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lunes, 24 de septiembre de 2012

Un mago del básquetbol

Bahía Blanca, una localidad de apenas 300.000 habitantes situada a pocos kilómetros al sur de Buenos Aires, es conocida como la Capital del Básquetbol Argentino y, probablemente, podría ser la ciudad más representativa del deporte de la pelota gorda, compartiendo el título con algunas localidades de los Balcanes, por la implicación social y el alto porcentaje de población relacionada con la canasta. Y es que Bahía, a pesar de sus estadísticas demográficas, cuenta con 21 pabellones dedicados a la práctica del baloncesto y con otros tantos clubes que compiten en diferentes ligas y categorías. Con esta tradición baloncestística, no es de extrañar la gran cantidad de talentos que esta ciudad ha aportado a diferentes escuadras de la Liga Nacional de Básquetbol (LNB), multitud de equipos europeos y, cómo no, al seleccionado nacional.

En esta larga historia alrededor del deporte de la canasta, que data del primer partido jugado en Argentina en 1910 por parte de soldados norteamericanos atracados en el puerto de Bahía Blanca y de la fundación de la primera liga organizada en el país sudamericano en 1917, hay una figura que destaca entre tantos jugadores aguerridos y de talento. Alberto Pedro Cabrera, apodado “Beto” en sus inicios y “Mandrake”, nombre sacado de un popular mago de la ficción en los años 30 del pasado siglo XX, tras su consolidación al más alto nivel, cerró en 1986 un periplo de más de 30 años dedicados a la práctica del baloncesto, con 38 títulos nacionales. 

Y es que durante los años 60 y 70, la competición argentina tenía ciertas peculiaridades. Debido al tamaño del país y al carácter amateur de los clubes deportivos, el baloncesto albiceleste se dividía en ligas locales en las ciudades más importantes, además de competiciones que, al margen de los clubes, enfrentaban a las selecciones de los mejores jugadores de cada ciudad o provincia. De este modo, “Mandrake” pudo levantar, como líder indiscutible del Estudiantes de esta localidad portuaria prácticamente desde su debut a los 16 años en noviembre de 1961, cinco títulos oficiales y doce de su ciudad natal, además de otros doce representando a Bahía Blanca y nueve con la selección de la provincia de Buenos Aires. Su retirada en 1986, con casi 41 años, supuso un duro golpe para el deporte de la canasta en la ciudad portuaria, aunque la semilla ya había sido plantada y las nuevas generaciones de grtandes jugadores bahíenses ya daban sus primeros botes con la pelota gorda.

Esta exitosa carrera en el más alto nivel del básquetbol argentino se basa en una pasión desmedida por el deporte de la pelota gorda desde niño. A los 7 años, el joven “Beto” comenzó a jugar en las canchas del colegio para pronto enrolarse en el club en el que pasaría casi toda su vida. Desde muy joven, comprendió la necesidad de tener el balón para poder ganar, por lo que sus cualidades defensivas fueron las primeras en destacar, además de mostrar buenas aptitudes físicas, sobre todo en lo que a capacidad de salto se refiere. Con el paso del tiempo, y adaptándose a las exigencias de la posición de base, Cabrera fue desarrollando un buen manejo de balón, una visión de juego analítica y, sobre todo, una gran capacidad para pasar el balón al compañero mejor situado, asistencias que le hicieron ganarse los apodos de “Mago” y el ya citado “Mandrake”. Sus capacidades ofensivas, como el tiro lejano o la facilidad para penetrar o tirar en carrera, le llegaron en sus últimos días de formación y en su periplo en el primer equipo, convirtiendo al joven bahíense en uno de los jugadores más completos de su generación.

A pesar de indudable brillo de la futura estrella de Estudiantes, el baloncesto de Bahía Blanca se encontraba en un momento dulce, en su década de oro. Así, el aparente dominio del club estudiantil durante estos años no era tan abrumador, teniendo que luchar codo a codo con su principal rival de la época, el Olimpo, así como con otros equipos de menor entidad pero también con jugadores de calidad, como Independiente, Club Alem o Pacífico. Los gran competidores de Cabrera en la competición doméstica, y compañeros inseparables en los combinados bahíense y bonaerense y en el seleccionado nacional, eran Atilio “Lito” Fruet, una alero alto e inteligente, y José Ignacio “El Negro” de Lisazo, jugador muy físico y aguerrido en el campo.

Una noche inolvidable
El gran potencial del baloncesto bahíense tuvo su reflejo en la gran cantidad de títulos recabados por sus clubes y selecciones durante la década de 1967 a 1979, aunque no tenía una sonoridad más allá de las fronteras argentinas. Sin embargo, los orgullosos y aguerridos jugadores de Bahía Blanca tuvieron una oportunidad de que sus andanzas fueran más allá de su país e, incluso, saltaran al otro lado del Atlántico.

La noche del 3 de julio de 1971 fue la elegida para inaugurar el pabellón Norberto Tomás “Patito”, nueva sede social de Olimpo bautizada con el nombre de un joven jugador fallecido durante un partido. El torneo incluía la participación del combinado de Bahía Blanca como anfitriones y del seleccionado albiceleste, además del equipo nacional mexicano y de una escuadra de ensueño dispuesta a llevarse todos los ‘flashes’, la Yugoslavia campeona del mundo en 1970, que estaba realizando una de sus habituales giras americanas para ir adiestrando a los jóvenes talentos en el férreo sistema de la ‘kosarka’. De este modo, el combinado ‘plavi’ no contaba con sus mejores hombres, ya que su principal referente, Kresmir Cosic, apenas disputó algunos minutos durante toda la gira, aunque sí había traído a algunas de las estrellas del oro conseguido en Ljubljana un año antes, como Plecas, Jevolak o Kapicic, junto con jóvenes prometedores como Dragan Ivkovic, Miroljub Damjanovic o Zarko Knezevic.

El primer partido en esta nueva pista sería entre los anfitriones y el equipo estrella, un enfrentamiento que se preveía desigualado pero que haría las delicias de los aficionados bahíenses. Sin embargo, el encuentro no fue por los derroteros esperados, sino que el ardor guerrero propio de los jugadores de Bahía Blanca, contagiado posteriormente a prácticamente todos los jugadores argentinos de baloncesto, consiguió que los yugoslavos no pudieran dispararse en el marcador, llegando al descanso con una ventaja exigua pero meritoria, 34-32. Los de Bahía, encabezados por “Beto” Cabrera y “El Negro” De Lisazo y entrenados por Américo José “El Lungo” Brusa, habían conseguido más de lo que pensaban, por lo que esperaban el vendaval ofensivo de los campeones del mundo en la segunda parte. Sin embargo, la reanudación fue buena para los locales, con un parcial de 8-0, que hizo que se creyeran ganadores y bajaran su rendimiento. En ese momento, Plecas y Kapicic cogieron las riendas del juego yugoslavo para dar la vuelta al partido. Había estado tan cerca que los bahíenses no querían resignarse a caer sin oponer más lucha, por lo que volvieron a poner todo sobre la cancha, imponiendo un juego físico y una defensa aguerrida en busca de balón. Con muchas faltas y mucha emoción, con algunos de los mejores jugadores eliminados, incluido el propio Cabrera, que acabó con 16 puntos, los locales consiguieron una ventaja de tres puntos a diez segundos de la bocina gracias a una canasta de De Lisazo. El marcador ya no se me movería del 78-75 que hizo que prácticamente todos los periódicos deportivos (y prácticamente todos los diarios argentinos) lucieran un titular prácticamente idéntico al día siguiente: “¡Le ganamos al campeón del mundo!”.   

El legado de “Mandrake”


La figura de Alberto Pedro Cabrera en Bahía Blanca es más grande de lo que indican sus más de tres décadas como jugador, su indiscutible trayectoria al más alto nivel en Argentina, su desigual trabajo como entrenador o la calle bautizada con su nombre en la ciudad, una de las vías principales del tráfico bahíense. Nombrado mejor deportista del siglo XX en esta localidad, “Mandrake” consiguió que el básquetbol fuera aún más popular, demostrando que tantos partidos y entrenamientos pueden tener la recompensa de llevar el nombre de tu ciudad natal prácticamente por todo el mundo. Siguiendo la estela de “Beto”, así como del resto de jugadores de su generación, muchos jóvenes siguieron practicando el deporte de la pelota gorda para llevar Bahía Blanca aún más lejos, a otros países y otras cotas deportivas. El legado de Cabrera ha tomado forma en nombres como Juan Alberto Espil, Hernán Montenegro, “Pancho” Jasen, Alejandro Montecchia, Pepe Sánchez o Manu Ginóbili, estos últimos responsables del mayor éxito del basket argentino, la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Atenas en 2004.

Material adicional:
“Bahía contra el mundo” de Matías Castañón, en “Cuadernos de basket” nº 2
“El amargo recuerdo del básquetbol en Bahía Blanca”, en “El ritmo de la cancha. Historias del mundo alrededor del baloncesto” de Jacabo Rivero
Documental “El mago del básquetbol” de Alberto Freinkel

lunes, 13 de agosto de 2012

El lento ocaso de la Generación Dorada

Un partido perdido y un cuarto puesto no parecen el mejor final para una de las generaciones más exitosas y vibrantes del baloncesto internacional. Aunque exigieran la mejor versión de Andrei Kirilenko y Alexei Shved antes de hincar la rodilla en un partido al que se agarraron como a un clavo ardiendo, los jugadores de la selección argentina pueden estar diciendo adiós a sus tiempos de gloria y verse obligados a afrontar un relevo generacional postergado por los buenos resultados obtenidos. Y es que en la última década, el ‘básquetbol’ se ha hecho con siete medallas y solamente es una ocasión se han quedado fuera de la lucha por el podio en las grandes citas.

La elevada edad de algunos de sus máximos exponentes, como Emmanuel Ginobili, con 35 años, o Luis Scola y Andrés Nocioni, con 32, puede hacer que la infructuoso gesta que los argentinos intentaron en el North Greenwich Arena de Londres, recortando la ventaja de la potente escuadra rusa para mantener sus opciones hasta el final (81-77), se convierta en el último partido de un equipo que ha mantenido su núcleo duro en casi todas las competiciones internacionales desde 2002. Este más que probable epílogo fue una buena muestra de aquello que la Generación Dorada argentina ha puesto sobre la marcha en estos diez años gloriosos: talento individual, buen juego en equipo, garra en defensa y una convicción más allá de lo humano en sus posibilidades, una fe inasequible al desaliento cuando estos jugadores se agrupan juntos bajo la bandera albiceleste.

La leyenda del ‘seleccionado’ argentino tuvo su punto álgido en el año 2004, cuando se alzaron con el oro en los Juegos Olímpicos de Atenas en un impresionante torneo en el que derrotaron con bastante solvencia a Estados Unidos en las semifinales y no fallaron en la final ante Italia. Sin embargo, los inicios de esta generación tuvieron lugar dos años antes, En Indianápolis, cuando el equipo del Cono Sur se coló en la final del Mundial contra una Yugoslavia en la cima de su juego, con baloncestistas de la talla de Pedrag Stojackovic, Marko Jaric, Igor Rakocevic o Dejan Bodiroga. A pesar de la derrota, la plata servía de prólogo para años de fuertes emociones y grandes éxitos.

En esa primera experiencia, los grandes referentes de la Generación Dorada, como Scola, Ginobili, Nocioni, Carlos Delfino y Fabricio Oberto, eran los talentosos ‘novatos’ que llegaban a un equipo en el que coincidieron con experimentados jugadores de la hornada anterior, como los rocosos pívots Rubén Wolkowyski y Gabriel Fernández, el anotador Hugo Sconochini y el telentoso base Alejandro Montecchia. Con estos buenos mimbres y buscando aspirar a éxitos como la plata del Mundial, Rubén Magnazo volvió a confiar para los Juegos Olímpicos de Atenas en la mezcla de experiencia y calidad de este grupo de jugadores, que también incluía el cerebro organizador de Pepe Sánchez y la espectacularidad de Walter Herrmann.

Después de alcanzar la gloria olímpica, algunas de las estrellas de la albiceleste se tomaron un descanso en el Torneo de las Américas de 2005, celebrado en Santo Domingo (República Dominicana), lo que sirvió para que fueran tomando cierto protagonismo otros jugadores que también serán habituales en las selecciones de los siguientes campeonatos, como Leo Gutiérrez, convertido ahora en un tirador más que fiable; la torre Román González, el eléctrico Paolo Quinteros o trabajadores como Juan ‘Pipa’ Gutiérrez, Hernán ‘Pancho’ Jasen y Federico Kammerichs. A pesar de no contar con sus mayores talentos, este equipo B consiguió una meritoria segunda plaza jugando la final contra Brasil, su gran rival por el dominio del baloncesto sudamericano.

La reválida de la Generación Dorada debía llegar en el Mundial de Japón en 2006, cita en la que se reunieron las mejores armas de este equipo y uniendo a la causa a Pablo Prigioni, uno de los mejores bases de la última década. Sin embargo, después de un campeonato prácticamente inmaculado a las órdenes de Sergio Hernández, los argentinos tuvieron la mala suerte de caer en los dos últimos partidos, los que deciden las medallas. Primero, la igualada, intensa y emocionante semifinal (75-74) contra una España en estado de gracia que a la postre se alzó con el oro y, después, la lucha por el bronce contra EEUU, selección herida por su derrota ante Grecia.

Sin Ginobili y Oberto aunque con el resto del grupo, la albiceleste volvió a dar guerra en el siguiente campeonato continental. Solamente EEUU, con la urgencia de ganar para clasificarse para los JJOO de 2008, pudo vencer al ‘seleccionado’ argentino en la final del Torneo de las Américas, organizado en Las Vegas en el verano de 2007. Un nuevo metal, el pasaporte al torneo olímpico de Pekín y la confirmación de Scola como un anotador insaciable desde las cercanías del aro fueron algunas de las conclusiones extraídas de este campeonato.

En los JJOO de 2008, Argentina volvió a confirmar su tercer puesto en el ránking FIBA de selecciones con una medalla de bronce. Nuevamente, todo el talento de la Generación Dorada acudió a la capital china para volver a poner sobre el parqué la intensidad en ambos lados de la cancha que ha hecho grande a este equipo. La piedra en el camino volvió a ser el Team USA, que acudía al torneo olímpico herido por la derrota en Atenas y con un equipo enormemente mejorado con respecto a 2004. La dolorosa derrota ante los campeones finales fue enderezada un par de días después, derrotando a la siempre correosa Lituania y pudiendo celebrar un metal en tierras chinas.

Ya por aquel entonces, se oían los cantos de la renovación generacional del equipo y las dudas acerca de la continuidad de los éxitos dada la menor proyección de la cantera argentina. A pesar de ello, y otra vez sin contar con la presencia de dos de sus líderes, Oberto y Ginobili, y otros talentos como Nocioni y Delfino, Argentina volvió a pelear con uñas y dientes por mostrarse como uno de los mejores equipos del continente en el Torneo de las Américas de 2009, acaparando una nueva medalla, en este caso de bronce. El cruce con un Puerto Rico con gran presencia de jugadores NBA supuso el punto y final para la albiceleste en este torneo, en el que también fueron de la partida algunos concidos de la ACB como Leo Mainoldi, Diego Pérez o Carlos Sandes.

La siguiente gran cita supuso la primera decepción para esta Generación Dorada. Sin Ginobili y con Oberto aquejado de algunos problemas físicos, Argentina superó con solvencia la primera fase y fue derrotada por Lituania en los cuartos de final del Mundial de Turquía en 2010. A pesar de ello, fue capaz de sobreponerse y vencer en los partidos restantes para quedar como quinto clasificado en el campeonato. Fue un campeonato en el que los anfitriones y la joven hornada de jugadores serbios se colaron en las semifinales, ocupando el lugar antes reservado para Argentina y España, también eliminada en cuartos de final.

Con la clasificación para los JJOO en juego, Argentina se presentó con sus mejores galas al Torneo de las Américas de 2011, celebrado en casa, en la ciudad de Mar del Plata. Este campeonato se saldó con un incontestable triunfo al final del mismo, ganando el partido definitivo a Brasil después de un torneo prácticamente perfecto plagado de victorias. La mala noticia, quizá el prólogo a lo que parece que va a ocurrir un año después, fue el adiós al ‘seleccionado’ de Fabricio Oberto, muy castigado por su carrera en la NBA, un toque de atención de que la gloria no puede ser eterna en el deporte de la pelota gorda.

La última embestida de los guerreros de la Generación Dorada se ha producido en los JJOO de Londres, haciendo un buen papel durante la fase previa y logrando una trabajada victoria ante Brasil para alcanzar las semifinales. Otra vez ha sido EEUU la que ha evitado que Argentina alcanzara la final y el potencial físico y baloncestístico de Rusia le arrebató la medalla de bronce en un partido disputado. A lo largo del torneo, Julio César Lamas ha tenido la oportunidad de ir dando minutos a dos jugadores llamados a recoger el testigo de sus exitosos predecesores, el alero Marcos Mata y el eléctrico base Facundo Campazzo.

¿La despedida?
Ahora se abre nuevamente el debate, como después de cada gran campeonato desde 2009, del relevo generacional de Argentina. Sin embargo, en esta ocasión, ante la creciente edad media del equipo y las declaraciones de algunos jugadores acerca de futuras convocatorias, parece que puede llegar el final definitivo de la Generación Dorada, cuyos grandes arietes, veteranos como Scola, Prigioni, Ginobili o Nocioni, llegarían muy desgastados a los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro en 2016. Ojalá el baloncesto nos dé una última oportunidad de disfrutar de este elenco en el Mundial de España en 2014...

viernes, 27 de julio de 2012

Los jugones no tienen vacaciones (1)

El torneo de baloncesto volverá a ser uno de los grandes atractivos de los Juegos Olímpicos de Londres, junto con las pruebas tradicionalmente asociados a esta competición, como la natación o el atletismo. La presencia de un ingente número de jugadores procedentes de la NBA en casi todos los equipos clasificados hace que la competitividad de este campeonato se realce y que el nivel de los partidos crezca en calidad y espectacularidad.

De las doce selecciones en el torneo, solamente tres conseguirán subirse al podio, mientras que uno de ellos se alzará con la gloria olímpica. Aunque antes de que se lance al aire la ‘pelota gorda’, todos parten con las mismas posibilidades, es cierto que algunos son favoritos sobre el papel y solamente un mal día o un cruce inesperado podrían truncar su camino hacia la consecución de una medalla.

En el grupo A, el favoritismo recae en Estados Unidos, que defiende la medalla de oro conseguida en Pekín en 2008. Su juego excesivamente físico, con defensas asfixiantes y contraataques continuos, parece invencible para cualquiera de las escuadras contendientes, aunque no se puede asegurar nada antes de que se jueguen los partidos. El liderazgo anotador será para Kevin Durant y LeBron James, con la capitanía y los galones del veterano Kobe Bryant, aunque todos participarán en el festival anotador que se prevé que sean sus partidos, máxime contando con talentos y físicos impresionantes de cara a la canasta, como Russell Westbrook, Chris Paul o Deron Williams.

El único punto flojo que se puede encontrar a esta selección es el juego interior, ya que Tyson Chandler no tiene grandes capacidades ofensivas y parece encontrar algunas complicaciones para defender a pívots habilidosos, lo que le acarrea problemas de faltas. Los otros dos jugadores interiores del equipo, Kevin Love y Anthony Davis, no han sido muy utilizados en la rotación durante los partidos de preparación, mientras que los otros jugadores candidatos a la rotación en la pintura, Carmelo Anthony y Andre Iguodala, podrían encontrar algunas dificultades en defensa, si bien parece que la faceta reboteadora está asegurada.

Otros candidatos a medalla en este grupo es Argentina, que mantiene gran parte del núcleo duro de sus éxitos internacionales anteriores, sobre todo el oro olímpico de 2004 en Atenas. Manu Ginobili y Luis Scola serán los encargados de cargar gran parte del ataque, siempre ayudados por el incansable trabajo en ambos lados de la cancha de Andrés Nocioni y la dirección de Pablo Prigioni. Otros jugadores habituales en la rotación serán Carlos Delfino, anotador incansable con buena muñeca, y Leo y Juan Gutiérrez, interiores sin miedo a fajarse abajo y con ciertas habilidades de cara a la canasta, ya sea cerca o lejos del aro. El problema de esta selección será la veteranía de sus jugadores, con más de la mitad del equipo por encima de los 32 años, y lo escaso de su rotación, lo que obligará a muchos minutos de sus titulares y hombres de confianza, a los que se unirán ‘Pancho’ Jasen, Federico Kammerichs y el menudo aunque ágil base Facundo Campazzo. A pesar de ello, no se espera que bajen la intensidad lo más mínimo en la mayor parte de los enfrentamientos.

Por su parte, Francia intentará aprovechar la tendencia positiva de su plata en el Eurobasket del año pasado y colarse en el grupo de selecciones con opciones de medalla. Para ello, cuenta con el talento ofensivo infinito de Tony Parker, a lo que hay que unir la presencia de otros cuatro NBA, Nico Batum, Kevin Seraphin, Ronnie Turiaf y el polivalente Boris Diaw. Su juego se basará en el físico y la defensa presionante para poder correr, con otros jugadores de hechuras portentosas como Diawara, Gelabale o Pietrus, si bien pueden tener problemas si el juego al contraataque no funciona y tienen que legarlo todo al talento y la improvisación de Parker y sus sustitutos, Nando de Colo y Fabien Causeur.

El último de los equipos con aspiraciones de medalla en el grupo A es Lituania, llegada a la competición tras clasificarse en el torneo preolímpico de Caracas hace apenas tres semanas. Poco nuevo se puede decir del equipo lituano, cuya plantilla se integra, como suele ser habitual, con jugadores con un gran conocimiento del juego, buenos fundamentos técnicos y un fiable lanzamiento de larga distancia. El peso en ataque lo llevará Linas Kleiza, que seguramente gaste más tiros de los que se corresponden, mientras que el balón será propiedad de Sarunas Jasikevicius en los momentos calientes. En la pintura, destacan un joven y un veterano, Valanciunas y Songaila, aunque los bálticos podrían notar la ausencia de los kilos de jugadores como Robertas Javtokas o los hermanos Lavrinovic. Por fuera, abundan los tiradores (Jasaitis, Seibutis), aunque con opciones de penetración (Kaukenas, Pocius).

Las cenicientas del grupo, aunque siempre dispuestas a dar una sorpresa, serán las dos selecciones africanas, que pueden darse por satisfechas con su participación en los Juegos Olímpicos. Nigeria, clasificado con gran sorpresa en el torneo previo de Caracas, intentará jugar sus bazas con un equipo potente en lo físico y dispuesto a correr, liderado por un jugador NBA, Al Farou Aminu, uno de los pocos que juegan fuera de su país, y el carismático Ike Diogu. En el caso de Túnez, clasificado como campeón del torneo africano el pasado año, su juego se basa en un ritmo bajo, con tanteadores no muy altos, aunque intentado encontrar buenas posiciones de lanzamiento. En defensa, pueden sufrir dada la baja estatura de casi todos sus jugadores, incluso la mayoría de sus interiores.