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miércoles, 23 de octubre de 2013

El 'primer' hombre en la Luna

Durante muchas décadas, la NBA fue un terreno vedado para cualquier jugador no nacido o formado en Estados Unidos. Si algunos baloncestistas estadounidenses tenían dificultades para ser aceptados por cuestiones religiosas o, sobre todo, raciales, la entrada de jugadores llegados de otros lugares del mundo era una quimera de algunos entusiastas que no vivían enfrascados dentro de las fronteras y sí eran conocedores de las evoluciones del deporte de la pelota gorda en Europa y los países sudamericanos, mientras que el sector ‘proteccionista’ veía esta posibilidad como un insulto a la supremacía norteamericana.

Sin embargo, a lo largo de la década de los 60 y los 70 ya hubo algunos casos aislados de jugadores que, después de un prometedor inicio de carrera allende los mares, llamaron la atención de aquellos visionarios y, trabas administrativas, políticas y familiares aparte, fueron invitados a probar la forma de vida y las maneras de trabajar propias del profesionalismo norteamericano. Junto con el italiano Dino Meneghin y el mexicano Manuel Raga, ambos caprichos personales de Marty Blake, el principal ojeador del extranjero de la NBA en los primeros 70, Drazen Dalipagic fue el primer hombre (de Europa) en pisar la Luna (de la NBA).

La historia de ‘Praja’ es peculiar. Sus inicios deportivos fueron en el balonmano y, sobre todo, en el fútbol, de donde le vino su apodo, dado a su gran parecido con el delantero estrella del equipo local de Mostar, su ciudad natal, Dane Praha. A pesar de sus buenos fundamentos técnicos con el balón en los pies, cuando Drazen probó por primera vez con el baloncesto a los 19 años de edad, quedó automáticamente prendado de este deporte. A ello ayudaron sus 1,97 metros de altura y una facilidad innata para el lanzamiento lejano que, ya en su primera temporada enrolado en el Lokomotiva de Mostar, le permitió desarrollar una suspensión rápida e infalible y le llevó a figurar entre los máximos anotadores de su equipo y a firmar por el mítico Partizan de la capital yugoslava con apenas un año de experiencia. Y fue en Belgrado donde llegó el éxito, tanto colectivo como individual.

Sus buenas actuaciones durante las siguientes temporadas hicieron que Jim McGregor fijara sus ojos en él. Como agente de jugadores, McGregor organizaba frecuentes giras de baloncestistas norteamericanos de segunda fila por Europa, con el fin de asegurarles un contrato a este lado del Atlántico. Con el paso del tiempo y con el objetivo de que estos partidos sirvieran también de promoción de los jugadores locales de cara a mejores contratos o a un remoto ingreso en la NBA, empezó a confeccionarse una selección de los talentos europeos en ciernes para medirse a los estadounidenses. Gracias a sus números de estrella, por encima de los 25 puntos en todas sus temporadas en el Partizan, Dalipagic fue uno de sus invitados en julio de 1975 a la cita celebrada en un pueblo costero cerca de Génova, llamando poderosamente la atención de uno de los pocos ojeadores NBA presentes en la cita, John Killilea, avisado por el propio McGregor del potencial de algunos jugadores europeos. Impresionado, Killilea se puso en contacto con el alero bosnio y le invitó a los campus de entrenamiento para novatos y agentes libres de su equipo, los míticos Boston Celtics, una oferta muy tentadora pero demasiado ambiciosa para alguien con apenas cinco años de experiencia en el baloncesto.

La progresión de Dalipagic siguió adelante la siguiente temporada, algo que se hizo más que palpable en los Juegos Olímpicos de Montreal del verano de 1976, competición en la que ‘Praja’, Kresimir Cosic y Dragan Kicanovic dirigían al equipo yugoslavo. Después del primer partido contra la selección de Estados Unidos, en la que Dalipagic anotó 22 puntos, Killilea, presente en las gradas, no quiso esperar más y pidió una reunión con el alero aquella misma noche, en la que volvió a plantearle la oferta para probar con los Celtics, vigente campeón de la NBA, aquel mismo verano. Los galones adquiridos dentro del equipo plavi (con espectaculares actuaciones, incluyendo sus 27 puntos en la final ante la estrella estadounidense Adrian Dantley), los ánimos de sus compañeros y el hecho de encontrarse tan lejos de casa (y tan cerca del posible futuro destino) fueron haciendo que Drazen cambiara de opinión y se animara a probar con los orgullosos verdes.

Una semana en Boston
La aventura americana comenzó el 21 de agosto de 1976 en el aeropuerto de Belgrado, del que partieron Dalipagic, su suegro, Tony Pozeg, y Cosic, que le ayudaría con el idioma gracias a su estelar paso de cuatro años por la Universidad de Brigham Young, un viaje que había causado un gran revuelo mediático a ambos lados del Atlántico (un periódico de Hartford llegó a asegurar que había una oferta por dos años y 900.000 dólares, un sueldo de estrella para la época). Pocas horas después de aterrizar en Boston, ‘Praja’ tuvo que hacer frente a su primer entrenamiento, la primera de las dos sesiones diarios a las que eran sometidos los 16 jugadores novatos y agentes libres pretendidos por los Celtics y que eran observadas de forma pormenorizada por Killilea, Tom Heinsohn, entrenador del equipo, y John Havlicek, estrella bostoniana cercana a la jubilación y capitán de la plantilla.

Durante los primeros entrenamientos, Drazen se sorprendió de la dureza defensiva y el juego individualista que se imponía, aunque precisamente era la potencia física del bosnio, además de su gran acierto en el tiro, lo que había llamado la atención de Killilea. Así, Dalipagic se puso manos a la obra para mostrar todo su potencial, primero reivindicando su gran capacidad reboteadora y, unos días más tarde, priorizado su aportación ofensiva, tanto en sus efectivos tiros desde prácticamente cualquier punto de la cancha (sus preferidos eran desde las esquinas) como sus penetraciones rebosantes de potencia, finalizadas con elegancia con la mano derecha o con fuerza con un mate, aunque se repetía un lunar que los ojeadores NBA veían en todos los prospectos europeos que probaban en EEUU, una cierta indolencia defensiva. Gracias a esta nueva faceta más activa, la prensa comenzó a conocerle con el sobrenombre de “Yumpin’ Yugo”. Su fama crecía a la misma velocidad que su aportación al equipo, e incluso el mandamás de los Celtics, el mítico Arnold ‘Red’ Auerbach, se había acercado a los campus de entrenamiento para conocer al yugoslavo. Tras una breve entrevista, quedó impresionado con la madurez y el juego de ‘Praja’, por lo que no dudó en bromear y presentarle a Havlicek como “sucesor”.  

Sin embargo, las buenas vibraciones que estaba causando en el seno de la franquicia de Boston no pasaban desapercibidas en su Yugoslavia natal. Así, la Federación y el Gobierno iniciaron su propia campaña con una nota de prensa difundida en las agencias periodísticas internacionales recordando que el país balcánico no permitía a sus jugadores salir de sus fronteras a jugar hasta los 30 años, habiendo cumplido el servicio militar y disponiendo de un doble permiso de su equipo de origen y de la Federación, encargados de jugar si se habían acreditado “suficientes méritos en el servicio a la patria”. Todos estos condicionantes se unían a la normativa FIBA, que prohibía que los jugadores NBA, los únicos considerados profesionales, volvieran a militar con su selección nacional, además de ocupar plaza de extranjero en los equipos amateur en caso de verse obligados a volver de EEUU. Aunque Dalipagic solamente tenía en mente probar sus capacidades en los campus NBA sin llegar a fichar por un equipo profesional, estas noticias no hacían sino devolver al suelo los posibles sueños que pudieran haberse despertado en su estancia de apenas una semana en EEUU.

Así que todo siguió como estaba planeado y, una vez concluido el campus, Drazen hacía las maletas de vuelta a Belgrado. Antes del viaje de vuelta, y aunque la decisión era de sobra conocida por los gestores célticos, Auerbach quiso tener una última reunión con Dalipagic en su despacho, en la que le ofreció un contrato garantizado por un año y 30.000 dólares con posibilidad de renegociación al final de la temporada. ‘Praja’ aludió a la llamada del servicio militar, su desconocimiento del inglés, su nueva situación familiar, ya que acababa de ser padre; y la restrictiva normativa FIBA para cumplir con Yugoslavia para declinar amablemente esta invitación. De esa reunión, queda el consejo de ‘Red’ de que aprendiera idiomas de cara al futuro y un libro con la dedicatoria “al amigo para quien espero que algún día vista la camiseta de los Celtics”.

La vida sigue
Tras su aventura americana, Dalipagic completó una longeva y estelar carrera hasta los 40 años en Partizan, Real Madrid, Venecia, Udine, Verona y Estrella Roja, con promedios de puntos por encima de los 30 casi todas las temporadas y descollantes exhibiciones anotadoras de hasta 70 puntos, todo ello contando con que gran parte de su carrera se desarrolló antes de la inclusión de la línea de tres puntos en el reglamento FIBA. Por su parte, los Celtics prolongaron un par de años más la carrera de Havlicek hasta 1978, momento en el que Auerbach hizo otra de sus magistrales jugadas de efecto para hacerse con Larry Bird, que debutó una temporada después. De este modo, no pudo consumarse la llegada a los Celtics de lo que parece el eslabón intermedio entre el trabajador Havlicek y el estelar Bird, dando por sentado el gusto céltico por los aleros blancos con un buen conocimiento del juego en equipo.

martes, 23 de abril de 2013

El ‘otro’ Petrovic

Muchos son los casos en el mundo del deporte en general, y del baloncesto en particular, en los que las altas cotas de excelencia alcanzadas por una figura indiscutible ensombrece el trabajo callado de familiares y amigos que iniciaron su andadura de forma simultánea o, incluso, antes. Esa es la historia de Aleksandar Petrovic, el otro Petrovic, el que pasará a la historia como el hermano del Mozart del baloncesto, del genio de Sibenik, del inolvidable Drazen.

Cinco años mayor que el astro que vino a revolucionar el juego en Europa, Aleksandar era también un apasionado del baloncesto y era habitual verle con el balón naranja entre las manos. Prácticamente diarios eran sus entrenamientos en la calle Predarovic de Sibenik, frente al hogar familiar, donde el pequeño Drazen daba también sus primeros pasos baloncestísticos en una eterna y desigualada competición con su hermano mayor, un playground callejero que el mayor de los Petrovic cambió a los 13 años por el pabellón del Sibenka, donde culminaría su etapa de formación e iría quemando etapas hasta llegar al primer equipo. Poco a poco, la fama de Aleksandar fue creciendo, sobre todo cuando el Sibenka fue ascendiendo a categorías superiores de la mano de un base-escolta con un gran conocimiento del juego y un deseo irrefrenable por la victoria.

Estos buenos argumentos, así como el sorprendente ascenso del modesto club de Sibenik a la primera división yugoslava en apenas seis años de existencia, le valieron su fichaje por la Cibona de Zagreb, un equipo siempre metido en la lucha por los primeros puestos de la clasificación pero que no terminaba de concretar su competitividad en forma de títulos. Este traspaso, que también sirvió para ir abriendo las puertas del primer equipo al pequeño de los Petrovic, fue muy provechoso para Aleksandar, ya conocido por el sobrenbombre de ‘Aza’ o ‘Aco’. Convertido en el base con más minutos en cancha y en la mano derecha de Mirko Novosel sobre el parqué, la Cibona ganó hasta en cuatro ocasiones consecutivas la Copa de Yugoslavia entre 1980 y 1983, a lo que unió una Supercopa de Europa en la temporada 1980/81 y la Liga en los cursos 1981/82 y 1983/84. Y todo antes de que llegara Drazen a terminar de perfilar el equipo de leyenda de la capital croata.

Entonces llegó el temido momento en el que el pequeño de la familia, que llevaba varios años deslumbrando a propios y extraños con una capacidad anotadora incansable y un liderazgo en ocasiones excesivamene entusiasta, llegara también al equipo de la capital croata después de llevar al Sibenka a cotas inimaginables para un equipo de tan corta andadura. ‘Aco’ ya había sufrido lo mejor y lo peor de su hermano menor, en intensos partidos en los que se demostraba que, en la cancha, no hay amigos ni hermanos. El enfrentamiento más intenso se produjo en la temporada 1982/83, cuando Drazen se destapó en el partido de ida en Sibenik con 27 puntos e innumerables gestos de celebración ante el banquillo rival y su propio hermano, al que consiguió eliminar por faltas. En el partido de vuelta en Zagreb, el mayor de los Petrovic se tomó cumplida revancha anotando 20 puntos y sometiendo a su hermano a un defensa impenetrable, con algunos momentos de tensión en los que tampoco faltaron algunos gestos desafiantes del victorioso Aleksandar.

A pesar de esta pasada rivalidad, y de que la llegada del Mozart del baloncesto europeo fuera a trastocar radicalmente los planes de juego de Mirko Novosel restando protagonismo a todos sus baluartes a favor del recién llegado, la trayectoria de ‘Aza’ se hará indisoluble de la de su hermano. Aquella primera temporada con Drazen y Aleksandar al comando de las operaciones, la Cibona se alzó con un triplete histórico: la Copa de Yugoslavia, la Liga nacional y, para poner la guinda al pastel, la Copa de Europa, iniciando con us victoria en la final ante el Real Madrid una de las rivalidades más encarnizadas del baloncesto de los 80. La siguiente temporada, el éxito no fue del todo completo, y mucho menos para ‘Aco’, que se perdió parte de la temporada a causa del servicio militar. A pesar de ello, los Lobos de Tuskanac, llamados así por el barrio de Zagreb en el que se fundó el club, se alzaron con la Copa nacional y con el principal cetro europeo, en esta ocasión ante un Zalguiris Kaunas cuya principal estrella, Arvydas Sabonis, acabó desquiciado con la actuación del pequeño de los Petrovic.

La competitividad de la Liga yugoslava iba en aumento, incorporando jugadores que, apenas unos años después, iban a marcar una época en el baloncesto internacional. Así, después de varios años dominando alguno de los torneos nacionales, la Cibona concluyó el curso 1986/87 sin levantar ningún título dentro de sus fronteras, aunque pudo salvar la temporada gracias a la Recopa de Europa. Después de un torneo resuelto con relativa solvencia por parte de los croatas, la final no podía dejarse escapar y Scavolini Pesaro no fue un escollo para el equipo de los hermanos Petrovic en un partido que marcó el futuro del mayor de la familia.

Estas buenas temporadas le llevaron a ganarse un hueco prácticamente fijo en la selección nacional yugoslava en una época en la que los plavi estaban en plena reconstrucción entre sus dos décadas doradas. A pesar de ello, los balcánicos se las arreglaron para presentar equipos batalladores y no exentos de calidad, asegurándose la medalla de bronce en cuatro campeonatos durante los 80, los Mundobasket de 1982 y 1986, los Juegos Olímpicos de 1984 y el Eurobasket de 1987, torneos en los ‘Aco’ tuvo una importante presencia en la pista, aunque quizás no tanto en las estadísticas. La llegada de una generación de jugadores talentosos y físicamente superiores hizo que el mayor de los Petrovic tuviera que dejar su hueco en la selección a talentos de la talla de Zarko Paspalj, Toni Kukoc, Aleksandar Djordjevic o Jure Zdovc, entre otros.

De viaje por Europa
El buen papel jugado la final de la Recopa de Europa le valió un contrato con Scavolini Pesaro, club transalpino derrotado apenas unos meses antes en Novi Sad. Además, la oferta de la Lega venía con una cláusula difícil de rechazar, ya que, después de varios años a la sombra de Drazen, el mayor de los Petrovic volvería a tener galones para dirigir el equipo a su gusto. Y así lo hizo. ‘Aco’ volvió a sentirse estrella en Pesaro, promediando más de 20,2 puntos por partido (y una presencia en pista esencial para el juego de los italianos) y alzándose con el título de la Lega. Sin embargo, las piernas ya no daban para mucho más y el mayor de los Petrovic buscaba ir allanándose el camino hacia los banquillos, para lo que volvió nuevamente a la Cibona para una última temporada como jugador, tras lo que vagó por varios equipos como KK Zagreb, Racing de Luxemburgo o KD Postojna para ganar experiencia y conocer nuevos sistemas organizativos y de juego.

El salto a de la cancha a los banquillos fue tremendamente exitoso para el precursor de la familia Petrovic. Así, contratado por la Cibona desde el año 1991, ‘Aza’ encadenó cuatro títulos seguidos en la recién nacida liga croata, resultante de un proceso de desmembramiento de la antigua Yugoslavia que también acabó con la potente competición nacional, además de formar parte del cuerpo técnico que, capitaneado pro Petar Skansi, ayudó a la selección de Kukoc, Radja y Drazen a alcanzar la plata en los Juegos Olímpicos de 1992, solamente por detrás del todopoderoso Dream Team. De hecho, el equipo nacional ha sido refugio de Petrovic en varias ocasiones en su andadura como entrenador, consiguiendo la medalla de bronce en el Eurobasket de 1995, cuando los croatas abandonaron el podio cuando la Yugoslavia serbia acudió a recibir su medalla de oro, y un séptimo puesto en 2001.

La escasa emoción competitiva de la nueva liga del país adriático hizo que ‘Aco’ hiciera las maletas buscando nuevas experiencias, recalando en el Caja San Fernando de Sevilla, equipo que, de la mano de Warren Kidd y Richard Scott, se coló en las Finales de la ACB en 1996. Nuevo paso existoso por la Cibona, con los campeonatos de 97 y 98 como recompensa y de vuelta a España para firmar una decepcionante temporada con el Lleida. Desde entonces, prácticamente no ha salido de los Balcanes, con un paso por el KK Zadar, al que hizo campeón de Copa en 2007, la selección de Bosnia Herzegovina y el Cedevita de Zagreb, cuyo buen papel en la Eurocup de la temporada 2010/11 le valió el galardón de mejor entrenador de la competición. En esta última campaña, el mayor de los Petrovic no ha tenido demasiada suerte y ha sufrido un par de marchas tempranas, una forzada del Unics Kazan y otra voluntaria del Cedevita, club al que llegó para sustituir a un mito de los banquillos, Bozidar Maljkovic.

martes, 9 de octubre de 2012

Belgrado-Fuenlabrada-Bolonia-Estambul

Aquel coqueto pabellón flamantemente nuevo, el Fernando Martín, no era demasiado distinto del Hall Pionir, ni del vetusto Hala Sportova. Algo más pequeño, con espacio para unos 2.000 espectadores menos, pero podía convertirse en una olla a presión aún más caliente y humeante que el mítico campo de Belgrado. Solamente había una condición, que aquel grupo de once serbios y un croata, todos yugoslavos en aquel momento, fueran capaces de movilizar a una ciudad predispuesta para el baloncesto, a pesar de que no habían tenido la oportunidad de disponer de su propio equipo de élite.

Mientras la guerra se desataba en una zona acostumbrada a los conflictos territoriales aunque razonablemente habituada a la convivencia impuesta tras las Segunda Guerra Mundial, los jugadores yugoslavos encontraban en el baloncesto una tabla de salvación, una forma distinta de luchar por su país sin tener que empuñar las armas. La pelota gorda seguía en movimiento mientras miles de serbios, croatas y bosnios, algunos de ellos familiares y amigos de las estrellas del basket, acudían a luchar contra los que hasta el momento habían sido sus compatriotas.

En este caldo de cultivo, y aunque la liga nacional yugoslava no sufrió demasiados problemas, más allá de la ausencia de los equipos croatas y eslovenos, naciones ya proclamadas independientes, la FIBA clamó por la seguridad de los equipos participantes en las competiciones internacionales europeas, por lo que obligó al exilio a las escuadras con base en la zona en conflicto a buscarse otros campos en los que jugar sus partidos como locales. Los tres equipos en liza se refugiaron en España durante esa temporada. La Jugoplastika de Split, por aquel entonces Slobodna Dalmacija, se refugió en La Coruña, mientras que la Cibona de Zagreb dejó la capital croata por la localidad gaditana de Puerto Real. Por su parte, los protagonistas de esta historia, los únicos que consiguieron hacer del destierro su nueva casa, los jugadores del Partizan de Belgrado recalaron cerca de Madrid, en Fuenlabrada, en una coqueto pabellón estrenado hacía apenas unos meses, sin un equipo de élite que impusiera horarios y restringiera entrenamientos y a pocos minutos del aeropuerto más importante del país, Barajas.

A pesar de que la elección fue estratégicamente buena, descontando el perjuicio inevitable de tener que jugar a miles de kilómetros de casa, el Partizan de Belgrado no planificaba la temporada 1991/1992 como una de las más exitosas de su historia. Sus jugadores más destacados de las pasadas campañas, Vlade Divac y Zarko Paspalj, habían abandonado la disciplina de Belgrado siguiendo el esplendor de la NBA y de los siempre manirrotos equipos griegos, dejando una plantilla de jugadores talentosos pero jovencísimos, con una media de 21,7 años y con ‘Shasha’ Djordjevic y Pedrag Danilovic como principales referencias ofensivas. Y es que, además de las grandes estrellas, la disciplina serbia también perdió a uno de sus jugadores más veteranos, el base Zeljko Obradovic, que iniciaba con 31 años, y dejando inesperadamente su puesto en la primera plantilla y su carrera de jugador en activo (la oferta le llegó cuando estaba concentrado con la selección yugoslava), su exitosa leyenda en los banquillos de media Europa.

Con estos mimbres, muchos de ellos novatos, los partisanos aún no eran conscientes de lo que iba a suceder. Y es que el equipo serbio y la ciudad madrileña pronto iniciaron un idilio que se prolongaría durante los siete partidos como locales de la fase de grupos sw la Copa de Europa, una ronda en la que, a pesar de los miles de kilómetros, sí hubo una conexión entre los jugadores y el público. Los seguidores fuenlabreños estaban sedientos de baloncesto de élite, y la llegada de un club de referencia de uno de los países con mayor tradición baloncestística pareció bastarles para que llenaran el pabellón en todas las citas, tomaran la camisera blanquinegra como suya e incluso defendieran a los ‘suyos’ en sus enfrentamientos contra los equipos españoles en liza. Por su parte, los jóvenes jugadores yugoslavos hicieron un especial esfuerzo para responder a la animosidad de la afición, permaneciendo durante más de una hora firmando autógrafos y complaciendo a los aficionados e intentando aprender a marchas forzadas algo de castellano, al menos los números y algunas expresiones útiles. Como una suerte de amor de fin de semana, los jugadores podían huir durante algunos días de la triste realidad de una guerra civil y los seguidores podían maravillarse con el juego de un equipo plagado de talento y deseo y, al fin, entregarse a unos colores.

En lo deportivo, el paso del Partizan por el pabellón Fernando Martín fue muy positivo, venciendo todos sus partidos menos uno, al ‘vecino’ Estudiantes, que posteriormente se plantaría contra todo pronóstico en la Final Four. Por el recién estrenado parqué pasaron Commodore, Maes Piels, Phillips Milán, TSU Bayer 04 y Aris, además del Joventut de Badalona, que esperaba encontrar un ambiente más favorable al tratarse de un equipo nacional, pero que se toparon con la realidad de que, a efectos de la Copa de Europa, el Partizan no era un equipo llegado del otro lado del Mediterráneo, sino que se había convertido en el Partizan de Fuenlabrada.

La peripecia fuera de casa en esta fase de grupos no fue tan exitosa, aunque los balcánicos sí consiguieron vencer en Milán y Salónica, clasificándose como cuartos del grupo para la eliminatoria previa a la Final Four. Objetivo más que cumplido para los jóvenes y viajeros jugadores partisanos, con los que pocos contaban dada la odisea deportiva y geopolítica que atravesaban y a los que la FIBA permitía volver a casa a jugar los cuartos de final contra el Knorr de Bolonia. Atrás quedaban cuatro meses de competición, muchos recuerdos y un buen recibimiento, que fue agradecido con la invitación de varias autoridades y aficionados fuenlabreños al Hall Pionir en el primer partido ya en casa.

Con la inercia positiva, los de Belgrado vencieron a los italianos en una serie que se prolongó hasta los tres partidos, sellando su pasaporte a la Final Four de Estambul, donde compartían los focos con tres viejos conocidos de la fase de grupos, Phillips Milán, Joventut de Badalona y Estudiantes. Una vez en la ciudad turca, el sueño, tan irrealizable a principio de temporada, estaba más cerca y había que luchar por con seguirlo. Ya no había nada que perder.

El Partizan volvió a deslumbrar con su juego en las semifinales ante el equipo milanés, consiguiendo clasificarse para el partido definitivo con un resultado de 82-75. Dos días después, el rival sería el Joventut de Badalona, equipo mucho más experimentado que obligaría a los balcánicos a exprimirse al máximo. En un partido rocoso y difícil, brusco en algunos momentos, brillante en otros, el marcador reflejaba un empate a 68 a apenas 20 segundos para el final. Tomás Jofresa intentaba una penetración más trabada de lo previsto para conseguir una canasta llorosa y emocionante cuando restaban menos de 10 segundos para la bocina. Solamente quedaba una bala en el cargador.

El balón se puso en juego con rapidez. Djordjevic avanzó rápidamente a pesar de la presionante defensa de Jofresa. Una vez en la pista de ataque, y antes de que Juanan Morales llegara a la ayuda, el genial base de Belgrado se elevó en un un salto algo desequilibrado, aunque con el torso perfectamente orientado hacia la canasta… El resto ya es historia: triple a menos de tres segundos que colocada a los partisanos 71-70 y un escasísimo margen de maniobra para los de Badalona, que solamente pudieron lanzar a la desesperada y ya sin tocar siquiera el aro.

La aventura del Partizan en su temporada más difícil, con la pérdida de sus mejores jugadores, la guerra en casa y el exilio en la competición europea, se saldaba con el primer y único máximo título continental para los blanquinegros. Como si de un cuento de hadas o una novela de aventuras se tratara, la escuadra dirigida por Obradovic, liderada por Djordjevic y Danilovic y completada por Ivo Nakic, Nikola Loncar, Vladimir Dragutinovic y Zeljko Rebraca, entre otros, consiguió sobreponerse a todas las adversidades para terminar besando su primera y única Copa de Europa.

Material adicional
“Sueños robados. El baloncesto yugoslavo” de Juanan Hinojo