lo esperado, con los Chicago Bulls (todavía localizados en el Oeste a efectos baloncestísticos) obligando a los Warriors a pelearse bajo el aro con el poderío de Bob Love y el viejo conocido Nate Thurmond y a estar atentos a la pericia exterior de Norm Van Lier, Chet Walker y Jerry Sloan. Siete partidos bastante largos y disputados, y con menos anotación de lo que los de la Bahía de San Francisco hubieran deseado, para por fin medirse al 'coco' de la competición, los Bullets de las 60 victorias.

Los capitalinos no había tenido un camino especialmente sencillo, con series de siete partidos ante Buffalo Braves (posteriormente los Clippers) y seis ante los Celtics, pero aupados siempre por su sólida temporada y la fortaleza interior de Hayes y Unseld, apoyados por el base Kevin Porter, el escolta tirador Phil Chenier y el polivalente alero Mike Riordan.

Los números sobre el papel asustaban, pero los partidos hay que jugarlos, una regla que debe ser aún más obligatoria para un equipo apodado los guerreros.

Los dos primeros partidos fueron similares, con diferencias iniciales de cierta importante para los Bullets, a pesar de no poder contar con la aportación habitual de Elvin Hayes, muy bien defendido por Wilkes. Sin embargo, en el segundo tiempo, el vendaval anotador de los Warriors conseguía neutralizar las ventajas y dar la vuelta al marcador. En el primer encuentro fue Phil Smith quien, con sus 20 puntos desde el banquillo, ayudó a la remontada, mientras que en el segundo fue Rick Barry quien anotó 36 puntos para contrarrestar los esfuerzos capitalinos. El tercer partido fue el más plácido para los futuros campeones, con 38 tantos de Barry y 10 de George Johnson, y sin tener que protagonizar grandes remontadas, gracias a un juego ofensivo coral y a la gran defensa de Wilkes bajo el aro.

Con su equipo al borde de la eliminación, el entrenador de los Bullets, K. C. Jones, decidió colocar al correoso Riordan encima de Barry para que no pudiera repetir sus grandes actuaciones anotadoras. El experimento funcionó y el equipo capitalino logró una ventaja de 14 puntos al inicio del partido. Sin embargo, el juego físico de Riordan sobre el alero estrella terminó siendo decisivo... para sus rivales. Tras una dura falta por la espalda, Attles saltó del banquillo e inició una pelea con el jugador de los Bullets, con el fin de que no fuera el propio Barry el que se revolviera y fuera expulsado. El tumulto terminó con el entrenador en el vestuario, pero con el 24 de los Warriors sobre el parqué para protagonizar otra actuación estelar (29,5 puntos de media en los cuatro partidos de las Finales que que, unida a la defensa presionante, asfixió al equipo capitalino, que terminó perdiendo su ventaja. Dos tiros libres de Butch Beard certificaron el 96-95 final y la alegría de los aficionados californianos.

Después de la gloria

La tendencia ganadora duró poco en Oakland. La plantilla apenas permaneció intacta tres temporadas, en las cuales no se pudo volver a repetir el golpe de efecto logrado en 1975. A partir de entonces, los Warriors cayeron en el vorágine de cambios casi constantes de entrenadores y jugadores que han impedido la fructificación de un equipo ganador. Desde aquel anillo de hace cuarenta años, las temporadas por debajo del 30% de victorias casi igualan a las que se ha logrado la clasificación para los Play-Offs, y la fuga de jugadores destinados a ser los abanderados del proyecto Warrior ha sido la tónica habitual hasta la presente década. De este modo, y tras tres temporadas mejorando sus resultados y alcanzar este año el récord de 67 partidos ganados y el MVP para su base estrella, Stephen Curry, la franquicia se encuentra en un situación inmejorable par reverdecer aquellos laureles y cambiar su trayectoria histórica de equipo perdedor. El trabajo de Mark Jackson para la conformación de esta plantilla, liderada por Curry y Klay Thompson en lo espectacular y lo anotador, y apuntalada por Andrew Bogut y David Lee, ahora casi en desuso, se dio por terminado con la incorporación de Andre Igoudala, que dio al equipo el empaque defensivo y de disciplina que le faltaba, un salto de calidad que se ha confirmado ya con Steve Kerr en en banquillo. El pasado año fue un mal cruce con unos Clippers crecidos lo que les dejó en la cuneta mucho antes de lo previsto. Este año, solamente la genialidad de Lebron y su capacidad de liderar a unos Cavaliers bien cuajados puede separar a los Warriors de su cuarto anillo, el segundo en California, el primero para la gran mayoría de sus seguidores.

martes, 4 de marzo de 2014

La alargada leyenda de ‘El Virginiano’

Jeff Hornacek se ha convertido por motivos propios (y de sus jugadores) en una de las sensaciones de la presente temporada de la NBA. De este modo, el que fuera uno de los tiradores más temibles en una década dorada para los escoltas en la mejor Liga del mundo, ‘El Virginiano’ para aquellos que seguíamos las retransmisiones del añorado Andrés Montes, alarga su leyenda, esta vez desde el banquillo de los Phoenix Suns, equipo con el que debutó en la NBA, gracias a un conocimiento del juego del que ya hizo gala durante su carrera universitaria y profesional. Y es que, con una de las plantillas menos mejoradas de la Liga y después de firmar sus peores resultados desde el año de su fundación la pasada temporada, los analistas no apostaban sino por otra campaña plena de fracasos para el equipo de Arizona, una previsión que ha sido desechada a través de una buena defensa, sobre todo a los jugadores exteriores, cierta facilidad para el contraataque, un buen movimiento de balón y, en general, un trabajo incansable en los fundamentos técnicos y tácticos del juego, precisamente el mismo factor que hizo que un enclenque joven blanco se convirtiera en uno de los mejores triplistas de la NBA en los 90.

Tiro y visión de juego
A pesar del apodo del comentarista español, Hornacek no tiene nada de virginiano, más allá de una facilidad para sacar el revolver aún mayor que la del cowboy de la mítica serie televisiva. Nació en una localidad de tamaño medio en el frío y gris estado de Illinois, Elmhurst, en el área metropolitana de Chicago en una familia de inmigrantes checos ya plenamente integrados en la vida estadounidense. Esa tradición familiar de recién llegados que han de hacerse un hueco en un lugar completamente nuevo, así como la influencia de su padre, profesor de instituto y entrenador colegial de baloncesto y béisbol, le hicieron ver que el trabajo y la dedicación era la única manera de alcanzar sus retos. De este modo, el joven y delgaducho Jeff comenzó a tirar incansablemente, muchas veces bajo la atenta mirada de su progenitor, que le fue inculcando la importancia del movimiento de balón y de los buenos movimientos para poder recibir la pelota en las mejores condiciones.

Así, siguiendo el trabajo de su padre por algunas localidades de pequeño tamaño en el entorno de Chicago, Hornacek fue puliendo su estilo tirador y, sobre todo, una gran intuición para la lectura y la dirección del juego en el colegio Konarek Elementary School de North Riverside y los institutos Gurrie Middle School y, sobre todo, Lyons Township High School en La Grange.

Unos buenos registros como estudiante, aunque en escuelas de segunda fila, le abrieron las puertas, aunque sin derecho a una beca deportiva, de Iowa State University, un centro más cualificado por su certificación académica que por su tradición deportiva. En la NCAA, se fue haciendo un hueco en el equipo gracias a su buena lectura del juego, ocupando el puesto de combo guard, a medio camino entre el base y el escolta. De esta manera, los Cyclones, dirigidos por el mítico Johnny Orr, fueron mejorando su nivel según crecía la importancia de Hornacek, clasificándose en su último para el torneo de la NCAA y ganando dos partidos y llegando hasta el Sweet Sixteen, todo un hito para la historia de la universidad. De estos años quedan como recuerdo los promedios de 13,7 puntos y 3,8 asistencias en la temporada senior y la canasta ganadora desde más de ocho metros ante Miami University en la prórroga, tras haber conseguido también el empate sobre la bocina minutos antes.

De secundario a protagonista
Su entrada en el profesionalismo no fue nada espectacular. El draft de 1986 fue el del número 1 de Brad Daugherty, el del trágico final de Len Bias, el de la llegada a la Liga de una generación de interesantes proyectos (Dell Curry, Ron Harper, Chuck Person, Dennis Rodman y Mark Price, entre otros) y de otros que terminarían siendo ilustres en Europa (Walter Berry, Roy Tarpley, Harold Pressley y Johnny Rodgers). Al final de la segunda ronda, los Phoenix Suns, que habían recibido esa opción tras varios traspasos en 1983, eligieron a un enclenque escolta de 1,91 metros que serviría para completar su rotación o, más bien, sus entrenamientos.

Sin embargo, Cotton Fitzsimmons, entrenador de los de Arizona, pronto se dio cuenta de que, a pesar de su no muy llamativo cartel, Hornacek podía ser una pieza útil, todo ello gracias, una vez más, a la perseverancia en el trabajo y a la importancia otorgada al conocimiento táctico y a los fundamentos técnicos del juego. Ya en su temporada rookie, gozó de hasta 19 minutos de media, aunque su protagonismo en ataque era aún limitado, más como organizador (4,51 asistencias) que como anotador (5,3 puntos). A la altura de su segunda temporada, ya se había ganado la titularidad en la mayoría de los partidos, así como un buen puñado de minutos más. Y es que su juego era ideal para el equipo, ya que podía asumir el rol de base durante bastantes minutos para descargar a Kevin Johnson, que podía permitirse más minutos de descanso o una mayor dedicación a su faceta anotadora, o ser la referencia exterior cuando el equipo sacaba a sus jugadores de perfil defensivo, como Kurt Rambis, Mark West, Tim Perry o Andrew Lang.

Y así pasaron seis años en los que Hornacek fue aumentando sus prestaciones, llegando a promediar 20,1 puntos en su última temporada en Arizona, siempre superando ampliamente las 5 asistencias por partido y con porcentajes más que aceptables. Pero los Suns querían dar un paso adelante, y para ello se habían fijado en Charles Barkley, cuyos Philadelphia 76ers iniciaban su enésimo proceso de reconstrucción. Así, el de Illinois volvía al Este junto a Lang y Perry, aunque su posición más habitual sería la de base, ante la titularidad indiscutible de Hersey Hawkins como escolta. A pesar de ello, sus números no se resintieron, consiguiendo 19,1 puntos y 6,9 asistencias en la temporada 1992/93, la única completa en Pennsylvania. Y es que, en pleno año 94, con 53 partidos ya jugados en Philadelphia manteniendo los buenos registros, los Sixers decidieron afrontar su reconstrucción, enviando a Hornacek a Utah a cambio del veterano escolta Jeff Malone y una futura elección del Draft no muy bien empleada.

Y será en el estado mormón, con la treintena ya cumplida y encasillado en el papel de escolta anotador en general y tirador en particular cuando la leyenda de ‘El Virginiano’ toma forma, a pesar de que los registros estadísticos se vieron algo mermados (aún así, nunca bajó de 12 puntos y 4 asistencias hasta su retirada en 2000). Número parte, ésa fue la época dorada en la que, junto a John Stockton y Karl Malone, el equipo llegó a dos Finales de la NBA (1997 y 1998) perdidas ante Chicago Bulls, mientras que el tirador de Illinois mejoraba sus porcentajes, popularizaba su peculiar gesto de tocarse la cara antes de los tiros libres para felicitar a su familia y ganó dos veces el Concurso de Triples (1998 y 2000), además de, como tanto gusta en la épica del deporte  estadounidense, convertirse en un pilar de la comunidad y un hombre de familia.

Junto a la cancha
En los siguientes años, los Jazz reconocieron su labor, colgando el número 14 en el techo del pabellón de Salt Lake City, mientras que su entrenador y mentor durante los años en el estado mormón, Jerry Sloan, no se olvidaba de sus cualidades. Así, en 2007, el entrenador contrató a su antiguo pupilo como preparador especialista en tiro para ayudar a Andrei Kirilenko y otros jugadores exteriores. Durante cuatro años, su labor no pasó de la de trabajar con los tiradores pero la marcha de Jerry Sloan y su sustitución por Tyrone Corbin en febrero de 2011, sus servicios fueron requeridos como asistente, tanto para cuestiones técnicas individuales como, sobre todo, para mejorar el trabajo táctico y de lectura del juego de la plantilla.


Este buen trabajo durante dos años hizo que varios equipos se fijaran en él como entrenador jefe, principalmente sus antiguas franquicias, Sixers y Suns, que finalmente se llevaron el gato al agua. Hornacek aceptó el reto de ponerse al frente de uno de los equipos de la campaña 2012/13, con una plantilla en continua reconstrucción desde los días del run & gun de Mike D’Antoni. Sin embargo, los resultados no pueden ser mejores. A pesar de competir en la Conferencia más dura, en el salvaje Oeste, los de Hornacek se han mantenido en los puestos de honor desde el inicio de la temporada y ahora, con apenas veinte partidos por jugar, lucen sus 35 victorias y su porcentaje del 59,3 por ciento de triunfos. Pero, más allá de los resultados, la incidencia del nuevo entrenador se nota en el trabajo realizado, con un juego más fluido, mejores opciones en ataque para los jugadores, menos dependencia de los talentos individuales, un sistema de juego y de trabajo en el que la plantilla confía y la irrupción de algunas piezas que, a principio de temporada, se preveía que iban a contar con pocos minutos, lo que le está garantizando 105,3 puntos por noche, la quinta media de anotación más alta de la Liga. Además, ha habido una importante mejora en los sistemas defensivos y en la jerarquía de las ayudas, sobre todo los que se refieren a la línea exterior, lo que hace que sea el equipo que menos tiros liberados concede y, por tanto, que menos triples encaja. 

lunes, 15 de julio de 2013

El equipo que pudo reinar

En ocasiones, un club consigue juntar una buena generación de jugadores que, gracias a su calidad y a una buena química de equipo, consiguen llevar su juego a altas cotas. Lo habitual es que, cuando se dan estas condiciones, el equipo resulte campeón, siempre y cuando no coincida con otras plantillas que también vivan días de vino y rosas. Philadelphia 76ers, una de las franquicias históricas fundadoras de la NBA, entonces como Syracuse Nationals, consiguió reunir una buena cantidad de talento en su plantilla a finales de los 70 y principios de los 80, si bien tuvo la mala suerte de chocarse con el muro de dos de las más grandes dinastías de la Liga, Boston Celtics y Los Angeles Lakers.

Sin embargo, los Sixers sí que consiguieron hacerse un hueco en una década totalmente dominada por el espectáculo púrpura y oro y el orgullo verde, una temporada de ensueño en la que los de Philadelphia firmaron el mejor récord de su historia y realizaron unos PlayOffs casi perfectos, con 12 victorias en 13 partidos.

Un poco de historia
Leventar el título de campeón no era nuevo para los 76ers. En 1967, con Wilt Chamberlain, Hal Greer y Billy Cunningham como principales baluartes, la franquicia se alzó con el anillo, si bien la alegría no duró mucho ya que, con el paso de un par de temporadas, el equipo se desmoronó como la marcha de The Stilt a Los Angeles Lakers y la progresiva retirada del resto de la plantilla campeona. La opción de iniciar una dinastía se desmoronaba. Tanto es así que los resultados empeoraron tanto como para que, en apenas un lustro después de su mayor éxito, en la temporada 72/73, los de Philadelphia firmaran el peor registro de la historia de la NBA, con únicamente 9 victorias.

Sin embargo, esta travesía por el desierto se iba a ver solventada pronto gracias a la fusión de la liga ABA, competidora en espectacularidad y, en menor medida, audiencias, y la NBA, lo que supuso una inyección de talento a través de las nuevas estrellas que llegaban y, en el caso de los 76ers, uno de los fichajes más importantes de su historia. New York Nets debía hacer frente a una importante indemnización a sus vecinos Knicks por inmiscuirse en su territorio si querían formar parte de la NBA, y la única manera de hacer frente a esta penalización de la Liga fue deshacerse de algunos de sus mejores jugadores, entre ellos Julius Erving, líder del equipo en sus dos campeonatos ABA.

La llegada de Dr. J, así como la incorporación de jugadores de cierta valía como Darryl Dawkins, World B. Free o George McGinnis y la contratación para el banquillo de la pasada leyenda del equipo de Philadelphia Billy Cunningham, tuvo un efecto inmediato, encadenando una serie de temporadas victoriosas en las que los de Philadelphia pelearon por los puestos de priviliegio de la competición. En el primer año de Erving en los Sixers, el equipo alcanzó las Finales de la NBA, perdiendo ante los Portland Trail Blazers de Bill Walton, mientras que un año después, el tope fueron las Finales de la Conferencia Este, donde se toparon con los Washington Bullets que, a la postre, fueron campeones. Dos nuevas clasificaciones para disputar las series definitivas por el anillo en 1980 y 1982, en ambas ocasiones sucumbiendo ante los Lakers, y otra eliminación ante los futuros campeones, Boston Celtics, en la última ronda del Este en 1981 completaron un periodo en la clase alta de la Liga, aunque en el que siempre se cruzaba un rival que terminaba echando por tierra las aspiraciones de terminar la temporada en lo más alto.

La temporada de ensueño
 Parecía que faltaba algo, un jugador que completara las capacidades de Dr. J, un golpe de efecto. Y llegó en forma de rocoso y corpulento pívot de 2,08 trasladado desde la calurosa ciudad de Houston. Moses Malones se reveló como la pieza que faltaba en un engranaje que se había ido conformado con la adquisición a lo largo de los exitosos años anteriores de diferentes piezas. Un base eléctrico y gustoso del juego de ataque como Maurice Cheeks, un par de escoltas con buena mano y capacidad para generarse sus propios tiros como Andrew Toney y Clint Richardson, un férreo defensor con gran capacidad de rebote como Bobby Jones y algunos ayudantes en la sombra para el trabajo en la zona que respondían al nombre de Marc Iavaroni, Earl Cureton, Reggie Johnson, Clemon Johnson o Mark McNamara, algunos con un papel tan testimonial que fueron traspasados durante la temporada.

Con la inercia ganadora de los años anteriores, la buena química en el vestuario y la titánica presencia de Mo en el centro de la zona, los Sixers se las ingeniaron para lograr 65 victorias, la segunda mejor marca de la franquicia en toda su historia y uno de los mejores registros de la NBA desde su creación. El que fuera líder indiscutible del equipo no había puesto problemas por compartir los focos con el recién llegado pívot, que redobló su ya imponente juego en los Rockets para terminar la temporada como MVP de la Liga con 24,5 puntos y 15,3 puntos por noche, si bien Julius Erving contribuyó sin esfuerzo a la buena marcha del equipo con 21,4 puntos, 6,8 rebotes y 3,7 asistencia por partido. Little Mo, por su parte, dirigió al equipo promediando 12,5 puntos y 6,9 asistencias, mientras que Toney elevó sus prestaciones hasta los 19,7 puntos.

Sin embargo, esta buena marcha durante la Liga regular no daba confianza a los jugadores de Cunningham, que llevaban varias temporadas superando el 70 por ciento de victorias durante la temporada para después estrellarse contra algún equipo más fuerte o más preparado mentalmente para la victoria final. Fue precisamente el último en llegar, Mo Malone, quien dio un espaldarazo a las expectativas de sus compañeros cuando, al ser preguntado por la marcha de los PlayOffs, solamente respondió “fo’, fo’, fo’”, una abreviatura de “four, four, four (cuatro, cuatro, cuatro)” causada por su cerrado acento virginiano. La bravuconada estuvo muy bien como motivación, pero llegaba el momento de cumplir en el campo con semejante afrenta a los rivales.

Los primeros en caer fueron los New York Knicks de Hubbie Brown y Bernard King, que sucumbieron en cuatro partidos al juego de ataque de los Sixers sin encontrar respuesta en ningún momento al reparto de competencias de Erving, Malone, Toney y Cheeks. La Final de Conferencia sería contra unos sorprendentes Milwaukee Bucks que habían conseguido ‘barrer’ a Boston Celtics y que estaban liderados por Bob Lanier y Sidney Moncrief. El rival menos esperado fue, a la postre, el que más problemas dio a los Sixers en su exitoso camino de toda una temporada, y el que hizo que la predicción de Mo Malone no pudiera cumplirse. Los de Wisconsin se las ingeniaron para ganar uno de los partidos de la serie y, de esta forma, poner el único punto negro en un inmaculado paso de los Sixers por la post-temporada.

Una nueva presencia en las Finales, y nuevamente contra Los Angeles Lakers, verdugos en dos ocasiones de las aspiraciones de los de Pennsylvania. Sin embargo, los californianos no habían tenido un camino tan sencillo, a pesar de haberse clasificado como mejor equipo del Oeste y seguir contando con Magic Johnson y Kareem Abdul-Jabbar como líderes sobre la pista En las semifinales de Conferencia, los Portland Trail Blazers no dejaron que los Lakers, sin James Worthy ni Bob McAdoo, cogieran grandes ventajas e, incluso, llegaron a rascar una victoria a mitad de la serie. Las Finales del Oeste serían contra uno de los equipos llegados de la ABA, San Antonio Spurs, que se mostraron también bastante batalladores, alargando la eliminatoria hasta el sexto partido y perdiendo la posibilidad de luchar hasta el final por la clasificación para la ronda definitiva en el último segundo, tras un fallo en el tiro del pívot Artis Gilmore, haciendo bueno el 101-100 para los de púrpura y oro.

Esta vez no se podía fallar. El Dr. J había probado las mieles del éxito en dos ocasiones en la ABA y no podía conformarse con la decepción de repetir una y otra vez presencia en las Finales de la Liga sin acercarse siquiera al anillo.

Y así fue. La presencia de Mo Malone en el centro de la zona fue incluso más gigantesca que durante la temporada regular, con continuos dobles-dobles en puntos y rebotes y una superioridad aplastante sobre los interiores de los Lakers. Nuevamente, la eliminatoria se solucionó en cuatro partidos, sin opciones para los angelinos que, aunque no permitieron grandes ventajas en el marcador, no pudieron con el juego agresivo y las múltiples opciones de ataque de los Sixers, ni mucho menos con los inigualables registros de Big Mo (27+18 en el primer partido, 24+12 en el segundo, 28+19 en el tercero y 24+23 en el cuarto), número más que suficientes para sder designado MVP de las Finales.

Ese destello dorado fue el último para los Sixers, que firmarían una decepcionante campaña al año siguiente, eliminados en primera ronda de los PlayOffs por New Jersey Nets, y vieron cómo, poco a poco, el equipo campeón iba desmoronándose, con la retirada de Julius Erving y la marcha de Moses Malone en un deambular de ocho años por diferentes equipos hasta su jubilación en 1995. El futuro tenía nombre y apellidos, Charles Barkley. El recuerdo de tan buenos momentos fue conformándose con el paso de los años, principalmente con la retirada de los números de Erving (6), Mo Cheeks (10) y Bobby Jones (24), así como la recomendada inutilización del 2 de Mo Malone, que nadie ha vestido en Philadelphia desde entonces, aunque no ha sido oficialmente retirado.

Material adicional
Documental "That championship feeling"